CAPÍTULO 12
El Beachside Cafe no está sobre la playa, sino en The Boulevarde, aunque del lado este de la calle.
La única vista del mar, como descubre más tarde Martin, es a través de la ventana del baño de hombres.
Es un local indefinido en cuanto a su identidad: carece de las pretensiones de su vecino, el Che Bay Cafe, pero tiene más aspiraciones que el local de Theo.
El interior ostenta un desenfado costero: suelo de cemento alisado, mesas de madera y viejas redes de pesca colgando del techo.
El menú está escrito en una pizarra: se pide y se paga en el mostrador.
Mandy lo espera con una sonrisa de disculpa. Winifred Barbicombe está allí, pero sin sonrisas. Liam duerme en su cochecito; al final, no lo ha dejado en la guardería. En cuanto traspasa la puerta, Martin se da cuenta de que algo no va bien.
—¿Qué pasa? —pregunta, cogiendo la silla que le han reservado—. ¿Qué ha ocurrido?
—Nada demasiado grave —responde Mandy.
Martin mira a la veterana abogada. Winifred no dice nada. Mandy suspira.
—La policía está desesperada y persigue sombras, nada más.
—Es cuando se ponen más peligrosos —responde él, y se gana un gesto de aprobación de Winifred y una mueca de disgusto de su pareja.
—Nick Poulos me llamó desde el club de socorristas —dice Winifred con tono sombrío—. Me contó que la policía estuvo por allí preguntando por Mandalay y Jasper Speight. Parece que están tratando de inventar un motivo para culpar a Mandalay de la muerte de Jasper.
Martin fija la mirada en Mandy y susurra: —¿Qué pasó? ¿Por qué allí?
—Jasper y yo tuvimos un rifirrafe en el club hace unas semanas. Algún entrometido debió de contárselo a la policía.
—¿Un rifirrafe? —repite Martin. La palabra le provoca la misma aversión que la visita de un pariente lejano. Para él, la expresión solo existe en “un rifirrafe entre enamorados”. En todos los otros casos, es una pelea, una discusión, una riña o una bronca—. ¿Qué pasó?
—Estábamos cenando. Yo pensaba que era un buen tipo.
Me alquilaba la casa en el pueblo, me ayudaba con el papeleo de la casa Hartigan.
Ya me había contado que te conocía, que habíais sido amigos, que le encantaba leer tus artículos.
Yo quería hacer amigos, integrarme en la comunidad.
Parecía muy sincero; me habló de la necesidad de preservar una parte del medioambiente local.
Y entonces, me puso la mano en la pierna.
Le pedí que la retirara y lo hizo, pero luego volvió a ponerla e intentó subir más arriba.
Así que me levanté y le vacié una jarra de cerveza en la cabeza.
—Ajá —dice Martin, reprimiendo una sonrisa.
—Y le canté las cuarenta.
—Cuéntale el resto —la anima Winifred.
Mandy se encoge de hombros.
—Le dije que se fuera a la mierda. No lo amenacé ni nada.
—Todo el club vio lo que ocurrió, lo oyó. Lo humillaste —agrega Winifred.
—Se lo merecía. ¿Qué esperabas que hiciera?
Martin siente la punzada leve de una traición: su viejo amigo, insinuándose con Mandy. Pero no dice nada al respecto.
—¿No reaccionaste de forma exagerada?
Ella lo mira, asombrada, y su voz se torna gélida.
—Vete a la mierda tú también.
Demasiado tarde, recuerda la incomodidad de esa mañana, el mal humor de Mandy por su velada en casa de Vern y Josie. Se desdice.
—No digo que estuvieras equivocada, pero ya sabes… —No termina la frase, y ella lo fulmina con una mirada capaz de apagar Chernóbil.
—¿Qué? ¿Qué es lo que ya sé? ¿Que él iba a terminar muerto en la sala de mi casa?
Winifred intercede, como un árbitro de rugby que evita una pelea, y se dirige a Martin: —¿Y tú? ¿Has descubierto algo útil? —El tono deja claro que no espera gran cosa; solo quiere cambiar de tema.
—Sí, tal vez. —Y procede a contarle su mañana mientras Mandy lo taladra con la mirada; la fábrica de quesos, Hummingbird Beach y su visita a Tyson St. Clair.
La sola mención de Doug Thunkleton horroriza a Mandy, después de la forma en que los destrozó en su transmisión en vivo en Riversend.
—¿Ese imbécil? ¿En Port Silver? No anda tras de mí, ¿verdad?
Martin la tranquiliza: no está allí por ella.
Winifred, en cambio, se muestra intrigada por los planes para la ribera norte del Argyle.
—¿Así que piensas que la muerte de Jasper Speight puede estar vinculada de algún modo a esos proyectos urbanísticos?
—Es posible. No hay pruebas, pero estos proyectos deben de mover cientos de millones de dólares. Eso ya es un motivo de peso.
—Lo es —coincide Winifred, y junta las manos en un gesto reflexivo—. ¿Puedes seguir con eso, Martin? A ver qué más averiguas.
—Sí, claro. ¿Has hablado con Montifore?
—Casi nada, ¿por qué?
—La imagen en la mano de Jasper. ¿Te dijeron qué era?
—Sí, tenías razón. Era una postal… de un santo ortodoxo griego.
—¿Y qué tenía escrito?
—Nada. Estaba en blanco.
Martin frunce el ceño. Una postal en blanco en la mano de su amigo muerto. ¿Por qué?
—¿Quién era el santo?
