CAPÍTULO 10 #3
—¿Qué quieres decir con “su parte del terreno”? No he visto ninguna división.
—No. Todos comparten la cocina, las duchas, la playa. Pero esta casa funciona como un límite. Las cabañas del lado este están reservadas para él y sus seguidores. Recibe a doce personas cada vez para un retiro de quince días.
—¿Cuánto cobra?
—Quinientos dólares por persona, algo así.
Ellos me pagan a mí por el lugar y a él por el curso.
—Sonríe—. Es bastante inofensivo. Un poco excéntrico, pero amable y sencillo.
Le tengo cariño. La gente viene aquí, medita, come comida vegana y se purifica.
Se quedan dos semanas, hacen una fiesta al final, se marchan felices.
A mí me ayuda a pagar las cuentas. Todos ganamos.
—¿Entonces, no hay fiestas con drogas y orgías?
Ella suspira.
—Todo su programa se basa en la meditación, la introspección y la purificación.
Es bastante austero, casi espartano. Pero la última noche, hay una ceremonia, se celebran el fin del retiro y la vuelta al mundo real.
Será este viernes. Él prepara en un viejo cuenco de madera una bebida ceremonial, una poción, digamos, y la sirve en una copa dorada.
No podría decirte con exactitud qué contiene, pero que yo sepa es solo alcohol, jugo de frutas y especias.
—¿Nada de éxtasis? —pregunta Martin.
—De parte de él, no —responde Jota, seria—. La gente bebe, fuma marihuana, seguramente algunos consumen otras cosas. A menudo, bailan desnudos. Es material perfecto para los periódicos, pero no es ilegal.
“Y funciona como publicidad”, piensa Martin, aunque no dice nada.
—¿Y Jasper? Dijiste que venía a menudo; ¿se apuntó al curso?
Jota se ríe.
—Sí. No sé cómo de purificado salió, pero parecía disfrutarlo. —La sonrisa se suaviza—. No seas tan escéptico, Martin. Creo que buscaba algo, y lo que el swami ofrece parecía ayudarlo.
—¿Era religioso?
—¿Jasper? Que yo sepa, no. Al menos, no formalmente.
—Cuando lo mataron tenía en la mano una postal. De Cristo o de algún santo. ¿Alguna vez mencionó algo así?
Jota frunce el ceño.
—No. Nunca.
Martin siente que no controla el rumbo de la conversación, así que vuelve a lo concreto: —¿Jasper te ayudó con algo más?
—Sí. Me dijo que si quería pagar menos impuestos, podía poner parte de mis tierras en un convenio de conservación.
—¿Un convenio de conservación? ¿Qué es eso?
—Es un programa del Gobierno estatal. Consiste en hacer un convenio legal sobre una parte de tus tierras, preservándolas como reserva natural a perpetuidad. Aunque las vendas, el convenio se mantiene, y el nuevo dueño lo tiene que respetar. A cambio, no pagas impuestos por esa superficie.
—Eso podría frenar de inmediato el proyecto urbanístico.
Pero Jota niega con la cabeza.
—No veo por qué. La parte que quieren urbanizar es la que rodea la playa. No pienso poner esa superficie bajo convenio. Pero al reducirse los gastos, me facilita seguir aquí.
—Entiendo. ¿Y la otra parte, la que podría pasar a ser reserva, tiene valor por algún otro motivo?
—No. Los árboles valen un dinero, pero hoy en día, está prohibido talar en esta zona. Así que no. Hay un terreno más arriba, junto al acantilado, que sí sería valioso, pero no lo incluiría en ningún convenio.
—¿Y no tienes pensado vender?
—No, en absoluto.
Martin se queda pensando. Si Hummingbird Beach no está en juego, entonces, tampoco lo están el puerto deportivo ni el campo de golf. Y, sin embargo, Doug Thunkleton parecía convencido de que la demolición de la fábrica de quesos era inminente.
