Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

—¿Por qué le diste la mano a ese imbécil? —Es Topaz, que sale del hostal cargada con dos mochilas: una en la espalda y otra en los brazos.

—¿Os vais?

—No podemos quedarnos después de esto.

Deja caer una mochila en la arena y se libera de la que lleva colgada. Se estira, arqueando la espalda como para aflojar la tensión y al hacerlo, saca pecho.

—Qué desastre —dice contoneándose.

Liam, que observa desde el portabebés, suelta una risita cómplice.

—Qué bebé tan bonito. ¿Es tuyo?

—De mi pareja.

—Tiene suerte tu pareja —dice y le lanza una sonrisa coqueta—. Espero que le guste tu ojo morado. La verdad, tiene un aire sexy.

—Claro —Martin se lleva un dedo cauteloso a la mejilla hinchada; le duele de verdad. Se pregunta hasta dónde se habrá extendido el moratón.

—En fin, gracias por tratar de ayudar —añade Topaz.

Martin no responde; por lo que recuerda, no ayudó, sino que más bien distrajo a Royce en el peor momento posible, lo que le dio a Harry la oportunidad de derribarlo.

—¿Dónde os vais a hospedar?

—Ni idea. Primera parada, el hospital. ¿A qué distancia está, puedo ir a pie?

—Está en Longton.

—¿Longton? ¿Lo dices en serio? ¿Subiendo por esa puta colina?

—Sí.

Ella mira alrededor, evaluando las opciones.

—¿Podrías cuidarnos las mochilas mientras hago autostop para ir a verlo? ¿Guardarlas en un sitio seguro?

Lo que menos quiere Martin es cargar con ese equipaje.

—No, bastante tengo ya con el niño. Lo siento.

—¿Conoces otro sitio para quedarnos? ¿Hay otros albergues aquí o en Longton?

Martin no lo sabe, pero lo ve poco probable.

Longton es un pueblo de carretera, está fuera de la ruta de los mochileros; todos los trabajos de horticultura y de recolección de frutas están en la llanura cercana al río Argyle.

Piensa en el camping, pero enseguida descarta la idea.

Se imagina la reacción de Mandy si la estadounidense coqueta se llegara a mudar allí.

—Bueno, hay un lugar, pero no está demasiado cerca. Hummingbird Beach.

Los ojos de Topaz se iluminan.

—¿El sitio donde hacen las orgías?

Martin suelta una carcajada que enseguida le provoca una punzada de dolor en la mandíbula.

—¿Ya habías oído hablar de eso?

—Claro que sí. Anoche, en el hostal, hablaban de esas fiestas. Ponen un autobús los viernes por la noche. Todos planeábamos ir.

—¿En serio?

—Ya lo creo. El imbécil ese vende los billetes. ¿Podrías llevarme hasta allí?

Martin se pregunta si Jota Hayes o el swami estarán al tanto de las andanzas empresariales de Harry.

—¿Estás segura? Es justo en la dirección contraria al hospital.

—Ya me las arreglaré.

Martin vacila, pero, a decir verdad, tampoco le vendría mal echarle otro vistazo a Hummingbird Beach.

—De acuerdo. Espera aquí. Tengo que ir a buscar el coche.

Carga a Liam y regresa por The Boulevarde hasta el Subaru de Mandy. Tendrá que cogerlo prestado: su Corolla no tiene silla de bebé. Mientras camina, saca su teléfono. La primera llamada es a Nick.

—Martin, mierda, olvidé que venías. ¿Dónde estás?

—En The Boulevarde. Me ha surgido algo. Tal vez, tengamos que posponer el encuentro.

—Me viene bien. Estoy hasta las cejas aquí.

—¿Se han pasado con la pesca?

—Ojalá. —Martin percibe algo en la voz del abogado, debajo de la ligereza superficial—. Es otra cosa, algo más serio. No tengo ni idea de qué buscan. ¿Abulones o langostas?

Martin sonríe; no suele haber muchos abulones tan al norte. Le duele el ojo. Quizá, la lesión sea peor de lo que pensó.

—Mejor te dejo que sigas con eso.

Luego, intenta hablar con Mandy, pero la llamada va directa al buzón.

Debe de seguir con la policía. Le manda un mensaje para decirle que le cogerá prestado el coche.

Y, como añadido, envía unas palabras de ánimo acompañadas de un par de emoticonos de corazón.

Llama a Winifred. Otra vez el buzón. Para ella, no hay mensaje ni emoticonos.

El Subaru de Mandy es nuevo. Huele a nuevo, se siente nuevo, no hace ruidos extraños.

La radio funciona. Y, comparado con su Corolla, está impoluto.

Martin recoge a Topaz en el aparcamiento del albergue y la ayuda a colocar las mochilas en el maletero, junto al cochecito y el portabebés de Liam.

Pasa el resto de las cosas del niño al asiento trasero para hacer sitio.

El pequeño, con los ojos muy abiertos, no protesta: observa en silencio mientras Martin y Topaz reorganizan el equipaje.

La muchacha estadounidense sube al asiento del copiloto y se sacude, moviendo los pechos de manera provocadora.

—¿Qué pasa con este cinturón? ¿Me echas una mano?

A Martin el flirteo ya le resulta tedioso; le palpita el ojo, no la entrepierna.

