CAPÍTULO 13 #2
El niño ha empezado a despabilarse al detenerse el coche.
Martin lo abraza, lo alza para olerle el pañal y lo carga con una mano mientras abre el maletero; siente que empieza a dominar el asunto, incluso logra sacar la mochila portabebés y sentar al niño en ella y abrocharlo sin que se le caiga.
Liam lo observa con curiosidad, como si no entendiera qué sucede.
Estira la mano, como para señalar su cara.
Tal vez haya notado el moratón que se extiende.
Cuando llegan a la oficina, Topaz ya está inmersa en negociaciones con Jota Hayes.
—Martin, ¿ya de vuelta? ¿No estarás buscando un lugar para quedarte también? —pregunta ella.
—No. Solo quería disculparme.
—Él me trajo hasta aquí —explica Topaz.
—¿Sí? —dice Jota, divertida, y levanta una ceja—. ¿Y qué te ha pasado en la cara?
—Ese matón del hostal, Harry. Me dio un puñetazo.
La ceja desciende, la diversión se esfuma.
—¿En serio? No conviene enfrentarse a él.
—¿Por qué?
—Tiene mal genio. —Frunce el ceño, aunque sonríe al volverse hacia la joven estadounidense—. Bien, deja que me ocupe de acomodar a Topaz.
La opción más económica es una litera en un dormitorio compartido, seguida por el alquiler de una tienda de campaña.
En cambio, la muchacha decide alquilar una cabaña.
Mientras Jota la equipa con sábanas, Martin va al coche en busca de las dos mochilas, la de Topaz y la de Royce.
Solo puede cargar una hasta la oficina, limitado como está por el peso de Liam en su espalda.
Llega al porche justo cuando Topaz se dirige a su cabaña; deja la mochila y le avisa de que la otra está junto a los coches.
—Bien hecho, Martin —dice ella, y le planta un beso provocador en los labios, sonriendo con picardía ante su incomodidad mientras revuelve el cabello de Liam.
Martin regresa a la oficina, donde Jota está sentada detrás del escritorio. La caja con los estudios médicos ya no está a la vista.
—Quería disculparme.
—Ya lo has dicho.
—No estaba buscando nada. De verdad. Solo curioseaba. Un mal hábito profesional.
—No pasa nada, olvídalo.
—No puedo —responde Martin—. Jota, necesito hacer todo lo posible para ayudar a Mandy. Creo que la muerte de Jasper está relacionada de algún modo con los planes de urbanizar tus tierras y la marisma. Lo que no logro entender es cómo.
Jota lo observa unos segundos y suelta un suspiro largo, como si cediera a la urgencia de Martin.
—¿Qué quieres saber?
Martin baja el portabebés, saca a Liam y lo sostiene contra su pecho mientras se sienta, pensando cómo formular la pregunta. Al final, va directo al grano: —¿Qué va a pasar cuando mueras? —le pregunta.
Los ojos de Jota se agrandan por la sorpresa; lo mira fijamente unos segundos, y suelta una carcajada que coge a Martin por sorpresa. Es una risa auténtica, profunda, no intenta fingir nada.
—No voy a morirme, Martin. Al menos, no en un futuro cercano.
—Esos sobres… La gente sana no se hace ese tipo de chequeos, no tantos.
El humor desaparece del rostro de la surfista.
—¿Los leíste?
—No, solo vi los sobres. —Abre un brazo en un gesto de inocencia—. Estaban ahí, a la vista. No debo de haber sido el primero en verlos.
—¡Ay!, por el amor de Dios —exclama Jota.
Se pone de pie, gira y se sube la camiseta por encima de la cabeza, dejando la espalda a la vista: bajo la tira del sujetador se extienden dos grandes triángulos de tejido cicatrizado, lisos y rosados, hundidos en la piel pecosa, de unos doce centímetros de largo y de la mitad de ancho—.
Ahí tienes. Mira bien. —Luego, se baja la prenda y vuelve a sentarse.
—Cáncer de piel.
—Melanomas —confirma Jota—. Todos esos años surfeando sin traje de neopreno me han pasado factura.
Martin vacila, sin saber cómo continuar.
—¿Estás…?
—¿Si estoy bien? Sí. Me los extirparon hace seis años.
Pasados los cinco, te dan el alta. Si me sale otro ahora, casi seguro que será nuevo, no una recaída.
Cada tres meses, me hacen un control visual y, hasta el año pasado, me hacían una exploración cada seis.
Pero ya he terminado con eso. Puse todos los estudios en esa caja para tirarlos. Ya no los necesito.
—¿Entonces, estás bien?
—Impecable.
—Me alegro, Jota. De verdad. Y discúlpame por indagar.
Ella se ríe.
—Claro. El periodista.
Martin sonríe, como si ella le hubiera hecho un cumplido.
—Pero cuéntame de todos modos, ¿quién sabía que tenías melanoma?
—Mi médico. El farmacéutico. Algunas personas del hospital de Longton. Algunos amigos.
—Jasper Speight.
—No. Que yo sepa, no. No se lo dije.
—Tyson St. Clair parece convencido de que vas a vender.
—¿En serio? Lamento desilusionarlo, pero ¿quién vende el paraíso?
