CAPÍTULO 14
Martin encuentra a Winifred Barbicombe contemplando lo que queda de su copa junto a la ventana del bar del hotel donde se aloja: el Breakwater, con vistas al puerto.
Cuando Martin era joven, ese lugar era un híbrido: la barra principal era territorio de pescadores y estibadores, destripadores de pescado y mecánicos, obreros del molino y balleneros jubilados, mientras que, en el piso superior, con acceso por una entrada independiente, había apartamentos sencillos de bajo coste para alquilar en vacaciones.
Siempre le había parecido un poco sospechoso, algo a la inglesa: ¿por qué alguien querría ver el puerto pesquero cuando podía tener vistas a la playa?
Pero esos tiempos han quedado atrás. Desde que empezó a protegerse la fauna marina, la flota pesquera se ha reducido a un tamaño ornamental.
El puerto comienza a parecer deportivo: hay yates, lanchas a motor y barcos de alquiler entre las amarras vacías y los remolcadores fuera de servicio.
En el muelle, ahora hay un café, una tienda de ropa administrada por la cooperativa de pescadores y un bar de vinos.
El hotel en sí no está a la altura: la alfombra del bar está pegajosa en unas partes y raída en otras; los asientos de algunos taburetes están rajados y se ve la espuma amarilla del interior; el lugar huele a cerveza rancia y a fiestas que han quedado en el pasado.
Si esto forma parte del nuevo Port Silver turístico impulsado por Tyson St. Clair, va a necesitar reformas con urgencia.
Por encima de la barra, cuelga un aviso: “NUEVA ADMINISTRACIÓN”, lo que quizá anuncie que las reformas son inminentes.
—Hola, Winifred.
La abogada levanta la vista y Martin piensa que la cara refleja su edad.
—Hola, Martin. ¿Cómo estás? Tienes un buen moratón.
—Nada que no se cure.
—¿Cómo está el pequeñín?
—Diría que bien. Mandy está con él.
—¿Dónde?
—Alquiló una habitación arriba para poder darle un baño.
—Buena idea. Liam lo necesita y ella puede pagarlo.
Martin no se sienta. Todavía está aturdido por los ríos de caca —¿cómo podía un niño tan pequeño contener semejante volumen?— y por la bronca de Mandy.
—¿Qué estás tomando? —le pregunta a Winifred.
—Un cóctel llamado té helado de Long Island.
—¿Quieres otro?
—No, con uno me alcanza y me sobra. Pero, por favor, pídete algo. Ponlo en mi cuenta.
Martin se desvía hacia el baño, donde encuentra un lavabo de cerámica desportillada y se lava bien las manos por tercera o cuarta vez, intentando quitarse el olor de la nariz.
Desde la barra, donde espera para pedir, Martin mira de nuevo a la abogada.
Winifred contempla su vaso casi vacío y remueve el hielo del fondo con la pajita. Algo la inquieta.
—¿Has averiguado alguna otra cosa que nos pueda servir? —pregunta Winifred en cuanto él regresa con su cerveza.
—Tal vez, pero nada que termine de entender del todo.
—Le cuenta lo de su segunda visita a Hummingbird Beach, el camino que atraviesa la propiedad de Mandy y la propuesta de Jasper Speight de subdividir las propiedades del acantilado, así como su sospecha de que Jasper debió de haber abordado a Mandy con esa propuesta de urbanismo.
Winifred escucha con atención, asintiendo de vez en cuando para demostrar que lo entiende. Pero cuando Martin termina, frunce el ceño y niega con la cabeza.
—No nos ayuda. Si Jasper Speight planteó subdividir o arreglar el camino viejo o lo que fuera, lo único que logramos es estrechar el vínculo con Mandy. Y yo no los quiero vinculados, los quiero lo más lejos posible el uno del otro.
—Pero ¿ella se lo contó a la policía? ¿Te lo contó a ti?
Winifred le sostiene la mirada.
—Se llama “secreto profesional entre abogado y cliente”.
Martin se pone tenso.
—Mandy no nos contó, ni a la policía ni a nosotros, su pelea con Jasper en el club.
—¿Qué insinúas?
Martin traga saliva; vacila, pero decide hablar.
—Que oculta algo. Algo relacionado con Jasper.
—¿Y vas a planteárselo?
Martin no puede sostenerle la mirada, así que baja la vista hacia su cerveza. Ya lo había hecho una vez en el pasado: acusó a Mandy de engañarlo. Fue en Riversend. Casi termina con la relación antes de que empezara.
—No veo cómo podría hacerlo.
—Creo que sería prudente —ironiza Winifred.
—Tal vez, deberías preguntárselo tú. Relación de abogada-cliente y bla, bla, bla…
—Tal vez —responde Winifred—. Pero recuerda las últimas palabras de Jasper Speight cuando lo mataron: dijo tu nombre. Venía a verte a ti o a veros a ambos. Tiene que haber otra cosa. Algo diferente.
—¿San Mirón el Taumaturgo?
Winifred vuelve a negar con la cabeza, abatida.
—No sé qué significa. Tampoco creo que lo sepa la policía. Revisaron su colección: miles de postales. No encontraron nada importante en esa en particular.
