CAPÍTULO 11 #4
—Por supuesto. Dejaron un millón de dólares sobre la mesa. Una comisión, si Jasper y yo lográbamos convencer a Jota de que vendiera.
Eso pone a Martin a pensar. Jasper había protegido a Jota, advirtiéndole de inminentes inspecciones y subidas de impuestos. ¿Competía con St. Clair o estaba confabulado con él?
—¿Por qué me cuenta esto?
—Quiero que trabajes para mí.
—¿Qué? —Martin suelta una risa, creyendo que es una broma, pero cambia de idea ante la expresión de St. Clair—. ¿Trabajar para usted? ¿Haciendo qué?
—Haciendo que esto suceda. —El promotor inmobiliario hace un gesto amplio que abarca la maqueta—. Tú mismo lo dijiste, el periodismo te ha dejado. Necesitas un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Comunicación. Relaciones públicas. Relaciones con el Gobierno. De aquí hasta Brisbane, no hay nadie con tu currículum. Experiencia con los medios, contactos, conocimiento de cómo funciona el mundo real.
Martin no dice nada, pero una voz en su cabeza le dice que St. Clair tiene razón. Si va a quedarse en Port Silver con Mandy, ¿qué piensa hacer? ¿Trabajar para el Longton Observer ? ¿Hurgar en busca de más crímenes reales para convertirlos en libros?
—¿Qué me ofrece?
—Mucho, Martin. Mucho. Pero no lo hagas por eso. No lo hagas por el dinero. Ayúdame a acabar con la Barriada de una vez por todas.
Scotty nunca fue a la Barriada. Jasper nunca volvió después de que su padre muriese y su madre se los llevase de allí.
Ninguno de los dos quería ir, y Martin tampoco quería invitarlos, mucho menos cuando entendió el estigma que cargaba el lugar, la marca de ser un marginal.
Y mucho menos en esos años en que él y su padre se hundieron en la miseria, cuando el césped se volvió maleza y la casa olía tan mal que dejaban abiertas las ventanas.
Aprendió a odiar su casa, pero no el barrio.
La Barriada era su hogar, el único que había conocido, al menos en aquellos años antes de que murieran su madre y sus hermanas, y luego, otra vez, en esos dos últimos años en que Vern se mudó con él y juntos arreglaron la casa.
Había buena gente en el barrio, gente con buen corazón y mala suerte.
Scotty nunca fue a su casa, Jasper nunca fue a su casa.
Nadie fue a su casa, nunca. Excepto Maz.
Un día Maz fue. Tenían quince años. Maz le gustaba y, como descubrió demasiado tarde, a ella le gustaba él también.
Lo había besado una noche, allí arriba, en las dunas junto a la playa; sus labios sabían a caramelos dulces, a Coca-Cola y a cigarrillos mentolados.
Él no dijo nada, ella no dijo nada, pero desde ese momento, hubo algo entre ellos, esa certeza de que tarde o temprano iban a estar juntos, iban a ser novios.
Y un día, ella apareció en la Barriada, en su casa, sin avisar.
Debió de haber caminado todo el trayecto desde la Five Mile Beach, cruzando el pueblo y subiendo por la calle Ressling.
Él estaba dentro, en su cuarto. La vio por la ventana: llevaba sus mejores vaqueros, una blusa con flores, bonita y discreta.
El pelo le brillaba al sol y estaba maquillada.
Se quedó de pie frente al portón, inmóvil, mirando.
Comprobó el número de la casa e intentó abrir el portón, oxidado y atascado, que él siempre saltaba.
Luego, se detuvo, miró la casa una vez más y se marchó.
Fue entonces cuando Martin empezó a limpiar la casa, cuando Vern lo ayudó a hacer funcionar el cortacésped; cambió la bujía, afiló las cuchillas, limpió el carburador y cambió el aceite.
Cortó las malezas y después empezó a cortar el césped para los vecinos demasiado viejos o enfermos.
Les cobraba cuando podían pagarle y lo hacía gratis cuando no.
Siempre había tenido buen aspecto; se duchaba cada mañana, y el uniforme escolar y su ropa estaban gastados pero limpios; empezó a asear la casa, paso a paso, con su propio dormitorio como base de operaciones.
Lavó sus sábanas y, al ver que no era suficiente, las dejó en remojo durante días y, como eso tampoco lo era, las tiró y compró unas nuevas con el dinero que ganaba cortando el césped.
Pasó la aspiradora, sacudió el polvo, tiró ropa que le quedaba pequeña, algunas prendas de cuando tenía menos de ocho años.
Desde su habitación, avanzó hacia la cocina.
No debería haber estado tan mal, pues nunca cocinaban.
Pero había restos podridos en el horno, restos pudriéndose más despacio en la nevera; del desagüe del fregadero brotaban olores nauseabundos.