Tiene razón. Martin se imagina estando en su lugar. Tal vez no dirigiría un camping, tal vez no alojaría a un gurú, tal vez no organizaría bacanales, pero decididamente no vendería si pudiera evitarlo.
—Te pido disculpas, Jota —le vuelve a decir mientras se pone de pie, cuidando de no soltar a Liam.
—Avísame cómo te va, Martin. Si puedo ayudarte, lo haré. Se lo debo a Jasper.
—De acuerdo —responde Martin—. Una última cosa. ¿Qué sabes de la desaparición de Amory Ashton?
A ella se le borra la sonrisa.
—¿Ashton? ¿Qué pasa con él?
—Hay un equipo de televisión en la vieja fábrica de quesos buscando su cuerpo.
—¿De qué equipo se trata?
—Canal Diez. Vinieron de Sídney. Están filmando un especial sobre crímenes sin resolver.
—No sé más de lo que sabe cualquier otra persona —responde ella—. Desapareció hace años. Encontraron su coche incendiado allá por Treachery Bay. Se especuló que lo habían asesinado, pero nadie sabe por qué.
—Digamos que está muerto. ¿Sabes quién heredaría su propiedad?
Ella frunce el ceño y niega con la cabeza.
—Creo que no tenía familiares. Al menos, nunca oí hablar de ninguno.
Martin se marcha con la mente llena de preguntas.
Jota no planea vender y tampoco está enferma, así que los planes de Tyson St. Clair o de cualquier otro para desarrollar Hummingbird Beach y la marisma no van a ninguna parte.
Entonces, ¿por qué Doug Thunkleton cree que St. Clair está a punto de demoler la fábrica de quesos?
Y ¿por qué St. Clair parece tan seguro de que Jota venderá sus tierras?
Y ¿por qué mataron a Jasper Speight? ¿Alguien cometió el mismo error que Martin, creyendo que Jota tenía los días contados y que todo el plan de urbanización volvía a estar en juego?
El moratón en la mejilla empieza a latirle, conectado por algún filamento al dolor de cabeza que amenaza con volver a instalársele en la base del cráneo.
Siente que cada vez tiene más información que significa cada vez menos.
Llega como un torrente, pero amenaza con ahogarlo en lugar de sostenerlo a flote; el agua es cada vez más turbia y traicionera por las corrientes cruzadas y los remolinos.
El Subaru traquetea al cruzar el guardaganado, y el coche entero vibra.
Liam suelta un aullido terrible. Martin reduce un poco la velocidad.
Frena donde el camino se une con la carretera.
El poste indicador en la bifurcación lo hace dudar.
Los letreros señalan hacia las propiedades que están sobre el acantilado: Sergi, Cromwell y Hartigan.
Liam lanza un chillido impaciente: quiere que el coche siga en movimiento. Martin gira a la izquierda.
El camino de grava está lleno de surcos y ondulaciones, le hace falta una nivelación.
Serpentea colina arriba bajo un dosel de eucaliptos altos e imponentes, entremezclados con árboles de menor tamaño cubiertos de lianas y enredaderas, mientras helechos y arbustos bajos compiten en el sotobosque, un vestigio de selva costera de antes de que llegaran los camiones madereros y las granjas lecheras.
Conduce con la ventanilla bajada, respirando el aire cálido; se oye el canto de un pájaro.
Un canguro pequeño, de pelaje oscuro, lo observa desde un talud junto al camino y se pierde sin prisa, entre la vegetación.
El camino asciende durante uno o dos kilómetros antes de curvarse hacia el sur.
Martin no puede estar seguro, rodeado como está por el bosque, pero intuye que debe de estar cerca del acantilado.
Lo invade una sensación de altura. Revisa su teléfono: una sola raya, es poca la cobertura que llega por la costa.
Pasa junto a un pequeño claro a la izquierda donde se ve una abertura entre los árboles.
Se escucha un rumor distante; podría ser el oleaje que golpea la base del acantilado o el viento en las copas de los árboles.
Siempre le gustó esa sensación: explorar un camino nuevo, recorrerlo por primera vez.
De niño, caminando o en bicicleta, para buscar atajos entre los cañaverales o senderos al pie del escarpe; ya como reportero, al entrar en un país desconocido, en un conflicto desconocido, para descubrir una nueva realidad.
Y ese camino es nuevo para él; no estaba enterado de que existía Ridge Road.
En su infancia, rara vez se aventuraban por la carretera llana y larga hacia la fábrica de quesos.
En aquel entonces, no había destino alguno, solo veinte kilómetros que no llevaban a nada: una marisma, una fábrica de quesos y, más allá, las playas peligrosas de Treachery Bay.
El bosque se interrumpe de golpe en una línea de alambrado, y aparecen el verde vibrante de una pradera y vacas lecheras que levantan la cabeza de la hierba, curiosas ante la intromisión.
El camino cruza un guardaganado y atraviesa un cercado.
Martin disminuye la velocidad casi por completo.
Las vacas avanzan con parsimonia delante de él, imponiendo su dominio, obligándolo a cederles el paso. Liam manifiesta su asombro con sonidos.
—Son vacas, Liam —dice Martin—. Vacas.