Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—No tengo idea. Y eso me preocupa. Aquí pasa algo, y no sé qué es. Solo preguntaron de forma muy breve por su pelea con Jasper Speight en el club, como si ya la hubieran descartado por irrelevante.

—¿Crees que Montifore investiga otra cosa? ¿Algo que no está relacionado con Jasper?

—No lo sé.

—¿Le preguntaste a Mandy? ¿Lo sabe?

—Si lo sabe, no me lo dice.

Se quedan en silencio, pensando. Martin rebusca en su mente, esperando encontrar algún destello, una idea, pero no le llega nada.

Cualquier deliberación se ve interrumpida por la propia Mandy, que entra en el bar empujando el cochecito de Liam.

Se la ve agotada. Y hermosa. Martin se pone de pie de un salto.

Ella lo mide con la mirada un instante, luego sonríe y se deja caer en sus brazos, más en busca de apoyo que de un abrazo.

—¿Estás bien? —pregunta él.

—Sí. Solo hecha polvo.

—¿Y Liam?

—Ya está bien. Se ponen enfermos, se recuperan.

—¿Quieres algo de beber?

—Por Dios, sí. Un gin-tonic. Con mucha ginebra.

Martin pide en la barra y, con permiso de Mandy, compra agua embotellada y zumo de manzana para ayudar a Liam a rehidratarse. Prepara una mezcla ligera en un biberón esterilizado y se lo da al niño. Los ojos de Liam se iluminan cuando Martin se agacha a su altura.

—¡Ma-in! —exclama—. ¡Ma-in!

Martin mira a Mandy, pero ella está conversando con Winifred y no lo ha oído.

Le entrega el biberón al niño, que se calla al instante, y lo observa beber con avidez.

Tras unos instantes, se pone de pie, recoge la bebida de Mandy de manos del camarero y se la alcanza.

Ella prescinde de la pajita, da un buen trago y suspira con alivio exagerado.

—Ah, gracias. No sabes cuánto lo necesitaba.

—Ya veo —dice Martin. Se deja caer en el taburete y lanza una mirada a Liam, que está ocupado con su biberón en el cochecito—. ¿Has tenido un día difícil?

—Un día inútil. Una pérdida de tiempo. Qué cabrones de mierda. —Mira a Winifred, que asiente en señal de apoyo. Mandy bebe otro trago—. Pidamos comida para llevar, Martin. Y luego, a dormir temprano.

—Me parece perfecto.

Al otro lado del bar, detrás de Mandy, Martin ve al hombre de la bandeja de fiambres preparando el sorteo.

—Larguémonos —propone.

Más tarde, ya en la cabaña del camping, Mandy dormita en el sofá, pero Liam está bien despierto, como si hubiera exprimido la última gota de energía de su madre y ahora la desparramara alegremente, arrastrándose con el trasero por el piso de linóleo, empujándose hacia atrás con las piernitas regordetas como pistones, buscando algo que atacar.

Encuentra una revista, intenta chuparla, y luego empieza a destrozarla a tirones.

—¿Vamos a la mochila, Liam? ¿Al portabebés?

El niño le devuelve una sonrisa radiante.

¿Hay comprensión allí, o Martin se lo está imaginando?

Sea como sea, Liam no deja de gorjear mientras lo sube al arnés y ajusta las correas de seguridad.

Martin carga el portabebés en la espalda.

Está empezando a gustarle: le agrada el peso, la carga sobre los hombros y caderas, la sensación de impulso que le da.

Es como un vestigio de otra vida, la de corresponsal, esa sensación de ir hacia algún lugar, de abrirse paso.

Es así con Liam: ambos avanzan hacia un futuro incierto, pero por ahora viajan juntos.

Sale de la cabaña; dejan a Mandy dormida.

Y casi de inmediato, le viene a la mente un recuerdo.

Quizá sea el peso en la espalda lo que lo despierta; quizá, el ángulo del sol filtrándose entre los árboles mientras se hunde en el escarpe lejano.

Martin se inmoviliza, deja que la imagen llegue, cierra los ojos, como intentando atrapar un sueño.

Su padre. Está siguiendo a su padre. Martin lleva una mochila, su padre también y carga otra bolsa con sus fuertes manos.

¿Dónde? ¿Cuándo? Mantiene los ojos cerrados para bloquear el presente y obligar al pasado a regresar.

Un campamento. Está de campamento con su padre.

Hay arena, el sol cae. Acampan. Es de noche, hay mosquitos, no puede dormir, su padre ronca.

Su padre, con esas manos hábiles, levanta la tienda con rapidez y destreza.

Martin, maravillado, teme no poder lograr jamás semejante proeza.

Pescan. Su padre lanza, recoge. Un pescado sobre las brasas de la fogata.

Playas desiertas, salvajes. Treachery Bay.

Estuvo allí con su padre antes de que todo se desmoronara.

Liam se mueve; ya no siente fascinación por la luz del sol entre los árboles; lo apremia, como un jinete sobre su caballo.

Martin abre los ojos, pero no avanza. Treachery Bay.

Antes había tratado de recordar si había estado allí, pero nada le había venido a la mente.

Y ahora, de pronto, aflora ese recuerdo sin que lo llame.

Pero lo que lo sacude no es el recuerdo en sí, sino el sabor que tiene, la emoción que transmite.

