CAPÍTULO 10 #2
Una pareja joven en un kayak chapotea con los remos más allá de las olas, gozando de su propia ineptitud. Un muchacho de rizos rubios y su novia morena. Una pareja de mediana edad yace desnuda en la arena, leyendo.
Ahora, en el silencio intermitente del romper de las olas, Martin alcanza a oír cánticos.
Se vuelve hacia el bosque, siguiendo el sonido, y descubre a una docena de personas sentadas en círculo sobre el extremo oriental de la playa, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, entonando un mantra en voz baja.
Martin va hacia ellos. Un hombre corpulento, de piel tostada, torso desnudo y barriga orgullosa, guía la letanía; en la frente, luce un punto rojizo, un bindi.
Así que este es el célebre swami Hawananda, instigador de orgías.
De lejos, parece inofensivo. Sin embargo, cuando Martin se acerca, el hombre gira la cabeza, abre los ojos y lo mira como si hubiera percibido su presencia.
Martin se detiene, desconcertado. El canto prosigue.
El gurú permanece inmóvil, con la vista fija en él.
Su rostro no muestra expresión alguna, pero de algún modo irradia serenidad.
Observa a Martin unos segundos; luego, cierra de nuevo los ojos y vuelve la cabeza para retomar el canto.
Martin se siente excluido, declarado insignificante.
No hubo nada de amenazante ni recriminatorio en la mirada del gurú, y aun así tiene la impresión de que está invadiendo el lugar.
El swami lo ha atravesado con la mirada, ha reconocido sus fallos y catalogado sus defectos.
Martin se vuelve, se detiene un instante para recuperarse y desciende con cautela por el barranco hacia la playa.
Cruza hasta donde la pareja desnuda yace en la arena; por fortuna, están boca abajo.
—Disculpen —dice—, busco a Jota Hayes. ¿Saben dónde podría encontrarla?
—Es probable que esté surfeando —responde la mujer—. Por el cabo. O si no, prueba en la oficina. O en la cocina.
—¿No está con el gurú? —pregunta Martin.
—¿El swami ? —dice el hombre—. No lo creo.
—Ah, mira —interviene la mujer—, allí está.
Martin sigue la dirección de su dedo; en un saliente rocoso debajo del promontorio más al este, ve a una mujer que se acerca con una tabla de surf; el traje de neopreno negro se recorta contra el mar resplandeciente.
—Gracias —responde Martin, y echa a andar hacia la surfista.
Ella saluda con la mano al verlo acercarse, pero al notar que Martin sigue avanzando, se queda quieta y lo observa.
—Hola —saluda él.
—¿Quién eres? —pregunta ella, y vacila.
—Me llamo Martin Scarsden.
—¿Scarsden? —repite ella, con una nota de duda en la voz—. ¿El periodista? —La luz del sol rebota en las olas detrás de ella; es difícil ver su expresión contra el resplandor.
Recuerda lo que Vern le contó la noche anterior sobre la invasión de los medios y cómo saturaron las transmisiones de sensacionalismo y los tabloides de morbo.
—No estoy aquí como reportero —se apresura a explicar—. No tengo interés en tus ceremonias. O lo que sean. Ni en tus huéspedes famosos. Ni en tu swami .
Ella no parece satisfecha.
—¿Entonces, qué? ¿Por qué estás aquí?
—Solo quiero hacerte unas preguntas.
Martin no está seguro, pero intuye que ella se siente incómoda: cambia el peso de un pie al otro.
—¿Sobre qué?
—Sobre los planes de urbanización de esta zona.
Ella niega con la cabeza, como desconcertada.
—¿Planes? ¿Qué planes?
Ahora el desconcertado es Martin. Ella tiene que saber de la propuesta de urbanización. ¿Cómo no va a estar enterada?
—Me dijeron que una importante corporación se había puesto en contacto contigo para comprarte la propiedad y construir un complejo hotelero de lujo.
Jota Hayes lo mira fijamente, parpadea y vuelve a parpadear. Entonces, relaja los hombros y sonríe.
—Ah, sí. Eso. Claro. No hay problema. Dame quince minutos. Me ducho y nos vemos en la oficina.
Él la observa mientras se aleja por la playa en dirección a la pareja de nudistas, con la tabla bajo un brazo.
Debe de tener al menos diez años más que él —ya era campeona de surf cuando él todavía era un niño—, pero aún se mueve con la soltura despreocupada de una atleta experimentada; enfundada en el traje de neopreno, su cuerpo podría pasar por el de una mujer de la mitad de su edad.
La oficina resulta fácil de localizar: da a la terraza de la vieja casa de campo. La puerta está cerrada, así que Martin espera fuera. Mira el teléfono, pero no hay cobertura; la playa está aislada del mundo, fuera del área digital de Port Silver.
Un loro rey de pecho escarlata y alas verdes aterriza sobre la barandilla y enseguida se le une su pareja, menos vistosa.
Avanzan de costado, inclinando la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, mansos y en busca de comida.
Martin les hace una foto con el móvil, capta los matices de su plumaje.
Los pájaros intercambian trinos musicales; él siente que casi podría entender su significado.
Después, echan a volar, en busca de benefactores más generosos.
Martin baja de la terraza y mira cuesta arriba, en dirección contraria a la playa, hacia el aparcamiento.
