CAPÍTULO 13 #3
Liam responde con una extraña vocalización propia.
A la izquierda, hacia el horizonte, Martin distingue una casa encajada en una hondonada bajo la cresta de la colina, rodeada de construcciones rurales.
A su derecha, el terreno desciende hacia una cerca lejana y una cortina de árboles.
Un camino de entrada a la casa se bifurca desde la carretera.
En un cartel, se lee: “SERGI”. Martin sigue adelante; cruza otro guardaganado, cruza la alambrada y vuelve a entrar en el bosque.
El camino se estrecha; ahora es de un solo carril, con hierba en el centro, entre las huellas de los neumáticos.
Tras otro par de kilómetros, gira a la izquierda y pasa junto a un portón.
Un cartel dice: “CROMWELL-EARKES”. Martin continúa por el sendero que se tuerce cuesta arriba.
Sale de la vegetación y llega a una casa.
Es nueva, diseñada por un arquitecto. No es grande, no busca impresionar, pero se la ve luminosa y aireada, una mezcla de madera, piedra y acero patinado al óxido, con amplios ventanales protegidos por toldos estratégicamente dispuestos.
Y en lugar de resguardarse del clima, como la casa de campo de los Sergi, esta se abre a él, encaramada al borde del acantilado, sin nada más allá que el cielo abierto y, presumiblemente, el océano.
Martin está desconcertado; el sendero lleva a la casa y termina allí.
Avanza igual, en marcha baja. Aparece una figura en la puerta, una mata plateada de cabello.
Martin apaga el motor, desciende y camina hacia el hombre, que baja unos escalones para recibirlo.
Es alto, casi enjuto, parece unos veinte o veinticinco años mayor que Martin.
Viste pantalones de lona y una vieja camisa azul; al igual que sus manos, la ropa está salpicada de pintura. Un pintor, supone, un artista.
—Hola —saluda el hombre cuando se encuentran—. ¿En qué puedo ayudarte? —Su voz es profunda, resonante y cargada de confianza, una voz nacida del privilegio y de la tradición.
—Hola —responde Martin—. Estaba tratando de llegar a la vieja casa Hartigan.
—Imposible —responde el hombre—. Al menos, con ese coche. —Señala el Subaru, como si no tuviera la alcurnia necesaria.
—Vi un cartel —agrega Martin—. Abajo, cerca de Hummingbird Beach. Decía que este camino llegaba hasta la casa Hartigan.
—Antes era así, sí, pero hay un puente a mitad de camino que se derrumbó hace años. Así que no pasan coches. Algún que otro excursionista, motos de cross y bicicletas, uno o dos pescadores intrépidos, pero nada más. El sendero sigue estando ahí, en el bosque, pasa junto a nuestro portón.
—¿No quieren que el municipio lo repare? Acortaría el camino al pueblo.
—De ninguna manera —El hombre hace una pausa y mira a Martin con más atención—. ¿Por qué tanto interés?
—Me llamo Martin Scarsden. Mi pareja, Mandalay Blonde, ha heredado la casa Hartigan. Vamos a mudarnos allí.
—Ah, ya veo —añade el hombre—. Bueno, entonces, seremos vecinos. Soy Bede Cromwell. —Sonríe; si aprecia la soledad, evidentemente no ve a su futuro vecino como una amenaza. Se estrechan la mano.
—¿Así que eres artista? —pregunta Martin.
—¿Has oído hablar de mí? —responde Bede.
—Sí, creo que sí.
Pero el hombre suelta una carcajada; le resulta graciosa la cortesía fingida de Martin.
—Claro, me lo imagino. —Hay un destello de humor en sus cálidos ojos castaños. A Martin le cae bien. De pronto, Bede se pone más serio.
—No querrás abrir el camino viejo, ¿verdad?
Martin niega con la cabeza.
—No veo por qué tendríamos que hacerlo. Podemos acceder directamente desde Dunes Road. Me parece mejor dejarlo como está.
—Me alegra oírlo. Es justo lo que le dije a ese otro tipo.
—¿Qué otro tipo?
—Jasper Speight. El agente inmobiliario.
Bede Cromwell se muestra muy comunicativo; todo rastro de reserva se disuelve al saber que Martin será su vecino.
Lo invita a entrar; Liam parece despertarle más curiosidad que indulgencia.
Pasan por una sala de estar de estilo bohemio, donde queda poco espacio en las paredes: grandes lienzos abstractos compiten con estanterías repletas de libros, pero todos pierden contra una pared entera de cristal que captura cielo y mar, un panorama de azules.
La pareja de Bede, un hombre taciturno llamado Alexander que se dedica a escribir, está concentrado frente a un ordenador y no quiere que lo distraigan, así que Bede conduce a Martin y Liam hasta la terraza.