—Te las arreglarás, seguro. —Y ella lo hace, sonriendo como una niña traviesa que no se arrepiente.

Martin se incorpora al tráfico y conduce con cuidado por el pueblo; su visión parece flotar.

Liam está en silencio, adormecido por el movimiento, y cuando cruzan el puente sobre el Argyle, ya está dormido.

Topaz apoya los pies sobre el salpicadero; sus piernas doradas y lisas, que asoman desde unos vaqueros cortados, brillan al sol.

Si está preocupada por Royce, no se nota.

Han llevado a su novio al hospital y ella viaja en dirección contraria, con aparente despreocupación.

Ha bajado la ventanilla y el viento le revuelve el cabello alrededor del rostro bronceado.

Nota la mirada de Martin y le devuelve una sonrisa, aunque él percibe en su expresión algo frágil, como si ni ella misma terminara de creerse su papel.

—¿Por qué se estaban peleando Royce y Harry?

—Harry se me insinuó. Royce quiso defender mi honor. Ya sabes lo idiotas que pueden ser los hombres.

Martin recuerda que en las otras ocasiones que los vio, Royce parecía inmune a los coqueteos de Topaz.

—No te creo —y lo dice más como una constatación que como un desafío.

Ella lo mira como si lo viera por primera vez; luego, fija la vista al frente y suspira mientras Martin pasa por el cruce que lleva al camping a la izquierda y a la casa Hartigan a la derecha. Acelera hasta acercarse a los cien kilómetros por hora.

—Prométeme que no se lo contarás a la policía —dice ella por fin.

—De acuerdo —responde Martin.

—Drogas —confiesa Topaz—. Royce tiene mierda en la cabeza. Trató de vender pastillas en el bar del hostal. Harry se lo tomó mal.

—¿En serio? ¿Harry es antidrogas?

Topaz suelta una carcajada.

—¿Es broma? Claro que no. Pero quiere venderlas él. Royce, el muy idiota, se metió en su territorio.

—Ajá —dice Martin. Suena convincente. Se pregunta cuánto sabrá Johnson Pear del negocio paralelo de Harry.

—No es para tanto —continúa Topaz—. Los mochileros solo quieren divertirse. Siempre hay drogas para el que las quiere. Si los albergues no las venden, te indican quién lo hace. Royce debió de haberse informado antes. Es un buen chico y está bien dotado…, pero no precisamente de cerebro.

—¿O sea que se lo merecía?

—Depende de lo grave que esté.

—¿Has sabido algo de él?

—Sí, mientras ibas a por el coche. Parece que lo van a dejar en el hospital unos días en observación.

—¿Y qué harás? ¿Seguirás buscando trabajo?

—No. En cuanto le den el alta, nos iremos; seguramente, volvamos a Sídney.

—¿Y tu visa?

—¿Cómo dices?

—Pensé que necesitabas trabajo regional.

—Sí. Pero hay montones de lugares a lo largo de la costa y hacia el oeste, cerca de los ríos, según me dijeron. No quiero volver a saber nada de este pueblo de mierda ni de ese hostal de mierda.

Siguen el trayecto en silencio por la carretera recta que se abre paso entre la vegetación húmeda que rodea el pantanal, con las copas de los manglares a la altura de los ojos.

La marea debe de estar alta; no huele mucho.

Un pelícano y, luego, dos más planean con elegancia sobre el coche, rumbo a la laguna.

Martin trata de imaginar el paisaje si el proyecto de St. Clair llegara a concretarse.

Según el desarrollador, dejarían suficiente vegetación para que ocultase el campo de golf y el puerto deportivo desde la carretera, de modo que conducir por allí parecería distinto.

Pero, de alguna manera, Martin intuye que no sería lo mismo, que sería mejor si prosperara la reclamación de los pueblos indígenas.

Pasa junto al destello blanco de la cruz a su derecha, solitaria entre los matorrales.

¿Qué edad tendrían ahora sus hermanas? ¿Treinta y cinco?

¿Treinta y seis? En la plenitud de la vida, con familias propias, y su madre, viva aún, disfrutaría consintiendo a los nietos.

El pensamiento lo entristece y lo sorprende: nunca había hecho ese cálculo desde que murieron.

Los recuerdos han empezado a surgir desde su vuelta, afloran en su conciencia, reclamando reconocimiento como una demanda territorial propia; los fantasmas de su familia le imponen un vínculo continuo e ininterrumpido con él.

Su mente podría alegar que todo quedó en el pasado, que el Port Silver actual es tierra de nadie, pero aquí no hay un Alto Tribunal ni Cámara de Apelación.

Vuelven a él las palabras de Mandy, si cree en el destino o en el karma.

Sacude la cabeza. Quizá, debería estar yendo hacia el hospital de Longton, no en dirección contraria.

Y entonces, el homenaje a su madre y a sus hermanas queda atrás, y la sesión del Tribunal de las Emociones Humanas se levanta, temporalmente suspendida.

Conduce hacia el desvío a Hummingbird Beach.

—¡Oh, por Dios! —exclama Topaz, el estereotipo de la estadounidense. Martin ha entrado en el aparcamiento improvisado y ella baja de un salto—. ¡Por Dios! —Mira hacia la playa—. ¡Esto es el paraíso!

—La oficina se encuentra allí abajo, en la casa vieja —señala Martin—. Déjame sacar a Liam y nos vemos ahí.