Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

—El dinero grande. —St. Clair señala el faro, camina hacia él con energía contenida—.

Míralo bien. Es el faro más grande al sur de Byron Bay.

Lo construyeron a fines de la década de 1890, cuando imaginaban este sitio como un puerto importante, que exportaría cedro de los bosques, aceite de la estación ballenera, lácteos de las granjas, azúcar de los cañaverales, carne del matadero.

Ese faro fue el comienzo, el faro de nuestra prosperidad.

Pero siempre hubo dos obstáculos: el maldito banco de arena traicionero en la boca del Argyle y ese camino para burros mortífero que sube por el escarpe.

El puerto nunca pudo albergar barcos mucho más grandes que un pesquero.

Tiene la profundidad y la protección necesarias, pero el banco de arena lo impide.

Hicimos todo tipo de estudios geológicos y oceanográficos.

Hay un arrecife enorme, de roca sólida, y el banco de arena se mueve por encima.

No se puede dragar; haría falta una maldita bomba atómica para moverlo.

Así que el puerto nunca se desarrolló, podríamos decir que involucionó.

A medida que los barcos crecieron en tamaño, el comercio se redujo.

El ferrocarril llegó hasta Longton y siguió de largo, el ramal que debía bajar por el escarpe nunca se construyó porque no había puerto al cual conectarse, y la pendiente era demasiado empinada para justificar los costos.

La madera de los bosques se agotó, la estación ballenera cerró, la flota pesquera pasó a manos estatales y la fábrica de quesos cerró sus puertas.

Y en cualquier momento, cerrará el ingenio azucarero; ya está dando pérdidas.

No hay suficientes cañaverales aquí abajo, no hay economías de escala.

Y cuando cierre, todas las fincas cañeras estarán condenadas.

Los productores de leche todavía pueden unirse y mandar camiones cisterna con leche por el escarpe, pero no hay manera de subir camiones cargados de caña, al menos en el volumen necesario.

—St. Clair suelta un largo suspiro para remarcar sus palabras—. ¿Empiezas a entender ahora?

Pero Martin niega con la cabeza.

—No lo sé. Veo todo más próspero que en mi infancia.

St. Clair se calma un poco.

—Claro. Todavía tenemos la horticultura a lo largo del río.

Tenemos a los mochileros. Y atraemos a muchos que se jubilan aquí para vivir junto al mar.

Así que sí, hay dinero. Pero mucho sigue siendo dinero del Gobierno, destinado a mantener contento al electorado de un distrito clave para las elecciones.

Si rascas un poco la superficie, verás que sigue habiendo bastante pobreza.

No hay suficientes empleos. Nos llega gente con pensiones por invalidez, madres solas con subsidio, drogadictos y pobres diablos con problemas de salud mental.

No pueden costearse la vida en Sídney, Brisbane o Byron; pronto tampoco podrán vivir en Coffs ni en Tweed Heads, así que vendrán aquí.

Y además están los aborígenes, que siguen pasándolo tan mal como siempre.

La Barriada ya no alcanza, y la pobreza se ha desbordado hacia el camping.

Martin señala la maqueta de Hummingbird Beach y laguna Crystal.

—¿Y esa es la solución? ¿Eso y una urbanización cerrada? —No logra disimular el escepticismo en su voz.

—La solución es el turismo y los jubilados de alto poder adquisitivo.

Y los teletrabajadores. El bachillerato y la piscina están muy bien, pero el verdadero cambio va a ser la banda ancha.

Este es un distrito en disputa: nos van a dar mejor conexión que a los poderosos del Parlamento.

Voy a poner un punto de wifi gratis encima del faro.

—Se vuelve hacia el faro, con una mueca irónica—. Al menos así servirá para algo.

—¿Y realmente cree que desarrollar la ribera norte del Argyle puede revertir un siglo y medio de estancamiento?

—Claro que lo creo. Verás, nuestro error fue perseguir el crecimiento.

Durante décadas, pensé que teníamos que expandirnos, agrandarnos, como todas esas otras ciudades en auge.

Pero me equivoqué: nuestro futuro no está en crecer, está en volvernos exclusivos.

—St. Clair saborea la última palabra, como si se tratara de un manjar—.

El escarpe y el banco de arena dejarán de ser trabas para el desarrollo; serán nuestra protección contra el exceso de desarrollo.

Dejé de presionar para que reorientaran la carretera, dejé de insistir para que extendieran los espigones.

En cambio, empecé a donar a los ecologistas, a impulsar un límite de población.

Quiero que echen a McDonald’s, como hicieron en Byron.

Queremos ser pequeños y exclusivos, limpios y ecológicos.

—No sé si drenar la marisma de Mackenzie sea precisamente limpio y ecológico… ¿Y qué me dice de los aborígenes... ya se han aficionado al golf?

St. Clair suelta una carcajada, sin ofenderse en absoluto.

—No, pero mi intención es que puedan hacerlo. Se sumarán. Y los ecologistas también.

—¿De qué modo?

St. Clair lo mira con expresión sagaz.

—¿Has estado en Hummingbird Beach? ¿En la laguna?

—Sí, justo esta mañana.

—¿Y más allá? ¿Llegaste más lejos?

—No, ¿para qué?