El terreno asciende suavemente. No hace falta mucha imaginación para ver el relieve con los ojos de promotor inmobiliario: la pendiente natural se presta para edificios bajos, escalonados, con vistas a la playa y a la magnífica costa, protegidos de las inundaciones por la altura.
El anfiteatro es privado y aislado, un paraíso hippy en su punto justo para que lo exploten.
Puede imaginar el desarrollo con total facilidad, pero es incapaz de entender qué lo relaciona con la muerte de Jasper Speight.
Tal vez, la tierra valga lo suficiente como para matar, pero ¿qué sabía su viejo amigo, qué había descubierto, que pudo llevar a un asesinato?
Martin contempla ese paisaje perfecto y no encuentra respuestas.
Oye que se abre la puerta a sus espaldas y suena un timbre suave.
Cuando entra, ve a Jota Hayes sentada tras un escritorio, esperándolo.
Su cabello claro y grueso, rubio con mechones canosos, está mojado y peinado hacia atrás sobre la frente bronceada.
La edad se insinúa en su cara, en los surcos que ha dejado el sol y en los pliegues del cuello, pero sus ojos azules son cristalinos, como si el mar hubiera entrado en ellos.
Lleva una camiseta sin mangas; sus hombros desnudos revelan la fuerza moldeada por años de remar en las olas.
La ducha parece haber barrido cualquier inquietud; no queda rastro de la tensión inicial que él percibió en la playa.
—Martin, encantada de conocerte. —Se pone de pie, le tiende la mano por encima del escritorio, sonríe con calidez y se la estrecha—. Siéntate, me alegra que estés aquí.
Martin se sienta.
—Entonces, ¿en qué puedo ayudarte? —pregunta ella.
—Estoy intentando ayudar a una amiga, Mandalay Blonde.
—La mujer que salió en los periódicos, ¿no? En tus crónicas del interior.
—Así es.
—La conozco. Parece agradable. —Sonríe con un destello pícaro en los ojos—. ¿Y es una amiga tuya, dices?
Martin, incómodo con su mala elección de palabras, se sorprende sonriendo con timidez.
—Es mi pareja. Quiero hacer todo lo posible por ayudarla.
—Jasper Speight —dice Jota con tono neutro.
—Sí. Lo mataron en su casa. La policía, por obligación, la considera sospechosa.
—¿Y tú no?
—No, yo no.
La sonrisa de Jota se borra; la mención de Jasper la ha hecho fruncir el ceño.
—Pobre Jasper. Me caía bien.
—¿Lo conocías mucho?
—Bastante. Pasaba mucho tiempo aquí.
—Me dijeron que habló contigo sobre la posibilidad de vender tus tierras.
—Así fue. Y si alguna vez hubiera querido vender, lo habría hecho a través de Jasper.
—¿Por qué?
Ella levanta una mano, como si explicara algo obvio.
—Era un buen tipo. Un poco problemático, pero buen tipo.
—Inspira hondo, como si tomara una decisión—.
Hace un año, me avisó que el concejo municipal iba a venir a por mí.
Me dijo que pusiera en regla las fosas sépticas, que revisara la calidad del agua potable, la limpieza de la cocina común.
Y, tal como dijo, una o dos semanas después, aparecieron los inspectores de sanidad, con un tipo de Sídney.
Si Jasper no me hubiera advertido, lo más probable es que me hubieran clausurado el sitio.
Unos meses después, me contó que el municipio quería subirme las tasas.
Gracias a eso, pude ganarme el favor de los concejales ecologistas y averiguar cuánto pagaban el camping y el hostal del pueblo.
—¿Y ahora?
—Pago más, pero mucho menos de lo que pensaban robarme. Menos que el camping, más que el hostal.
—¿Más? Pero ese hostal de mochileros está en pleno Port Silver, justo en la playa urbana.
—Sí, pero es propiedad de Tyson St. Clair, y él tiene peso en el concejo. Según ellos, la huella de carbono del hostal es mucho menor porque es un único edificio. El camping y yo tenemos mucha más superficie.
Martin asimila lo que ella le cuenta.
—¿Sería lógico decir que, sin la ayuda de Jasper, tendrías serias dificultades para conservar la propiedad?
Ella se encoge de hombros.
—Es una pregunta difícil. Como mínimo, me ahorró dinero y dolores de cabeza. Me dio un poco de aire.
—¿Y el swami Hawananda? Con todas esas historias de drogas, ¿por qué no usaron eso para clausurarte?
Jota se indigna.
—¡Porque son patrañas! Cuando la policía hizo el registro, no encontró nada.
—¿Crees que alguien los instigó?
—No lo sé. Con tanta prensa sensacionalista, quizá, sintieron que tenían que hacer algo.
—Inspectores de sanidad, un aumento de tasas, un registro… Suena a un intento orquestado de intimidarte.
Jota sonríe.
—Y, sin embargo, aquí estoy.
—Y dime, ¿por qué sigues con el swami ? ¿Eres una seguidora suya?
Ella se ríe ante la sugerencia.
—No diría eso. Pero genera buen dinero. Tiene su propia parte del terreno, lo que pase allí es asunto suyo…, pero, como te dije, la policía no encontró nada.