Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

Al acercarse al póster, ve una caja de cartón en el suelo, detrás del escritorio.

Contiene sobres grandes. La mayoría son blancos, con logos profesionales, demasiado grandes para un mueble de archivos.

Se agacha y los inspecciona. Son estudios médicos: radiografías, resonancias, tomografías, ecografías.

Más de una docena, todos dirigidos a Jennifer J. Hayes.

La puerta se cierra con estrépito.

—¿Todo bien por ahí? —Es Jota, que vuelve de ayudar a los europeos.

—Perdón —dice Martin—. Solo estaba mirando.

—Ya veo. —Ella parece muy molesta—. Creo que deberías irte.

—Mira, lo siento —dice Martin, pero ella lo interrumpe. Sonríe, pero su voz no acompaña el gesto.

—Vete, Martin. Nada grave. Pero vete.

Martin conduce de regreso al pueblo; acelera por la recta, mientras piensa en promotores inmobiliarios y refugios hippies ; de pronto la ve: una cruz, a un lado del camino.

Mira por los espejos: no hay tráfico, la carretera está vacía, pura simetría humana impuesta sobre la naturaleza.

Hace tres maniobras, se da la vuelta y detiene el coche a un lado.

La cruz es de madera; está pintada de blanco, pero necesita una nueva capa de pintura.

Está algo torcida, por debajo del nivel de la carretera.

Martin mira a su alrededor: fue allí. Un sitio anodino, sin nada de especial.

Más allá de la cruz, el terreno cae en pendiente hacia el agua calma de la laguna.

Allí: ese debe de ser el punto donde el coche cayó al agua.

Siempre imaginó que había ocurrido al otro lado de la carretera, del lado oeste, donde hay más superficie de agua.

No se había dado cuenta de que la carretera se levantaba sobre una especie de dique, con agua a ambos lados.

Más allá del sitio fatal, cruzando el agua hacia el sudeste, la tierra se eleva hasta los acantilados; los manglares dan paso a árboles de té, casuarinas, luego eucaliptos, palmeras y la inagotable variedad de la selva.

A lo lejos, el faro blanco de Port Silver brilla en la luz matinal.

Está solo: él, el viento y la cruz. Una placa, cuya base está sujeta a una roca, lleva la inscripción: “En recuerdo de Hilary, Enid y Amber, con amor” .

Las palabras lo paralizan; en el calor del final de la mañana, se queda inmóvil.

Su madre. Sus hermanas. Un pequeño ramo de flores de plástico puesto hace poco; el sol todavía no lo ha descolorido.

Vern. Debió de ser Vern quien construyó la cruz, quien dejó las flores.

Martin piensa en la fecha. El aniversario del accidente fue hace solo unas semanas.

Treinta y tres años y unas cuantas semanas.

¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Acaso lo tuvo presente alguna vez?

¿O lo había enterrado como a tantas otras cosas, negándose a recordarlo?

¿Siempre fue tan doloroso? No lo recuerda de esa manera, como un peso aplastante.

Jugaba con Scotty y con Jasper, se divertía, entró en la adolescencia mientras su padre se deterioraba.

¿De verdad el dolor fue tal que le impidió honrar a los muertos?

Tenía ocho años recién cumplidos cuando se murieron su madre y sus hermanas; no se fue de Port Silver hasta diez años después.

Y, sin embargo, nunca estuvo en ese sitio, ni en aquel tiempo ni en las décadas siguientes.

¿Tan fácil fue ser tan cruel como para bloquear el recuerdo, compartimentar la mente… y el corazón?

De pronto está de rodillas, tocando la placa, intentando conectarse.

¿Con qué? ¿Con su madre muerta, con las hermanas que casi no recuerda?

¿Con él mismo? Un recuerdo le viene a la mente.

Vern y él, esperando en la casa vacía; la alegría y la expectativa se desvanecen, las reemplazan la preocupación y una sensación creciente de temor.

El pescado con patatas está frío y blando, la condensación del champán se evapora en el aire del verano; la costosa botella francesa, inmóvil como el faro de Port Silver.

Martin lo recuerda ahora: había ofrecido una plegaria a esa botella, la Veuve Clicquot con la etiqueta naranja y una promesa de una nueva vida, ese talismán de esperanza con sus palabras extranjeras y su alegría líquida.

Le rezó para que todo estuviera bien, para que el coche se hubiera averiado, para que alguna de las mellizas estuviera mareada y vomitando, para que la celebración comenzara en cualquier momento.

Pero el dios del champán no trajo ni dicha ni salvación.

Sonó el teléfono, Vern atendió, habló en voz baja y seria; la grieta en la vida de Martin se hizo real para siempre.

Pasa una furgoneta, la de Hummingbird Beach, con su burdo montaje de tetas y misoginia, e interrumpe su contemplación, arrastrándolo de nuevo al presente.

Mira a su alrededor como si viera la escena con ojos nuevos.

¿Qué hacía su madre aquí en la marisma, tan lejos del pueblo, en una carretera que no llevaba a ninguna parte?

A lo lejos, lo único que alcanza a ver es el faro.