Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El faro lo llama: toma Dunes Road, pasa junto a los manglares, cruza el puente sobre el Argyle, pasa por el puerto y sigue por The Boulevarde.

Cruza el pueblo y sube por Nobb Hill; pasa delante de las mansiones ostentosas y sigue hacia la reluciente torre blanca.

Y mientras asciende la cuesta donde el poder adquisitivo se eleva también, escucha el susurro del faro.

Susurra dinero, susurra que todo está ligado al dinero y a la tierra, esa mezcla seductora presente en cada pueblo costero del este de Australia: desde la bahía de Sídney hasta Nobb Hill en Port Silver, desde Byron Bay hasta Noosa, desde Bermagui hasta Port Douglas.

Susurra la atracción de un paraíso enmarcado por ventanas de triple cristal y suavizado por aires acondicionados frío-calor, donde la humedad tropical se contrarresta con piscinas de inmersión cloradas.

Susurra dinero, tierra y codicia, la plata de Port Silver, Puerto Plata.

Y susurra muerte. La muerte de Jasper, un agente inmobiliario, un comerciante de tierras, dinero y aspiraciones.

Eso lo mató, susurra: de algún modo, alguien lo mató por plata.

Ojalá pudiera descubrir la veta y seguirla hasta su origen.

A su izquierda, aparece una finca cercada con un muro, lo que interrumpe sus pensamientos y rompe la vista al mar.

Debe de ser la casa de Tyson St. Clair, pero está prohibido detenerse en el camino sinuoso.

Martin pasa de largo y aparca al pie del faro, envuelto en silencio.

Una ráfaga irrumpe de la nada, llueve durante cinco minutos, y el Corolla se sacude por el viento entrecortado.

Luego, la tormenta se disipa y vuelve el sol.

Desde esa altura, el mar es una colcha en dos tonos, sol y sombra, azul sobre azul más intenso, mientras el viento empuja las nubes hacia el norte.

Martin baja de nuevo la pendiente en dirección al pueblo.

A su izquierda, hay casas diseñadas por arquitectos, construidas para impresionar.

A la derecha, el terreno desciende y se abre al mar, al horizonte en expansión, hasta que llega a la propiedad de Tyson St. Clair.

La casa está oculta a la vista; es la única que no se exhibe sin pudor, la única con tanta confianza en sí misma que se permite esconderse.

Martin ve una pared de dos metros de alto y muchos árboles; desde la calle, solo se ven la línea del techo y una torreta.

Martin se acerca. Unos turistas italianos se hacen selfis, bulliciosos y risueños.

Más allá, Martin ve salir a alguien de la finca: una joven.

Se parece a la mochilera, Topaz, por el vaivén de las caderas y el movimiento del pelo, pero ella no lo ve al girar cuesta abajo hacia The Boulevarde.

Martin está seguro de que es ella. Pero antes de empezar a seguirla, los italianos lo interceptan, y le piden que les tome una foto, con el faro detrás, que vuelve a resplandecer, blanco, en la luz del sol, mientras ellos ríen y charlan.

Cuando por fin lo dejan ir, en un revuelo de grazie y ciao , Topaz ha desaparecido.

Junto al portón en el muro, un portero automático: un botón, un altavoz, una cámara. Martin pulsa el botón.

—¿Sí? —responde la voz incorpórea de un hombre.

Martin mira directo a la cámara.

—Hola. Me llamo Martin Scarsden. Quería hablar con Tyson St. Clair.

No hay respuesta. Martin está por repetirlo cuando oye el clic de la cerradura al abrirse.

—Adelante —dice la voz.

Al otro lado de la puerta, hay un sendero corto, y luego, el terreno comienza a caer; un puente de acero suspendido por cables tensos conduce a la casa, construida, de alguna manera, en la ladera.

Helechos, arbustos, árboles, enredaderas.

Flores rojas, violetas. Loros. En esa hondonada entre la cuesta y la casa, el aire es fresco y húmedo, el mundo es más suave y silencioso que el resplandor y el cemento que quedan detrás del muro.

Martin llega hasta la puerta. La misma voz lo saluda por otro intercomunicador.

—Pasa, Martin. Voy enseguida. —Otro clic. Martin empuja la puerta pesada, que se abre con facilidad.

Dentro, el vestíbulo, silencioso y, al parecer, vacío, está revestido de maderas exóticas.

Una única luz quiebra la penumbra e ilumina una pintura de Brett Whiteley.

Martin frena en seco, incapaz de resistirse.

Nunca había visto un cuadro de un millón de dólares colgado así, tan cerca, sin protección.

Es bellísimo: líneas negras que fluyen con trazo seguro, el azul radiante del puerto, el arco del puente, las curvas sinuosas de un desnudo.

Oye el eco de aquel susurro: esta es la belleza que el dinero puede comprar.

Atraviesa el vestíbulo, atraído por la claridad, y llega a una amplia sala de estar.

A través de unas puertas abiertas, se ve la terraza y, más allá, nada más que cielo.

Está a punto de avanzar, de salir hacia lo azul, cuando una voz lo interrumpe.

—Martin, disculpa. No esperaba visitas.

Ante él, aparece un hombre bajo y fibroso, vestido con bermudas y una camisa hawaiana.

Va descalzo. La ropa es informal, pero parece recién salida de la tienda y, de algún modo, también cara.