—San Mirón de Creta. Estaba impreso en el reverso, en griego y en inglés.
—¿Quién es?
—San Mirón el Taumaturgo. ¿Lo habías oído nombrar?
—Nunca.
—Lo busqué en Google. Un santo ortodoxo del siglo III o IV. Fue obispo de Creta —explica Winifred—. ¿Alguna idea de por qué Jasper tendría esa postal en la mano? ¿Por qué querría mostrártela?
—Ninguna. Su madre me dijo que coleccionaba postales, pero no era religioso. Es un misterio.
Mandy los interrumpe.
—¡Mierda! —murmura.
Ivan Lucic está en la puerta. El sargento se acerca y le habla a Mandy, con tono casi amable.
—Vamos. Es la hora.
Winifred se pone de pie, lista para acompañar a su clienta.
—Martin, avisa a Nick de lo que ha pasado, ¿vale?
—Por supuesto.
—Bien. Y sigue con tus averiguaciones. —Se vuelve hacia Mandy, que sigue sentada, abatida.
—Vamos, Mandalay. Los inocentes no tienen nada que temer.
Pero Mandy no se levanta todavía. Se vuelve hacia Martin; él ve la angustia en sus ojos.
—Liam. ¿Podrías cuidarlo?
—Claro.
Ella le entrega las llaves del coche, le indica dónde ha dejado el Subaru, le explica que todo lo que el niño necesita está en una bolsa de deporte.
—Cuando despierte, va a tener hambre. En el cochecito, hay un biberón ya preparado y un recipiente con puré de verduras. También he comprado una mochila portabebés, para que lo lleves a dar un paseo. Si quieres probarla, está en el maletero.
Tiembla al ponerse de pie. Winifred, Lucic y Martin miran, inmóviles, cómo se inclina y besa con suavidad la frente de su hijo dormido. Luego, se endereza, con los ojos llorosos.
—Cuídalo, Martin. Por favor, cuídalo.
Y se marchan en fila, la abogada, el policía y la sospechosa, bajo las miradas de los chismosos del café, que afilan la lengua; Martin se queda solo en la mesa; Liam duerme, ajeno a todo.
Liam despierta en cuanto Martin lo saca del cochecito y lanza un grito agudo de necesidad.
Martin siente un instante de pánico, de completa ineptitud, hasta que le entrega el biberón.
El niño se calma al instante. Suspira aliviado.
Pero ¿qué sucederá cuando se acabe el biberón?
Coloca al bebé, ya tranquilo, en la mochila, y lo asegura.
Luego, levanta con cuidado la mochila y la lleva hacia atrás hasta que el niño está sentado en su espalda; la mochila descansa sobre las caderas de Martin, que cargan el peso.
Se ajusta la correa en la cintura, después, las de los hombros.
Satisfecho, se inclina torpemente, manteniendo la espalda recta para no desestabilizar a Liam, y recoge la bolsa con biberones, pañales, toallitas. Demasiadas cosas.
Caminando por The Boulevarde, escucha al niño resoplar junto a su oído mientras bebe su leche, feliz con esa nueva aventura, la altura, el movimiento.
Qué astuta Mandy: debió de saber que a su hijo le agradaría.
A Martin también le gusta: es mucho mejor que el cochecito.
Al pasar, las mujeres le sonríen con aprobación.
Liam ríe, Martin sonríe; Liam gorjea, Martin le hace ruiditos absurdos por encima del hombro.
Pero cuando el niño deja caer el biberón, su alarido le taladra el oído izquierdo.
Se agacha para recogerlo, pero una joven madre, con su propio hijo de la mano, se adelanta.
Se lo devuelve a Liam y les sonríe con expresión indulgente.
—Aquí tienes.
Martin se encamina a la playa, con la idea de que el niño tal vez disfrute de las olas y las gaviotas. Pero antes entra en el local de Theo y le pide a la adolescente malhumorada que llame a George Tomakis.
—Martin. ¿De vuelta tan pronto? ¿Y este muchachito quién es?
—Liam. El hijo de mi pareja.
—Tiene cara de travieso —dice George con una gran sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarte?
—La comunidad griega aquí en Port Silver, ¿es muy grande?
—Nah, unas cinco o seis familias. Casi ni alcanza para darle el nombre de comunidad.
—¿Hay alguna de Creta?
—¿De Creta? No lo creo. Un par de chipriotas en Longton y nada más. ¿Por qué?
—¿Has oído hablar de san Mirón el Taumaturgo?
George suelta una carcajada.
—¡Qué va! Suena más bien como el nombre de una banda: San Mirón y los Taumaturgos.
—Gracias, George.
En una mesa de pícnic, sobre las dunas y a la sombra de un pino, Martin baja con cuidado la mochila.
Liam, aún con la tetina del biberón en la boca, lo observa con aire curioso.
Martin la apoya en el suelo y la sostiene con una mano, mientras las piernecitas regordetas del niño se balancean en libertad.
Con cierta dificultad, se quita los zapatos.
En la bolsa de deporte, encuentra un sombrero para el pequeño y protector solar.
Mandy ha pensado en todo. Liam ríe y se retuerce cuando Martin le unta la cara con crema, como si estuviera jugando a hacerle cosquillas.
Martin acaba riéndose también, hablándole al niño, jugando con él.
Luego, mientras Liam sigue entretenido con el biberón, Martin llama a Nick Poulos. El abogado responde enseguida.
—¿Martin?
—Nick. La policía se ha llevado a Mandy para continuar con el interrogatorio.
—¿En serio? ¿Por el altercado con Jasper en el club?