—Exacto. Nadie llega más allá. Las playas son demasiado salvajes; la tierra, demasiado arenosa y salina.

Las granjas lecheras, las pocas que quedan, están un par de kilómetros tierra adentro.

Hay algunos cañaverales, pero ya te dije lo que les espera.

Es tierra de mierda. El Gobierno convirtió casi todo en reserva natural porque no saben qué hacer con ella.

—¿Y qué propone usted?

—En los próximos meses, recibiremos la visita de la primera ministra. Anunciará un nuevo parque nacional a lo largo de la costa que se unirá con el que está más al norte. Como parte del acuerdo, habrá empleos para guardabosques aborígenes.

—¿Un trueque por la marisma?

—Lo estoy negociando. Pero confío en ti: nada de esto puede salir en los periódicos.

—No, claro que no. —Martin no se imagina al Herald entusiasmado por un parque menor en la costa norte, aunque siguiera trabajando para ellos—. ¿Y el Gobierno estatal está involucrado en esas negociaciones?

—Ajá. Pero no esperes que te diga mucho más. Tengo que mantener la confidencialidad.

—Así que un parque nacional. Una barrera natural para el desarrollo de Hummingbird Beach. Una garantía de privacidad, exclusividad y vistas vírgenes.

—Exacto. Lujo y exclusividad al borde de la naturaleza intacta, con servicios y mano de obra en Port Silver, a veinte minutos en coche.

Es perfecto. Hummingbird Beach es el grano de arena, al norte del río está la perla, y Port Silver es la ostra, que crece gorda y suculenta.

—St. Clair enseña los colmillos en lo que Martin supone es su idea de una sonrisa triunfal.

Martin se acerca de nuevo a las ventanas, estudia otra vez la maqueta del proyecto.

—Me dijeron que planea demoler la vieja fábrica de quesos.

Esta vez St. Clair no se limita a sonreír: se ríe a carcajadas.

—¡Yo no! No es mía.

—¿En serio? ¿El guardia de seguridad que vi allí esta mañana no trabaja para usted?

—No has estado perdiendo el tiempo.

—¿Y qué hace ahí? —insiste Martin.

—Solo le echa una mano a un periodista trabajador.

—Sí, Doug Thunkleton. Según él, la fábrica es suya.

St. Clair niega con la cabeza.

—No sé de dónde sacó esa idea. Es de Amory Ashton.

—Creí que estaba muerto.

—Eso creemos todos. Pero no hay cadáver. Y hasta que no lo declaren legalmente muerto, sigue siendo el dueño.

—Entonces, si Doug Thunkleton encuentra algo, un cadáver, ¿usted se beneficia?

—Así es.

—Fue usted quien le dio la información a Doug, ¿verdad?

—Correcto.

—¿Y quién se queda con la propiedad si a Ashton lo declaran muerto?

—No importa. Tengo más posibilidades de comprársela a ellos que a un muerto.

—¿Y los detectores de metales?

—¿Thunkleton no te lo dijo?

—No.

St. Clair exhibe los incisivos.

—Ashton era un viejo gruñón, quizá por su dieta de mierda. Carnes rojas, vino tinto y queso azul. Corroído por la artritis crónica.

—No entiendo.

—Estaba operado de la cadera, de las rodillas.

Prótesis de titanio. Si está enterrado allí, los detectores de metales lo encontrarán.

El titanio es inconfundible. —St. Clair alza las cejas, como si la idea le resultara divertida.

Se vuelve hacia el mar, lo contempla unos segundos y luego mira otra vez a Martin.

Es un gesto extraño, como si lo hubiera dejado en espera para pensar en asuntos más importantes.

Su expresión se torna seria—. La fábrica de quesos no tiene nada que ver con Jasper. Créeme: no están relacionados.

—¿Cómo lo sabe?

—Jasper se oponía al proyecto, eso lo sabe todo el mundo, así que no era parte de las negociaciones, no sabía en qué punto me encontraba.

—Entonces, si no es relevante, ¿por qué me muestra todo esto?

—Por la Barriada.

—¿Qué?

—Desde aquí todavía se ve, ¿sabes? La Barriada.

En verano, se cubre de una especie de bruma, como si la desventaja fuera visible.

Casos de asistencia social. Drogadictos, borrachos, refugiados.

Aborígenes separados de sus propias tierras.

De ahí vienes tú, Martin, de ahí vienen los Scarsden. Y de ahí vengo yo. Quiero cambiarlo.

—¿Con una urbanización cerrada? ¿Y un campo de golf?

—Exacto. Empleos de verdad. Dinero de verdad y un futuro de verdad.

—¿En serio?

—En serio. Martin, de una u otra forma, va a ocurrir.

Pero Martin niega con la cabeza.

—No, si Jota Hayes no vende su tierra, no. Y por lo que entiendo, no tiene intención de vender. Y sin Hummingbird Beach, todo lo demás se desmorona.

—Venderá.

—¿Por qué está tan seguro? —Martin no puede evitar pensar en la caja de estudios, radiografías y resonancias detrás del escritorio de Jota Hayes. ¿Sabrá St. Clair algo que él ignora?

—Es la naturaleza humana. Todo ese dinero delante de sus narices, tentándola. Venderá.

—¿Entonces, los franceses siguen interesados?