CAPÍTULO 11 #2
—¿Conocía bien a Jasper?
—Bastante.
—¿Hacía negocios con él? ¿A través de él?
—Claro. De vez en cuando.
—¿Y en lo social?
—No, no mucho. Lo veía ocasionalmente. Port Silver es un pueblo pequeño. Pero no era muy amigo. Él es de tu generación, no de la mía.
—¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño? ¿Tenía enemigos?
—Que yo sepa, no. Aunque…
—¿Aunque?
—Mira, no quiero hablar mal de un muerto, pero tenía fama de mujeriego. No sé si era cierto o no, pero es lo que se decía cuando su mujer lo dejó. Y escuché que iba a esas orgías en Hummingbird Beach.
—¿Eso es lo que hacen allí?
—Es lo que dicen los periódicos.
Touché .
—¿Entonces, qué sugiere?
—Que puede haber sido un marido celoso. O un amante despechado.
Martin recuerda la escena del crimen: un arrebato pasional parece más probable que un homicidio calculado.
—¿Le viene a la mente algún nombre?
—¿A mí? No. No sabría por dónde empezar. Podría intentar averiguar algo, si quieres.
—¿Sí? Se lo agradecería mucho.
Un silencio. Martin sabe que la policía seguirá esa misma pista, investigará ese motivo. Y seguro incluirán a Mandy en la lista de sospechosos.
—¿Algo más? —pregunta St. Clair.
—Sí, tengo otra pregunta. Me dijeron que usted y Jasper representaban a una firma francesa que planea urbanizar Hummingbird Beach, pero que él se oponía a sus planes de urbanizar la marisma de Mackenzie.
—Es un buen resumen, sí.
—Así que digamos que trabajaban juntos.
—De alguna manera.
Martin recuerda lo que Jota le contó sobre cómo Jasper le había avisado de las inspecciones sanitarias y de la subida de impuestos. ¿Habría estado St. Clair detrás de eso?
—Suena problemático —comenta.
—¿Por qué lo dices?
—Usted quiere urbanizar la marisma, él se opone, pero al mismo tiempo, tenían que trabajar juntos en el proyecto de Hummingbird Beach.
St. Clair mueve la cabeza, como si Martin no hubiera entendido nada.
—No. Los negocios son los negocios. Jasper sabía perfectamente bien que la propuesta francesa podía ser un antes y un después para este pueblo. —Muestra su sonrisa depredadora, como si hubiera llegado a una solución satisfactoria—. ¿Tienes unos minutos, Martin? Me gustaría mostrarte algo.
—Sí, por supuesto.
St. Clair lo guía afuera de la cocina, atraviesan la sala de estar, pasan las puertas que dan a la terraza y llegan a un rincón donde hay una escalera caracol. St. Clair sube primero.
Arriba, hay una sola habitación, un gran despacho en una torre octogonal con ventanales en seis lados, inundado de luz y con vistas panorámicas: al sur, el faro, tan cerca que Martin siente que podría tocarlo; al este, la vastedad azul y el horizonte curvo; al norte, el pueblo, y más allá, el río, la marisma de Mackenzie, la interminable extensión de arena dorada de Treachery Bay.
El río serpentea hacia el oeste, hacia los cañaverales, el ingenio azucarero y el escarpe.
St. Clair deja que Martin absorba el entorno antes de hablar.
—Impresionante, ¿verdad?
—Ya lo creo.
—Es la verdadera razón por la que construí la casa. Para ponerle esta habitación arriba.
—Me dijeron que prefería trabajar desde su casa. Ahora lo entiendo.
—Muy perspicaz.
De mala gana, Martin aparta la mirada del panorama y se concentra en el despacho.
En el centro, un gran escritorio, un octógono hecho a medida.
Hacia el oeste, donde está la escalera, dos lados del octógono están revestidos de madera.
Enfrente, hacia el este, los ventanales van del suelo al techo, pero al norte y al sur, solo comienzan a la altura de la cintura.
Debajo de ellos, hay encimeras integradas, de un metro de fondo, con cajones.
Sobre ambas esquineras, la que da al faro y la que da al pueblo, se ven grandes maquetas.
—Ven, mira —dice St. Clair, mientras se dirige hacia la encimera bajo la ventana que da al faro—. Tienes que ver esto.
Es una maqueta de Hummingbird Beach, el estuario y la marisma de Mackenzie, no como son en la actualidad, sino como podrían ser, representados con minucioso detalle.
En la visión de Tyson St. Clair, el agua es azul, el campo de golf es verde y los edificios son blancos.
Se ven bungalows aislados, casas y apartamentos en terrazas escalonadas sobre la ladera.