Lo que sentía por su padre, lo que sentía en aquel entonces, “antes”.

Admiración. Respeto. Amor. Ha pasado tanto tiempo enterrando los recuerdos de lo que vino después que nunca se detuvo a pensar cómo eran las cosas antes.

Se queda allí un momento más, mientras el cielo del oeste se enciende de oro, rosa y naranja, hasta que Liam empieza a refunfuñar.

Martin se dirige al río, atraído por el agua, por el reflejo del atardecer.

Los colores se agitan en la estela de una lancha que pasa y Liam expresa su admiración a viva voz.

Otro recuerdo, vago, nebuloso: la fascinación con la luz cuando era niño, cuando era demasiado pequeño para comprender o hablar.

Y otro más: fuegos artificiales. Vern y su padre encendiendo cohetes apoyados en botellas vacías de cerveza; salían disparados hacia el cielo y estallaban por encima de la Barriada.

Recuerda lo mágicos que le parecían, cómo arrancaban un largo “¡oh!” colectivo de quienes los observaban.

La Barriada. Ahora lo recuerda: todos los años había una gran fogata en un terreno baldío, donde se reunía toda la comunidad, unida en el deseo de verla arder.

Se pregunta si Liam habrá visto fuegos artificiales; espera poder estar con él cuando sea la primera vez.

Caminan por la orilla, hasta llegar al muelle donde Vern lo dejó la noche anterior. Dos ancianos están encorvados sobre sus cañas, sentados juntos en un banco de madera, siluetas oscuras contra el atardecer que ondea en el río.

Uno levanta la vista, da un trago a su cerveza.

—Hola, Martin. Qué sorpresa encontrarte aquí.

Martin estudia el rostro del hombre, reconoce algo en la luz dorada, tarda un instante más en ubicarlo.

—¿Sargento Mackie?

El hombre suelta un bufido.

—Hace mucho que dejé de ser sargento, hijo. Ahora soy simplemente Clyde.

—¿Y este quién es? —interviene el otro anciano con una voz áspera como grava.

Martin no lo reconoce. Mientras la edad ha ensanchado a Mackie y bajado su centro de gravedad, este otro es fibroso y sin un gramo de grasa; su rostro se pliega sobre sí mismo: no tiene papada, solo arrugas profundas como grietas.

—Es Martin Scarsden, el hijo de Ron Scarsden —explica Clyde Mackie.

—Ah, ¿sí? Pues, en ese caso, me alegra conocerte. Soy Brian. Brian Jinjerik. —No se levanta, solo le tiende la mano. Martin se la estrecha, aunque no lo recuerda.

—Sí, Martin —dice Mackie, como si le leyera la mente—. No tienes por qué recordar a Brian. Pasó la mayor parte del tiempo encerrado mientras tú crecías.

—Solo porque tú me metiste ahí, viejo cabrón —responde Brian, sin rencor alguno.

—Solo porque lo merecías.

Hay afecto en la broma; el policía y el exconvicto pescando juntos en las aguas del crepúsculo de Port Silver.

—¿Pican? —pregunta Martin, sin saber qué otra cosa decir.

—Nada de nada —se queja Brian—. Buena hora del día, mala hora de la marea.

—Y con eso, recoge el sedal—. Ya es hora de irme.

La parienta tendrá la cena lista y mañana debo madrugar.

Encantado de conocerte, amigo. —Se pone de pie, ágil sobre sus piernas delgadas; toma la caña y la caja de aparejos y con un movimiento de la cabeza señala a Liam.

—¿Y este muchachito? ¿Nieto de Ron Scarsden?

—Casi —responde Martin con cierto orgullo—. Es Liam, el hijo de mi pareja.

—Muy guapo. Cuídalo bien.

Martin lo mira alejarse; camina con las piernas arqueadas, como si hubiera pasado la vida a caballo en lugar de en el servicio penitenciario de su majestad. Se interna en la penumbra, hacia la línea de árboles que separa a los residentes permanentes de la zona para turistas.

—Siéntate —dice Mackie—. Brian tiene razón sobre la marea, pero es mejor estar aquí que en la cabaña. Es precioso, ¿no?

—Sí. —Martin se quita la mochila de los hombros y la baja para que Liam pueda asomarse y ver el agua centelleante. Se sienta junto a Mackie y rodea la mochila con las piernas para mantenerla erguida.

—¿No lo espera la señora Mackie con la cena?

—Ya no. Murió el año pasado.

—Ay, lo siento, no fue mi intención decirlo así.

—No pasa nada. Murió tranquila. Tuvo un primer derrame cerebral como aviso, el segundo se la llevó. Tuvo una buena vida y una buena muerte.

Se quedan en silencio, contemplando el agua que se desliza hacia el mar.

Incluso Liam está callado, hipnotizado por el reflejo cambiante de la luz.

Detrás de ellos, canta una rana y responde un grillo.

Un escuadrón de murciélagos vuela río arriba, hacia el ocaso que se apaga, a asaltar los árboles frutales, los invernaderos y las huertas.

Una sensación extraña invade a Martin. No es nostalgia, no exactamente.

Es otra cosa. Una sensación de pertenencia; la idea de que, al fin y al cabo, este sitio es su hogar.

Que una parte de él nunca abandonó Port Silver.