Se acerca un anciano, con las mejillas surcadas por telarañas de capilares reventados; vende boletos para una rifa, una bandeja de fiambres, a beneficio de los jóvenes de la escuela de surf.
Después del incidente con Liam, Martin no tiene apetito para bandejas de fiambres ni ninguna otra cosa, y se niega amablemente.
—Eres periodista, Martin, así que dime: el asesinato de Jasper Speight casi no tuvo cobertura en los grandes medios urbanos. ¿A qué se debe? ¿No es raro?
Martin se encoge de hombros.
—No. No hay un gancho en la noticia. Matan a un agente inmobiliario en un pueblo de provincia. Merece una mención, pero no mucho más.
—Supongamos que arrestaran a Mandy…, ¿qué pasaría entonces?
—¿Arrestarla? ¿Por qué?
—No lo sé. Por algo relacionado con el crimen.
—Eso podría ser diferente. —Martin lo piensa un momento—.
Muy distinto, tal vez. Incluso podría desatar una tormenta mediática, como en Riversend.
Después de lo que ocurrió allí, el nombre de ella es de dominio público.
Mandy es objeto de fascinación. Por Dios, si a Lindy Chamberlain, esa mujer que fue condenada injustamente por asesinato, la arrestaran por robar algo en una tienda, sería noticia.
¿Y otro asesinato, en otro pueblo? El circo mediático estaría aquí en menos de lo que canta un gallo.
Winifred se queda mirando por la ventana.
—A veces desearía que no fuera tan fotogénica. Eso influye, ¿no crees?
—Por supuesto. Pero también está la historia detrás, lo que le pasó allí en Riversend.
Es material perfecto para la prensa: algunos seguirían creyendo que es culpable de algo, otros saldrían a defenderla a capa y espada.
Las redes sociales se encenderían como un árbol de Navidad.
No importa que ninguno de ellos la conozca.
—Baja la vista hacia su cerveza y vuelve a mirar a Winifred—. Así que no permitas que la arresten.
Winifred responde con una sonrisa burlona.
—Ese es el plan. —Pero enseguida se pone seria, vuelve la preocupación—. ¿Qué sabes de Morris Montifore? Le echaste una mano en Riverina.
—Eso no significa que lo conozca. Nunca muestra sus cartas.
—Lo investigué —confiesa Winifred con franqueza—. Con algunos de mis colegas de Nueva Gales del Sur.
—¿Y?
—Es uno de los mejores, uno de los principales investigadores del estado, con fama de minucioso, profesional y eficaz.
Es íntegro; no hay indicios de que esté metido en nada turbio.
También se le conoce por ser astuto en lo político, por llevar a cabo investigaciones y obtener resultados de un modo que no incomode a los poderosos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que las investigaciones se mantienen enfocadas y no se desbordan hacia áreas políticamente delicadas.
Que la identidad de las personas influyentes es confidencial.
Que los medios, o bien quedan excluidos y a oscuras, o reciben filtraciones y acceso total a la información.
Resuelve las investigaciones, pero de una forma que se ajusta a las prioridades del poder político.
—¿A dónde quieres llegar?
—No entiendo por qué está investigando una muerte que ni siquiera ha salido en los grandes medios urbanos. ¿Qué tiene de sensible este asunto que mandan a su hombre de confianza?
Martin no lo había pensado así ni conocía la reputación de Montifore. Tenía sentido que las autoridades enviaran a su mejor hombre a Riversend, pero ¿por qué enviarlo aquí?
—¿Será por Mandy?
—Seguramente —responde Winifred—. Si Jasper Speight hubiera muerto en cualquier otro lugar de este pueblo y no en la casa de ella, me pregunto si Montifore sería el investigador a cargo.
El tipo de la bandeja de fiambres regresa; dice que no puede llevarse a cabo el sorteo hasta que se vendan los últimos boletos. Martin compra los que quedan, veinte dólares, solo para quitárselo de encima.
Termina su cerveza mientras el hombre escribe con esmero los datos en cada boleto, nombre y número de móvil. Cuando por fin se marcha, Martin retoma la conversación.
—¿Crees que Montifore intenta mantener a Mandy fuera de los medios? ¿Que no quieren que la investigación cobre notoriedad?
Winifred no responde de forma directa.
—Hoy ha sido extraño. Montifore nos tuvo a Mandy y a mí en la comisaría unas cinco horas. La interrogó tres veces, media hora cada vez. Entre cada sesión de preguntas, la dejaba esperando.
—¿Qué piensas?
La abogada hace una mueca.
—Los interrogatorios fueron raros. Por momentos, yo no entendía el hilo de las preguntas.
Estaba usando una técnica de interrogatorio poco común.
La he visto antes, pero no muchas veces.
Cambiaba constantemente el foco, saltaba de un tiempo a otro, de un lugar a otro, como si quisiera desorientarla, pillarla en una contradicción.
Ni siquiera estoy segura de que se tratara del asesinato de Jasper, podría ser otra cosa.
De vez en cuando, le preguntaba si conocía a tal o cual persona.
Al principio, pensé que eran todos del pueblo: Harrold Drake, Tyson St. Clair, cualquier hijo de vecino.
Pero investigué, y había un par de tipos que no eran lugareños.
—¿Quiénes son?