Un fin de semana, lo dio todo: fregó todo el día, toda la noche y hasta el amanecer, llevado por un fervor casi maniático.
Y al final, sintió satisfacción ante lo logrado, sintió orgullo.
Y entonces, su padre vomitó en el baño. Y alguien le robó el cortacésped.
A Maz la veía con frecuencia, era imposible evitarla: en el autobús hacia la escuela en Longton, en una de cada dos clases, a veces fumando con los demás en las dunas o en The Boulevarde frente al local de Theo.
Siempre lo trataba con cortesía, nunca decía nada cruel, nunca lo llamaba “marginal”.
Pero ya no existía ese entendimiento entre ellos.
Y en sus ojos, a veces, Martin veía el sentimiento más demoledor de todos: la lástima.
En The Boulevarde, Martin se detiene a almorzar.
El viejo supermercado se ha transformado en una ferretería, pero en el piso superior, sigue habiendo un aparcamiento.
Sube con el Toyota por la rampa. Le parece ahora mucho más corta, la pendiente más leve, en comparación con aquella noche en que corrían carreras con los carritos del supermercado.
El calor aprieta sobre la planicie de cemento, que absorbe el sol y lo devuelve como resplandor ardiente; no hay ni una pizca de sombra.
La tormenta que se descargó sobre Nobb Hill mientras visitaba a St. Clair ya se ha esfumado.
No es el mejor lugar para dejar un coche.
Martin baja las ventanillas, las deja abiertas.
Si alguien quiere robar esa chatarra oxidada, que se dé el gusto.
Está exhausto; necesita comer, ordenar sus pensamientos.
Entre varias cafeterías, su memoria lo lleva de nuevo al manjar de su infancia: pescado rebozado con patatas fritas.
¿Dos días seguidos? ¿Por qué no? En lugar del local nuevo junto a la tienda de sushi, decide volver a su viejo reducto, Theo’s.
Por dentro, está casi igual a como lo recordaba: el linóleo que se despega del suelo, las mesas de fórmica, los azucareros de cristal pesado con tubo plateado.
Del techo, cuelgan dos ventiladores que giran con pereza.
Las neveras, decoradas con el logo de Coca-Cola, son nuevas, y los ceniceros de baquelita ya no están, pero en las paredes siguen estando los descoloridos pósteres de muertos famosos en marcos baratos: Elvis, Bogart y Lauren Bacall, Marilyn, James Dean, Clark Gable, Errol Flynn, Judy Garland.
En algún momento del último cuarto de siglo, también se sumaron John, Paul, George y Ringo al panteón.
No los Beatles hippies , sino los muchachos de flequillo que sonríen a la cámara, retratados en blanco y negro como los demás. Un café-panteón.
En el mismo mostrador, el mismo pedido: dos trozos de pescado con patatas fritas. La adolescente que está detrás ni siquiera le dice el precio, directamente empuja un datáfono hacia él. Pelo teñido, piercings , tatuajes y un aire desafiante. Una punk de Port Silver.
—¿Efectivo? —pregunta Martin.
—Como quieras.
Martin le entrega treinta dólares y recibe a cambio un puñado de monedas, casi con desdén.
La chica de rostro malhumorado lo desafía con la mirada.
Martin no se molesta en responder; deja las monedas, una por una, en un bote para propinas vacío.
Justo cuando introduce la última, un hombre sale con prisa desde la trastienda, secándose las manos en el delantal.
Martin lo reconoce al instante: no es Theo Tomakis, sino su hijo, George, convertido en una fotocopia de su padre.
George, su antiguo compañero de escuela, otrora estrella de fútbol, ágil y apuesto, con una mandíbula afilada que parece capaz de cortar mantequilla.
Esa mandíbula hace tiempo que desapareció, junto con la cintura y el pelo.
En compensación, ha brotado un bigote imponente, pero no hay duda de quién es.
—George —lo llama Martin.
George lo mira, a punto de decir algo; frunce el ceño, como si una mota de polvo del recuerdo flotara ante él, y luego sonríe. Levanta el dedo y exclama:
—¡Martin Scarsden! El reportero estrella.
—George.
Se estrechan la mano, sonríen sin saber muy bien por qué; fueron compañeros de curso, no amigos.
George fue de los que abandonaron antes de terminar los últimos dos años de bachillerato, en pos del sueño del fútbol profesional.
Martin no lo ha vuelto a ver desde entonces, pero por alguna razón se alegra de encontrarlo ahora.
Y comprende por qué: el hombre del pescado con patatas fritas también es un marginado, un superviviente como él.
—Me enteré de que ibas a volver —comenta George—. Me lo contó Jasper Speight.
—¿Seguiste viendo a Jasper?