Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Diría que sí. ¿Podemos vernos?

—Por supuesto, pero no puedo decirte cuándo. Los inspectores están en el pueblo. Tal vez, me retrase.

—¿Qué inspectores?

—Los de pesca. Están revisando las capturas. Estoy en el puerto.

—¿Haciendo qué? ¿Pescando clientes?

—Pescando clientes en el muelle. Hay que ganarse la vida.

—Magnífico. Igual que las gaviotas. Pero escucha, quizá puedas ayudarme con un par de cosas. ¿Sabes cómo puedo localizar a la exmujer de Jasper Speight? Creo que se llama Susan.

—No tengo esa información, pero puedo averiguártela. ¿Cuál es la segunda cosa?

—¿Has oído hablar de san Mirón el Taumaturgo, de Creta?

Martin escucha una carcajada en el teléfono.

—Jamás. Te has equivocado de griego. No sé nada de esas tonterías de los ortodoxos.

—Solo preguntaba. Estoy en Town Beach. Voy a dar una vuelta, nos vemos pronto. —Martin cuelga.

Vuelve a cargar a Liam en la espalda, pero antes de salir de la sombra, busca en Google al santo griego.

Internet le informa que Mirón nació hacia el año 250 a.

C. y que, en efecto, hizo milagros: convirtió toneles de agua en vino y caminó sobre las aguas de un río, como un Jesús de bajo presupuesto.

Martin se pregunta qué diferencia habrá entre un taumaturgo y alguien que hace milagros.

Lee que su festividad es en agosto y trata de ver si eso tiene algún sentido, pero no logra obtener nada.

En otro sitio, encuentra un informe curioso: solo unos años atrás, el santo se apareció en sueños a unos feligreses locales y les pidió que lo sacaran de su tumba; así lo hicieron, desenterraron sus reliquias y las exhibieron en una urna de cristal.

Martin relee el artículo y después levanta la vista hacia las arenas blancas de Australia, hacia los hedonistas que disfrutan de la playa, y piensa qué relación podría tener un santo griego del siglo III o IV con la muerte de Jasper Speight.

La playa está concurrida, la temperatura aumenta en las primeras horas de la tarde.

La gente se dispersa a lo largo de la arena: los jóvenes y los despreocupados, los viejos y los atribulados.

De niño, este lugar era su refugio, algo que daba por sentado.

La playa. La contempla ahora, la mira con los ojos con que deben de mirarla los mochileros europeos, como si volviera a descubrir su valor.

Camina hacia las olas con Liam encaramado bien alto, para darle una mejor vista.

Un águila marina se acerca planeando con las alas rígidas, cabalgando las corrientes térmicas sobre la playa.

Martin señala.

—Un pájaro, Liam. Un pájaro.

El niño emite una especie de gruñido y le pega en la nuca con el biberón de plástico. Ha terminado su leche y le ha encontrado otro uso al envase. ¡Ploc! Vuelve a golpearlo, esta vez muerto de risa.

—¡Liam, por el amor de Dios!

¡Ploc! Carcajadas.

Martin alza los brazos hacia atrás intentando atraparle las manos, pero el portabebés no le permite llegar. Liam chilla de júbilo con esa nueva variante de su juego. ¡Ploc, ploc, ploc! Un golpe en cada mano, otro más en la cabeza de Martin.

Un grupito de mochileros en pantalones cortos y biquinis, que estaban marcando una cancha de vóley en la arena, se detienen a mirar y se ríen del espectáculo.

Una joven sonriente se adelanta con el móvil en alto, grabando la escena, carnada para las redes sociales.

Ploc. Ploc. Más chillidos de júbilo de Liam.

Martin comprende que está a punto de volverse viral y le da la espalda a la cineasta improvisada al tiempo que empieza a desabrochar el portabebés.

—No, no —protesta la documentalista—. ¡Es muy gracioso! ¡Otra vez!

Pero Martin ya ha bajado la mochila a la arena; la deja erguida y se arrodilla a su lado, sujetándola para que no se vuelque.

Los ojos de Liam brillan, traviesos. Sostiene el biberón por la tetina y lo agita de un lado a otro; le da un golpe en el brazo para seguir con el juego.

Martin sonríe. A diferencia de los golpes en la cabeza, este no duele ni molesta, así que se presta al juego, haciendo muecas exageradas cada vez que Liam lo golpea.

—¡Qué preciosidad! —exclama la chica del biquini, y se acerca—. ¡Es adorable!

Ya no está filmando. Martin le quita el biberón al niño; Liam lo mira, vacilante, sin saber si el juego continúa. Martin lo desabrocha con cuidado, lo saca del portabebés y lo levanta en brazos.

—¿Puedo cogerlo un ratito? —pregunta la chica.

Martin está a punto de negarse cuando lo interrumpen unas voces encolerizadas; el aire se tiñe súbitamente de insultos, la calma se hace añicos.

La chica y él giran la cabeza. A través de la arena, avanzan dos jóvenes, empujándose, forcejeando y soltando improperios.

Uno de ellos es Royce, todavía con las gafas de sol a punto de caérsele.

La pelea escala, los empujones se convierten en puñetazos, los insultos pasan a ser gritos.

Las gafas vuelan por el aire. Su rival, tan musculoso como él, con una melena rubia de surfista, sonríe con saña, provocándolo.