—¿Alguna vez un tal Tyson St. Clair te propuso comprarte las tierras?
—Sí. Él y Jasper representaban a la empresa francesa que quiere construir uno de sus hoteles exclusivos de la cadena Longitudes. St. Clair es el que quiere urbanizar la marisma.
Tyson St. Clair. Denise había hablado de sus planes para el puerto deportivo y el campo de golf, pero había dado a entender que solo Jasper representaba a los franceses. Doug Thunkleton había dicho que St. Clair ya era dueño de la fábrica de quesos.
—Hay algo que no entiendo. Si Jasper quería que vendieras, ¿por qué te advirtió de las subidas de impuestos y de los inspectores de sanidad, que eran lo que justamente podría haberte llevado a vender?
Jota se encoge de hombros.
—Era un buen tipo. Quizá, tenía otras prioridades.
Es posible, piensa Martin, y recuerda lo que ella mencionó hacía un momento: que, si vendía, lo haría a través de Jasper. Sin duda la había ayudado, pero ¿sería realmente por bondad o como estrategia para ganarse su confianza?
—Entonces, ¿competía con Tyson St. Clair por la venta o estaban en el mismo equipo?
Ella vuelve a levantar los hombros.
—No lo sé. A los dos les dije que mi intención era quedarme aquí. Así que es un tema puramente teórico.
—¿Qué me puedes contar de Tyson St. Clair? Es un promotor local, ¿verdad?
—El más importante de la zona. Pensé que lo recordarías.
—No. ¿Por qué debería recordarlo?
—Era amigo de tu padre.
—¿En serio? —Martin no recuerda haber oído nunca ese nombre—. ¿Conocías a mi padre?
—Todos conocían a tu padre —responde ella, tajante.
Martin no sabe qué decir a eso. Le pregunta, en cambio, dónde puede encontrar a St. Clair.
—En lo que llaman Nobb Hill. Sube hacia el faro. Su casa es la única del lado del mar. Tengo entendido que prefiere trabajar desde allí.
Mientras Martin piensa qué más preguntar, entra una pareja de mochileros.
La joven lleva un pareo de gasa blanco y ligero que deja poco a la imaginación, mientras que la vestimenta de su novio no requiere imaginación alguna: está completamente desnudo, salvo por unas sandalias.
Jota lo mira a los ojos, nada impresionada por su ostentosa desnudez.
—¿Podéis esperar un momento, por favor?
—No, lo siento. Cerramos nuestra habitación. Llaves dentro. —El acento del joven es de Europa Central.
—Bien. Iré en un momento.
—La cocina de gas. Encendida en cabaña.
—Entendido —responde Jota, suspirando con impaciencia—. Vuelvo enseguida —le dice a Martin. Coge unas llaves y acompaña a la pareja afuera.
En su ausencia, Martin observa la oficina.
El escritorio, unos muebles de archivo antiguos, una estantería llena de libros de bolsillo ajados, un exhibidor de folletos turísticos.
A un lado, estantes con comida: latas de tomate, paquetes de pasta, cartones de leche.
Chocolatinas. Ve una nevera; la abre: leche y cerveza, queso y margarina.
Se pregunta si Jota tendrá licencia para vender bebidas alcohólicas; sospecha que no.
En la pared, cuelgan un mapa de la zona, antiguos pósteres de surf, un pergamino con el poema “Desiderata” impreso sobre un océano al atardecer: “Camina plácido entre el ruido y la prisa y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio…”.
Martin se estremece y sigue mirando. Hay algunas fotos enmarcadas, tomadas en el lugar; una de ellas muestra una figura cabalgando una ola con elegancia y fuerza.
Martin se acerca para inspeccionarla. Es una mujer: Jota Hayes.
Vuelve a mirar los pósteres antiguos; seguramente, la mujer en biquini que emerge explosivamente desde un tubo de agua, cabello rubio al viento, también es Jota: la campeona en su mejor momento.