Tiene unos sesenta y tantos años, está bronceado, en forma, rebosa energía; lleva el pelo corto y peinado hacia delante, como un emperador romano.

Avanza con una sonrisa de dientes resplandecientes y le tiende la mano.

—Tyson St. Clair.

Martin se la estrecha; el apretón de St. Clair es como una prensa.

—Soy Martin Scarsden.

—Sí. El famoso periodista. De vuelta en Port Silver. ¿En qué puedo ayudarte? —Está cómodo. Este es su reino y él es el rey.

—Jasper Speight. ¿Se enteró de lo que pasó?

St. Clair se encoge de hombros.

—¿Quién no?

—Estoy tratando de averiguar qué lo llevó a la muerte.

St. Clair deja de sonreír, deja de moverse.

—Entiendo. ¿Y crees que yo puedo ayudarte?

—No lo sé. ¿Puedo hacerle algunas preguntas?

St. Clair lo observa, como evaluándolo, antes de relajarse y volver a sonreír.

—Cómo no, si piensas que puede resultarte útil. ¿Quieres tomar algo? ¿Una cerveza? ¿Algo más fuerte? ¿Más suave?

Martin frunce el ceño. El ruido de su estómago le recuerda que ya ha pasado la hora del almuerzo; preferiría comer que beber.

—¿Y usted va a tomar algo?

—¿Yo? No. Nunca bebo antes del atardecer, rara vez después. Tengo demasiadas cosas que hacer. —Sonríe otra vez y Martin percibe algo antinatural en esa sonrisa: los labios se tensan, los colmillos quedan al descubierto. Se pregunta si se habrá hecho alguna cirugía para tensarse la piel.

—Entonces, solo agua, gracias —responde Martin.

—Ningún problema. Vamos.

St. Clair se dirige a una puerta que lleva a una cocina de diseño. Martin queda impresionado, no tanto por el tamaño descomunal ni por las encimeras de mármol, los electrodomésticos de acero inoxidable o la campana de cobre reluciente, sino por la vista hacia el pueblo, que le corta la respiración.

—Qué casa tan increíble —comenta.

—No está mal, ¿eh? —dice St. Clair, con su sonrisa feroz. Saca una botella grande de agua mineral italiana de una nevera gigantesca que solo contiene botellas y le entrega una antes de destapar la propia y dar un trago largo—. Salud —dice, alzando la botella y bebiendo otro sorbo.

Martin abre la suya y bebe. Está fría, y el gas es casi imperceptible, casi dulce en la lengua.

—Se la compro a un importador de Brisbane —explica St. Clair—. Es muy buena.

Martin finge que inspecciona la etiqueta.

—Bien, Martin, respecto de Jasper Speight: ¿cómo puedo ayudarte?

—Lo asesinaron.

—Eso tengo entendido. En la casa de tu hermosa novia, Mandalay Blonde, ¿verdad?

—¿La conoce?

—Todavía no. Pero he oído que es de una belleza extraordinaria. —Sonríe con esa mueca de depredador. Martin se pregunta si solo sonríe cuando está complacido consigo mismo—. Así que intentas descubrir quién lo mató. ¿Has venido por eso?

Martin asiente.

—Sí. O, al menos, para limpiar el nombre de Mandy. La policía acabará por liberarla de cualquier sospecha, pero mientras tanto existe el riesgo de que la hagan pasar por un infierno.

—Ya veo. No sé cómo podría ayudarte, pero haré lo que pueda. —Hace una pausa, como para calibrar la reacción de Martin, antes de continuar—: ¿No me recuerdas?

—No.

—Conocía a tu padre.

—Eso me han dicho.

—No siempre viví en Nobb Hill. Hubo un tiempo en que viví a la vuelta de tu casa, en la Barriada, en la calle B, y trabajé con tu padre.

Hacía chapuzas. Tenía otro nombre en aquel entonces.

—Levanta la mano izquierda. Martin nota por primera vez que le faltan el dedo meñique entero y la primera falange del anular—.

Fue en la fábrica de quesos. Tu padre estaba allí.

Contuvo la hemorragia y me llevó al hospital de Longton.

—Entiendo —responde Martin, sin saber cómo reaccionar—. ¿Tyson St. Clair no es su verdadero nombre?

—Ahora lo es. Los escritores tienen noms de plume , los generales tienen noms de guerre , yo necesitaba un nom de promotor.

—¿Cuál era su nombre en aquel entonces?

—John Pyles.

El nombre no le dice nada, pero a Martin le viene a la mente una imagen: un niño, con un nombre raro, al que molestan en el patio de la escuela.

—Finge hasta que lo consigas —observa.

St. Clair sonríe, hace un gesto hacia lo que lo rodea.

—Hace mucho que ya no necesito fingir nada.

—Se pone serio—. No me olvido de dónde vengo.

Así que, por supuesto, voy a ayudarte en lo que pueda.

Pero te ayudaré como persona, como hijo de un viejo amigo, como hombre preocupado por el destino de su novia.

No como periodista. Lo que te diga no es para los periódicos, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. No estoy detrás de una historia. Solo quiero ayudar a Mandy.

—¿Entonces, dejaste el periodismo?

—Creo que más bien el periodismo me dejó a mí.

Otra sonrisa lobuna.

—Bien, me gusta que lo tengamos claro. Ahora sí, siento curiosidad. Pregunta lo que quieras.