Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 12 #3
40%

CAPÍTULO 12 #3

—Porque esa es la definición: si pierdes el conocimiento, es conmoción. Tienes que ir al hospital.

—Bromeas. Solo estuve inconsciente un minuto.

—Tienes que estar en observación al menos cuatro horas, por si hubiera algún daño más serio. —El joven ve el escepticismo en los ojos de Martin—. Hablo en serio —añade.

El socorrista parece de poco más de dieciséis años, tiene la cara sembrada de acné y un incipiente bigote como pelusa, pero su voz lleva el peso de la formación recibida.

Los cursos de supervivencia que Martin también ha hecho le dicen lo mismo: cualquier daño neurológico se manifestará en las horas siguientes, y el mejor lugar donde puede estar, en caso de que ocurra, es el hospital.

—¡Royce! ¡Royce!

Martin oye el grito y se vuelve. Topaz corre hacia ellos desde el hostal de mochileros.

—¡Royce! —Se abre paso entre el círculo de curiosos y se arrodilla junto a los socorristas que atienden a su novio. Lo han puesto de lado, en posición de recuperación, con una toalla húmeda sobre la frente, pero sigue sin recobrar el sentido.

La mente de Martin empieza a despejarse, aunque el dolor en la mandíbula va en aumento. Vuelve a palpar la zona para tranquilizarse de que no haya nada roto.

—Aquí tienes —la chica del biquini le entrega su móvil con la cámara en modo selfi.

Martin le agradece y lo usa como espejo improvisado para inspeccionarse la cara bajo el sol cegador.

Ve el lugar donde el puñetazo se estrelló de lleno en la mandíbula superior; el hematoma empieza a migrar hacia el ojo.

Va a quedar con un bonito morado. Pero ha tenido suerte: si el golpe hubiera sido en la cavidad del ojo, el daño habría sido permanente.

—¿Quién era ese imbécil que me pegó? —pregunta.

—El del hostal —responde el joven del vóley.

—¿Del hostal?

—Sí, del hostal de mochileros. Ese de ahí.

Martin dirige la vista hacia el hostal Sperm Cove, que resplandece bajo el sol, dominando un sector de la playa.

El sonido de una sirena viaja por el aire: una ambulancia.

Qué rápido. Ve al sargento Johnson Pear acercándose, seguido a unos pasos por el agente de la redondez infantil.

Se mueven con torpeza en la arena con sus botas reglamentarias.

Pear se dirige al círculo que rodea a Royce, que sigue inconsciente.

Luego, alguien señala a Martin, y Pear se le acerca.

—Scarsden, ¿se encuentra bien?

—Me han agredido.

—Ya lo veo. ¿Recuerda lo que pasó?

—Perfectamente. Ese imbécil violento dejó inconsciente a este hombre y después me atacó a mí. Me pegó en la cara.

—¿Por qué?

—Ni idea. Ya estaban peleándose cuando me acerqué. Traté de detenerlos, y recibí un puñetazo por entrometido.

—Bien, entonces, ese hombre de ahí y el otro, el que lo golpeó a usted, ¿se estaban peleando?

—Así es.

—¿Y no sabe por qué?

—No, yo estaba aquí, cuidando al bebé, conversando con esta chica, cuando los escuché. Seguramente, la pelea empezó en otra parte, quizá en el hostal, no lo sé. Pero empezaron a gritar y luego empezaron a pegarse.

—¿Conoce al sujeto que lo golpeó?

—No, pero ellos sí.

—Sí —responde el joven, y la chica asiente.

—Se llama Harry. Trabaja en el hostal de allí.

Pear asiente; su expresión revela que sabe perfectamente de quién se trata.

—Harry Drake —dice en voz alta y después murmura para sí—. Harry hijo.

—¿Drake? —pregunta Martin—. ¿Como Harrold Drake?

—El hijo —responde Pear con desdén—. El mundo es un pañuelo.

—¿Va a arrestarlo?

—Por supuesto —responde Pear, a quien la idea no parece gustarle en absoluto—. ¿Hay testigos?

—Media playa.

—Bien.

Pear saca la libreta y empieza a apuntar los nombres y teléfonos de los jóvenes que jugaban al vóley.

Martin se incorpora, primero de rodillas y luego, vacilante, logra ponerse de pie.

No se marea, ya no se siente aturdido. La joven le devuelve a Liam.

El niño observa con los ojos muy abiertos, fascinado por la ambulancia que acaba de detenerse en el aparcamiento junto al hostal.

La sirena suelta un último gemido y se apaga.

Dos sanitarios bajan del vehículo, recogen mochilas de la parte trasera y avanzan con calma por la arena.

Pear, mientras tanto, se ha puesto a hablar con Topaz y anota detalles en su libreta.

Royce empieza a gemir y a recobrar el sentido justo cuando los sanitarios llegan hasta él.

Intercambian unas palabras rápidas con los socorristas y se hacen cargo; le hablan en voz baja mientras le apuntan una linterna a los ojos, le piden que mueva brazos y piernas y que apriete los dedos.

Se apartan un poco de la multitud y, en voz baja, comentan la situación entre los dos. Uno de ellos se acerca a Martin.

—¿Eres el tipo con el que se estaba peleando?

—No, yo era un simple espectador inocente.

—Ah, bien. No queremos un par de pendencieros en la misma ambulancia. Perdiste el conocimiento, ¿verdad?

—Durante menos de un minuto.

—No importa.