El contacto se intensifica: piel contra piel, nudillo contra hueso, un ruido sorprendentemente fuerte.

—¡Sujétalo! —ordena Martin a la chica y le entrega a Liam.

—¡Basta! ¡Parad! —grita mientras avanza hacia ellos. Vienen tambaleándose hacia él. De pronto, está muy cerca, siente su respiración, huele su sudor.

—¡Basta! —insiste, agitando los brazos. Pero lo único que logra es distraer a Royce, que intenta girarse, se da cuenta de su error demasiado tarde y recibe un gancho de izquierda. Se tambalea, las rodillas se le doblan.

—¡No! —grita Martin con impotencia; se mueve con torpeza en la arena.

Pero es en vano, el derechazo que sigue impacta de lleno en la cara de Royce, con un ruido nauseabundo de carne aplastada y hueso quebrado; un chorro de sangre cae sobre la arena dorada y salpica la pierna de Martin.

Las rodillas de Royce ceden y se desploma con un golpe sordo y definitivo, inconsciente antes de tocar el suelo.

—¡No! —vuelve a gritar Martin, incapaz de creer lo que acaba de ver, incapaz de aceptar lo sucedido—. Pero ¡¿qué cojones te pasa?! —le grita al agresor, que se yergue victorioso, con las piernas abiertas y la mirada furiosa, como un gladiador—. ¡No puedes hacer algo así!

—Ah, ¿no? —responde el hombre y avanza un paso.

Martin ni siquiera llega a contestar, a sopesar si conviene hacerlo, a levantar las manos.

Un destello de movimiento, el sonido de otro golpe brutal y un dolor abrasador.

Y luego, una neblina roja desciende sobre él y lo arrastra hacia abajo.

Antes de perder el sentido, alcanza a oír el grito de la chica en biquini, el rumor de las olas y el golpe seco de su cabeza contra la arena.

Oscuridad, confusión, luz. El sabor del pescado frito con patatas.

Su padre, riendo, su padre joven, fuerte, riendo a carcajadas.

Corren, corren por la playa. No, es Martin el que corre en círculos, de muy pequeño, persiguiendo gaviotas que se apartan, torpes, sin sentirse lo bastante amenazadas como para levantar vuelo.

Y su madre. Su madre también está allí, sonriendo con indulgencia, riéndose al ver a su hijo y a su marido jugando.

En la playa. Bajo el sol. El sol, el sol que es tan cálido.

Lo primero que oye al volver en sí es el llanto de Liam.

¡Liam! Abre los ojos, primero el derecho, el izquierdo tarda más.

Un dolor punzante le recorre la parte superior de la cara.

Vuelve a cerrar los ojos y busca el origen del dolor con los dedos.

Se toca el párpado izquierdo, pero lo siente normal.

Con cautela, recorre el contorno del ojo, baja por el puente de la nariz.

Todo parece en su sitio, nada roto. Sube por la mandíbula izquierda, por la mejilla.

Allí está el epicentro. El golpe ha sido justo en la parte alta de la quijada, casi en la sien.

Aprieta los dientes, presiona con la yema del dedo.

El dolor llega, sí, pero no es extremo: una contusión, no una fractura, concluye.

Abre los ojos de nuevo. El sol enciende una punzada de dolor en la parte posterior de la cabeza. ¿Se ha golpeado al caer?

—Tranquilo, amigo. Tómatelo con calma. Quédate quieto, nada de movimientos bruscos, ¿de acuerdo? —Martin no ve quién le habla, pero la voz suena sensata, firme.

Intenta levantar la cabeza, pero un mareo lo derrumba de nuevo, así que decide obedecer. Sin embargo, el llanto de Liam vuelve a imponerse; rueda sobre sí mismo para mirar.

Un muchacho de los que jugaban al vóley está arrodillado junto a él con una toalla húmeda que coloca suavemente sobre su cara. Siente alivio. Más arriba, distingue a la chica del biquini, que sostiene a Liam. El niño estira los brazos, intentando alcanzar sus pechos.

—No, no —dice ella, mientras le aparta las manos con suave firmeza. Martin no puede evitar reír—. Tiene un niño travieso, señor —agrega con una gran sonrisa.

Con ayuda del muchacho, Martin logra incorporarse.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

—No demasiado. Un minuto, como mucho.

Martin mira alrededor, lo que le provoca una punzada de dolor en la parte posterior de la cabeza. Ya se ha formado un grupo rodeando el cuerpo inerte de Royce.

—¿Cómo está?

El joven se encoge de hombros.

—Vivo. Respira, pero sigue inconsciente. La ambulancia está en camino. La policía también.

Pero quienes llegan primero son los socorristas: son tres los que se acercan corriendo por la arena. Dos van directamente hacia Royce, el tercero se arrodilla junto a Martin.

—¿Estás bien? —pregunta—. ¿Qué ha pasado?

—Un tipo me dio un puñetazo de repente.

—¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas qué pasó justo antes?

—Sí. Lo recuerdo todo.

—Bien. ¿Cómo te llamas?

Martin le dice su nombre, la fecha y el nombre de la primera ministra.

—Eso está muy bien, colega, excelente. ¿Has perdido el conocimiento?

—Me dijeron que por alrededor de un minuto.

—Ajá —dice el socorrista—. Tienes conmoción cerebral.

—¿Cómo lo sabes?