CAPÍTULO 13 #4
Mientras retrocede en el Subaru por el camino de entrada, Martin se pregunta por qué Jota no mencionó la propuesta de Jasper.
Habló de las tierras en lo alto del acantilado, pero no de la oferta.
Jasper debió de habérsela sugerido, al menos.
Tendrá que preguntarle a Mandy por la casa Hartigan.
Jasper sabía que ella había heredado la propiedad.
Si se acercó a Bede y Alexander, a Bert Sergi y a Jota, con toda seguridad también lo habría hecho con ella.
Entonces, ¿por qué no se lo ha contado? Tal vez, para cuando Mandy llegó al pueblo, a Jasper ya lo habían rechazado los demás y había abandonado el proyecto.
O quizá fue al revés, y la llegada de Mandy y su herencia sirvieron como catalizador para Jasper: una forma de ganar dinero, de proteger la marisma, de imponerse a Tyson St. Clair.
Pero si es así, ¿por qué Mandy no lo ha mencionado?
Si la policía sospechara que oculta algo, por irrelevante que fuera, volverían a tenerla en la mira.
¿Se lo habrá contado a ellos? ¿O a Winifred? Y ¿por qué no a él?
Justo cuando pasa la tranquera de Bede y Alexander, sorteando con el coche un campo minado de baches, ve la curva a la izquierda, la continuación del camino.
Al bajar la colina, resulta más fácil distinguirlo.
Se mete por allí con el Subaru. Es más un sendero de acceso al bosque en caso de incendio que un camino; agradece la tracción en las cuatro ruedas del coche de Mandy; con su Toyota, se habría metido en problemas.
Los árboles se cierran sobre el sendero, arañando el parabrisas y el techo, formando un túnel sobre el coche.
Avanza a paso de tortuga. Sabe que lo mejor sería detenerse, pero ahora que ha entrado no encuentra dónde maniobrar; tendría que retroceder todo el trayecto.
Mira el reloj. Cinco y veinte. Debería regresar.
Pero lo empuja la curiosidad. El suelo es de arcilla roja, húmeda y resbaladiza, muy distinta a la del camino polvoriento hacia la fábrica de quesos, que está a solo unos kilómetros. “Un microclima”, piensa Martin.
Cien metros más adelante, el sendero se abre en una especie de claro.
Hay espacio suficiente para girar, tal vez en cinco maniobras.
Y allí, frente a él, bloqueando el paso, ve una tranquera.
Apaga el motor y sale al silencio. El aire es fresco y húmedo, la selva tropical huele a tierra y resuena con cantos de aves.
Desde el asiento trasero, Liam suelta un quejido, como preocupado de que lo abandonen.
Martin inspecciona el suelo. Hay huellas de neumáticos que cruzan la tranquera.
No pueden ser muy antiguas, con la frecuencia con la que llueve allí.
Revisa la tranquera: es de acero galvanizado, está vieja y oxidada, a punto de soltarse de las bisagras, pero tiene una cadena nueva y un candado de bronce reluciente.
¿Quién tiene la llave? ¿Quién circula por un sendero sin salida?
¿Quién cierra con cuidado un sendero que no lleva a ninguna parte?
El sendero del otro lado parece transitable, la doble huella de neumáticos se pierde entre los árboles y no está en peor estado que el tramo que Martin acaba de recorrer.
Quizá sea la brigada de bomberos voluntarios quien lo mantiene como vía de acceso.
Tiene sentido. Martin piensa en sacar a Liam y el portabebés, trepar por encima de la tranquera y seguir a pie, al menos, hasta llegar al puente que se ha derrumbado.
Pero ¿para qué? Solo saciaría su afán por descubrir nuevos caminos, nada más.
Mira el reloj otra vez: cinco y media. Llegará tarde.
Winifred será puntual; la gente que factura en fracciones de seis minutos suele serlo.
Dirige la vista más allá de la tranquera, pero no hay nada más que ver: solo el camino y el monte.
De un lado del sendero, en la vegetación, distingue un viejo cartel de hojalata.
Se agacha y aparta tierra y hojas. “HARTIGAN”.
La línea de la cerca de alambre y la tranquera deben marcar el límite entre propiedades.
Hay un silencio, una pausa momentánea y, luego, ocurren dos cosas casi al mismo tiempo.
Liam suelta un chillido ensordecedor y suena el teléfono de Martin.
Mira la pantalla. Es Mandy. Pero Liam no admite espera; vuelve a gritar, un grito real.
Presa del pánico al escuchar el dolor del niño y temiendo que lo haya mordido alguna criatura venenosa, Martin vuelve corriendo al coche y desabrocha a Liam del asiento, mientras el teléfono sigue sonando.
Levanta al niño, trata de calmarlo acunándolo.
Liam, con el rostro enrojecido y la respiración entrecortada, parece sorprendido por su propia angustia y busca ayuda en Martin, pero vuelve a estallar en un grito desgarrador.
No hay duda: siente dolor. El teléfono vuelve a sonar. Martin, desesperado, contesta.
—¡Mandy!
—Hola, Martin… —No alcanza a decir más; escucha el grito angustiado de su hijo—. ¿Es Liam?
—Sí, estaba perfectamente bien y de repente… —Su voz queda tapada por otro alarido. El niño se retuerce en sus brazos, y el teléfono se le resbala de las manos, cae al suelo.
—Hostia puta, Martin, ¿qué le has hecho? —La voz de Mandy suena lejana, pero igual de angustiada.
—¿Qué hago? —grita él, con la sensación de ser absolutamente inservible.
Pero la llamada se corta. O es Mandy quien lo ha hecho.
Liam aspira una enorme bocanada de aire, como si se preparara para el grito más descomunal de todos, pero de pronto se detiene y una expresión extraña, casi beatífica, cruza por su rostro, rojo como un rábano. Y es entonces cuando explota la diarrea.