El aparcamiento ha desaparecido, relegado al otro lado de la cresta, y dentro del complejo, solo se ven carritos de golf.
Hay un puente nuevo, un arco elegante que cruza entre dos torres de acero que parecen una telaraña, muy por encima del estuario.
El puerto deportivo está ahí, abastecido discretamente desde Dunes Road, pero accesible desde el complejo en carrito de golf.
Martin inspecciona el puente más de cerca: en el lado oeste, hay carriles para los carritos que llevan hasta el club de golf.
El club en sí tiene dos plantas y una amplia terraza; incluso en miniatura, domina la laguna y ofrece vistas impresionantes.
La marisma se ha convertido en un lago bien definido, bordeado de muros de piedra, con el golf que lo rodea por los lados norte y oeste; del lado este, se han preservado los manglares en algunos tramos, y ocultan la vista del campo del golf desde la carretera.
Martin asiente.
—Impresionante.
—¿Verdad que sí? —dice Tyson St. Clair, incapaz de ocultar el orgullo en su voz—.
En la primera etapa, se desarrollará Hummingbird Beach.
En la segunda, el puente y el puerto deportivo; en la tercera, el campo de golf.
Y aquí…, déjame mostrarte. —St. Clair se acerca a la maqueta, levanta un gran tramo de vegetación entre el río y el límite oeste del campo de golf donde el Argyle gira hacia el norte.
Lo coloca sobre su escritorio, abre un cajón ancho debajo de la maqueta—.
Échame una mano —pide, y Martin obedece.
Los dos hombres encajan la nueva sección en su lugar, como una pieza de rompecabezas gigante.
Ahora la franja de tierra entre el campo de golf y el río sinuoso está poblada con casas blancas de cartón, cada una sobre un terreno amplio, todas con su propio embarcadero, unidas por una sola carretera que vuelve hacia Dunes Road, al sur de la laguna.
—Etapa cuatro. Vistas al río y atardeceres de un lado, campo de golf del otro, el resort ahí cerca. El paraíso para jubilarse. Una urbanización cerrada exclusiva. —Hace una pausa para admirar su obra, la lógica de su visión—. Esto…, todo esto será lo que haga despegar a Port Silver.
Martin inspecciona la maqueta, comprende su lógica, calcula cuánto dinero haría falta, cuánto más se podría ganar.
—¿Tiene financiación para todo esto?
—Puedo conseguirla.
—¿Y el camping?
St. Clair se encoge de hombros.
—Puede quedarse. Aquí. Aquí lo tienes. Pero en algún momento, las tierras valdrán demasiado y el municipio lo venderá. —Señala un contorno en la maqueta. La carretera de acceso a la urbanización cerrada pasa detrás.
—¿Y las inundaciones? Tenía entendido que toda esta zona era vulnerable.
—Exacto. Tendremos que hacer grandes movimientos de tierra y muros de contención. No será barato. Pero ve alguna vez a Gold Coast, en la zona de Broadwater: han hecho maravillas. Islas enteras convertidas en zonas residenciales.
—Pero hay reglas, reglas del municipio. No se puede construir si no se está a varios metros sobre el nivel del mar.
—Así es. Habría que proteger la zona contra inundaciones.
—¿Es caro?
—Carísimo.
Martin vuelve a estudiar la maqueta. Presentada así, parece tangible.
—¿Por qué me muestra esto?
—Para que entiendas lo que está en juego.
Martin frunce el ceño.
—¿Lo que está en juego? ¿Qué quiere decir?
—Ven, mira de este lado. —St. Clair lo guía hacia la otra ventana y la otra maqueta; la ventana mira al pueblo, y la maqueta reproduce la escena a escala—. Aquí está, Martin: Port Silver.
—¿Y?
—Es un pueblo bonito. Mi pueblo. Tu pueblo. Pero seamos honestos: es un fracaso. Nunca alcanzó su potencial, y hay muchas probabilidades de que jamás lo haga.
—No sé si le entiendo.
—Escucha: desde que tengo memoria, todos decimos que seremos “el próximo gran destino”, el próximo Byron Bay, el próximo Noosa, el próximo Gold Coast. Y en el pasado, yo era el primero en sostenerlo.
Tenemos la playa, tenemos un puerto pintoresco, tenemos políticos desesperados por comprar votos con escuelas nuevas, comisarías, puestos de ambulancia y piscinas. Pero no alcanza.
—¿Por qué?
—Los ricos compran casas de fin de semana, pero no viven en ellas. Vienen los mochileros, los recolectores de fruta, los jubilados. Pero el dinero no.
—¿Qué dinero?