¡Y qué terraza! Es más como un nido, encaramado al borde del acantilado, con una vista de ciento ochenta grados al mar y a los acantilados, a ochenta metros de altura sobre las olas.
Hacia el norte, la línea de los acantilados se extiende durante kilómetros: entra y sale, sube y baja.
Hacia el sur, se repliega y vuelve a emerger en un promontorio.
—Allí estás tú, en aquella punta, casi oculta entre los árboles —le indica Bede—. Al otro lado del barranco. Como a dos o tres kilómetros.
Martin mece a Liam.
—Lo que debe de ser una tormenta aquí.
—Es como estar en el puente de mando de un barco —replica Bede con un brillo de entusiasmo en los ojos—. La casa se mueve. De lado a lado, de arriba abajo. Como un ser vivo. Nos encanta.
—Suena aterrador.
—Si conoces la ingeniería, no. Está diseñada para oscilar. Toda la parte de arriba es de madera, pero debajo hay compuestos de alta tecnología y aluminio de calidad aeroespacial.
Bede le ofrece té y parece complacido cuando Martin opta por un café expreso en lugar de una infusión de hierbas.
Mientras su anfitrión está dentro, Martin aprovecha para cambiarle el pañal a Liam: ¿cuántos puede usar por día?
Bede sirve pan de aceitunas con salsas caseras y paté.
Martin le da a probar salsa a Liam con el dedo.
Al pequeño le encanta. Queda claro que tiene hambre, y Martin recuerda, tarde, la comida que Mandy había preparado: un recipiente con puré de verduras que aún está en el asiento trasero del coche.
Pero el niño quiere más salsa y da un mordisco involuntario al dedo de Martin con sus dientes nuevos.
Bede trae una jarra de agua de lluvia, y Martin prepara un nuevo biberón de fórmula.
—¿Sabías que Jasper Speight ha muerto? —quiere saber Martin.
—No. ¿En serio? —Bede parece sorprendido—. ¿Qué pasó?
—Lo mataron.
—¿Un homicidio? ¿Estás seguro?
—Segurísimo. Lo apuñalaron.
—¡Qué horror!
—En la casa que alquila mi pareja, bueno, que alquilaba, en el pueblo.
Bede mira el mar y menea la cabeza con incredulidad.
—Incluso, aquí. No hay escapatoria, ¿verdad? De la violencia.
—¿Qué violencia? —pregunta Martin, que no sigue del todo el hilo.
Bede se encoge de hombros.
—La violencia. Parece estar en todas partes. Por eso, nos mudamos aquí desde Sídney. Alexander ni siquiera quiere que tengamos televisión.
—Ah, entiendo —agrega Martin, pero no está seguro de que sea así.
Bede se vuelve hacia él.
—A Alexandre lo atacaron en Sídney. Dos veces.
No hay mucho que decir a eso, así que se hace un silencio hasta que Martin reinicia la conversación.
—Entonces, ¿qué proponía Jasper?
—Tenía planes de subdividir las propiedades de aquí arriba.
La nuestra, la vuestra, la de los Sergi y la de Jota Hayes.
Parcelas de cinco hectáreas, todas con casas en el acantilado.
Creo que pensaba en unas veinte en total.
Pero a ninguno nos interesaba. Sé que a Bert Sergi no, y es quien tiene más tierra.
Escuché que a Jota Hayes tampoco le interesaba.
—¿Y qué ofrecía Jasper?
—Dinero, por supuesto. Mucho dinero, de hecho. Y conservábamos nuestras casas. La idea era que desde cada casa no se vieran las vecinas. No sé bien cómo pensaba lograrlo, pero lo cierto es que no llegamos tan lejos. A ninguno nos interesaba.
—Entiendo. Os gusta como está. Pero ¿había algo en la propuesta que resultara… —busca la palabra adecuada, no está seguro de haberla encontrado— ofensivo?
Bede sonríe con ironía.
—Supongo que eso depende de la opinión de cada uno.
—Levanta las manos manchadas de pintura—.
Para ser justos, si lo que quería era urbanizar el acantilado, la propuesta podría haber sido mucho peor.
Quería abrir la vía de paso, cosa que no nos gustaba, pero debajo de eso, habría un área destinada a una reserva natural que se extendería hasta la orilla de los humedales. No recuerdo cómo lo llamaba.
—¿Un convenio de protección ambiental?
—¡Sí, eso mismo!
Martin está pensando en su siguiente pregunta cuando vibra el teléfono en su bolsillo.
—¿Hay cobertura aquí?
—Es por la altura —responde Bede.
Efectivamente, una sola raya. Es un mensaje de Winifred: “18 h, hotel Breakwater”.
Martin sonríe. La abogada menos locuaz del mundo.
Mira su reloj. Ya han pasado las cinco; es hora de ponerse en marcha.
Le da las gracias a Bede y promete invitarlos a él y a Alexander cuando Mandy y él hayan hecho habitable la casa Hartigan.