CAPÍTULO 11 #5
—Claro. Venía casi todas las semanas. Pescado con patatas y leche con cacao.
Martin sonríe.
—Algunas cosas no cambian nunca.
—Supongo que te has enterado —agrega George, poniéndose serio.
—Sí, me he enterado.
—Amigo, este pueblo…, nunca habíamos visto nada parecido. Peleas, trifulcas y líos domésticos, sí; la Barriada no era el país de las maravillas. Pero ¿un asesinato? Joder.
—Entonces, ya no vives allí, en la Barriada.
—¿Yo? Ni hablar. Mis padres se quedaron mucho tiempo, incluso cuando ya se podían permitir marcharse, pero yo no. No veía la hora de irme.
—¿Cómo están tus padres?
—Papá murió. Hace años, de un ataque al corazón. El único ejercicio que hacía era jugar al póquer y fumar cigarrillos. Mamá ahora vive con nosotros. Convertimos el garaje en un apartamento para ella.
—¿En Nobb Hill?
George se ríe, suelta una carcajada profunda, sincera.
—¡Ni en sueños! Pero estamos bien. Tenemos una casa con doble pared de ladrillos, aire acondicionado, frente a Five Mile Beach; desde arriba, se ve el mar. Corre la brisa, los chicos juegan en la arena. Una maravilla.
—Suena fantástico. ¿Veías a Jasper a menudo?
—Nah. Solo cuando venía a comer pescado con patatas. Hablaba poco, a veces sobre lo que escribías en el periódico o dónde habías estado. Y preguntaba cuándo íbamos a vender.
—¿La tienda es tuya?
George vuelve a reír, esta vez con más entusiasmo.
—No se lo cuentes a nadie, pero mi madre es dueña de la mitad de The Boulevarde.
Ahora es Martin el que se ríe al pensar en la anciana austera que no quería dejar la Barriada y que ahora vive en un garaje acondicionado.
—¿Entonces podrías vivir en Nobb Hill si quisieras? Yo lo decía en broma.
—Ella podría, sí. Pero está mayor, odia subir y bajar escaleras. Y no quiere estar allí arriba con los otros.
—¿Los otros? —pregunta Martin—. Son abogados de la gran ciudad y jubilados forrados en dinero.
—Exacto, unos pelmazos. Y los lugareños son peores: siempre hablando de precios de casas, compitiendo por trepar. Colega, es como Juego de tronos . Mamá no lo soporta.
La empleada adolescente, con expresión de absoluto aburrimiento, se dispone a sacar la cesta de acero del aceite hirviendo, pero George se adelanta, lo hace él mismo, deja escurrir el pescado y luego las patatas, golpeando un par de veces la cesta para que caiga el exceso de aceite.
—No tienen el sabor de antes —se queja George.
—¿Por qué?
—Antes las freíamos en manteca de vaca. Bloques enormes, blancos. Ahora todo es aceite de colza. Más sano, dicen, pero cero sabor.
Martin le da las gracias y se lleva la comida a la playa.
Igual que la manteca de vaca, el papel de cocina también ha desaparecido.
La comida ahora viene en una caja abierta, insertada dentro de una bolsa blanca de papel que deja escapar el vapor y mantiene el rebozado crujiente.
Y a pesar de lo que dice George, sabe igual de bien.
Es como la playa: pueden rastrillarla, pero sigue siendo la misma playa.
Come un bocado de pescado, lo siente caliente, crujiente, salado.
La boca se le llena de sabor; la mente, de recuerdos.
Sigue siendo el mismo pescado frito con patatas, mejor que el del local nuevo.
Mientras come, vuelve a sentirse en la Barriada, comiendo pescado frito con patatas en el sofá, mirando la televisión, tratando de ignorar a su padre, que está en el sillón, devorando su hamburguesa que chorrea grasa y condimentos.
Y en la televisión, las noticias, los corresponsales en el extranjero, con su fría objetividad, su certeza inequívoca, los dueños absolutos de los hechos.
Ya cerca del final, la mayor parte del tiempo es así: su padre cada vez más inmóvil, menos dado a pasar el tiempo en el club gastando dinero en las tragaperras o despilfarrándolo en apuestas, más propenso a quedarse en casa, borracho y casi inconsciente en el sillón, lanzándole billetes a Martin para que traiga comida.
Los dos comen sin intercambiar palabra; las noticias y el ruido que hace su padre al masticar llenan el silencio; Martin se aprende el nombre de los corresponsales, sigue sus hazañas, asimila el estado cambiante del mundo: se desmorona la Unión Soviética, liberan a Nelson Mandela, Yugoslavia se desintegra en un mosaico de sangre y atrocidades.
Y encima del televisor, su talismán, milagrosamente intacto: la botella de champán francés, con la etiqueta naranja que ondea como una bandera de combate, la promesa de una vida mejor, asegurándole que algún día él también viajará por el mundo y vestirá camisas azules impecables con hombreras, como James Bond, solo que con una máquina de escribir en vez de una pistola, un micrófono en lugar de un silenciador, una copa de champán en vez de un martini.
Beberá champán de botellas con etiqueta naranja, brindará porque pudo salir de la sórdida banalidad y de las arenas movedizas emocionales de Port Silver.
El teléfono vibra y lo arranca de golpe del recuerdo, de su almuerzo a medio comer. Es un mensaje de Mandy: “Beachside Cafe, por favor, ven ahora mismo”.