El sanitario lo somete a una serie de pruebas que Martin ya conoce por su entrenamiento en entornos hostiles.

—Bien, no hay indicios de daño. Pero tenemos que llevar al otro al hospital, tiene que estar en observación. ¿Quieres que te llevemos?

—¿Te parece realmente necesario?

—Tú decides.

Martin piensa en horas de espera en el hospital, mira el reloj. Está a punto de negarse cuando una idea le cruza la mente.

—¿En Longton hacen escáneres? —Martin se toca con el dedo la zona cercana al ojo—. ¿De tejidos blandos?

—¿Por tu ojo? No, amigo. Solo radiografías y ecografías, nada más.

—¿No tienen equipos de resonancia magnética ni para hacer tomografías?

—Bromeas, ¿no? Para eso, Sídney o Brisbane. Pero no necesitas ningún escáner, lo que necesitas es un oftalmólogo. Te enfocan una luz por la pupila y lo revisan así. ¿Por qué, qué sientes? ¿Tienes la vista borrosa?

—No, todo bien. Solo quería saberlo.

El sanitario frunce el ceño.

—Si tú lo dices. ¿Quieres que te llevemos o no?

Martin piensa en Liam, atrapado con él en el tedio interminable de urgencias.

—No, gracias. Hice los cursos de primeros auxilios, sé qué señales observar: visión borrosa, náuseas, falta de coordinación, confusión.

—Está bien. La decisión es tuya, amigo. Pero no dudes en ir si pasa algo, ¿entendido?

Martin asiente, y el sanitario regresa con Royce, que ya está consciente y puede hablar.

Lo ayudan a ponerse de pie y a llegar hasta la ambulancia, con Topaz pegada a su lado.

La gente los observa irse, pero cuando Royce sube y la ambulancia se aleja, el círculo se dispersa y todos vuelven a su ocio.

Los jugadores de vóley saludan a Martin con la mano y retoman sus preparativos.

Cuando Martin se dispone a acomodar a Liam en el portabebés y a guardar el biberón vacío en un bolsillo lateral de malla, su olfato le indica la necesidad de un cambio de pañal.

Justo lo que le faltaba; la sien le palpita de dolor.

Mandy ya lo había prevenido de esta eventualidad, incluso le hizo una demostración.

Genial: cambiarle el pañal al hijo de otro hombre.

En cuanto la idea le cruza la mente, la bloquea; le repugna pensarlo de ese modo.

Quiere a Mandy, y eso viene incluido en el paquete.

Y no puede evitar querer a Liam: el niño es tan vital, tan despierto.

No es culpa suya que todavía no sepa ir al baño.

Martin mira alrededor y decide que la arena y los pañales no se llevan bien.

Camina hacia una zona con césped junto al aparcamiento del hostal.

Está terminando de cambiar el pañal, que por suerte para Liam es un juego conocido, cuando Johnson Pear sale del hostal.

Solo. Pear ve a Martin, hace una mueca, niega con la cabeza y se aleja.

A Martin se le eriza la piel. ¿Por qué no ha arrestado a Harry Drake?

Cuando se dispone a gritarle, aparece el mismísimo Harry desde la brillante fachada azul del hostal. Ve a Martin y se le acerca.

—¿Todo bien, colega? —pregunta, como si Martin solo se hubiera golpeado un dedo del pie.

—No, la verdad es que no.

Harry sonríe, como si hablaran en broma.

—Perdona, tío. Creí que estabas con él, que querías atacarme también.

—¿Eso le dijiste a Pear?

—Exacto. Fue en defensa propia.

—¿Y se lo creyó?

—Si tiene dos dedos de frente, se lo creerá —responde Harry, con tono soberbio.

—¿Y qué pasa con Royce? ¿El tipo al que casi mataste?

—¿Matarlo? Tonterías. Se pondrá bien. —Más soberbia—. Si lo hubiera golpeado en serio, no estaría sentado en la parte de atrás de una ambulancia.

—¿Y qué le dijiste a Pear de eso?

—La verdad. Que él lanzó el primer golpe, delante de tres o cuatro testigos.

La sonrisa de Harry se agranda; está encantado con su propia defensa.

Martin no le cree: cuando salieron a la playa, Royce y él estaban gritándose y empujándose, no peleando.

Pero no va a discutir, el muchacho tiene el pecho descubierto inflado de bravuconería.

En su cinturón, prendido de las presillas del pantalón, lleva un cuchillo enfundado, una herramienta multiusos y un llavero. Un auténtico Chuck Norris.

—Eres Martin Scarsden ¿verdad? —pregunta Harry—. He oído hablar de ti, leí algunos de tus reportajes. Te has venido a vivir aquí.

—¿Y qué?

—Bueno, es un pueblo pequeño. No nos conviene ser enemigos.

Ese tipo no es un estudiante que se haya tomado un año sabático ni un mochilero extranjero.

Es un vagabundo de mala calaña. Un parásito.

Los reconozco a simple vista. Pronto se irá; nosotros seguiremos aquí.

Lamento haberte golpeado. Déjame compensártelo.

—¿Cómo?

—No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.

Le tiende la mano. Martin se la estrecha a regañadientes.

No le gusta hacerlo, pero en su vida ha dado la mano a tipos mucho peores que Harry: genocidas, matones de la mafia, oligarcas rusos y productores de pornografía.

Y a más políticos de los que quiere recordar.

Una fuente es una fuente, decide. Liam se tira un pedo, como en señal de desprecio.