CAPÍTULO 10
Martin deja atrás la fábrica de quesos, cruza el estuario, frena y detiene el coche al borde de la carretera, justo del otro lado del puente.
No hay ningún sonido humano, solo el viento entre los árboles, el canto de los pájaros y el lejano rumor del oleaje.
Camina hasta la losa de hormigón. El puente y el camino son una cicatriz dura y áspera sobre la suavidad del mundo.
Mira hacia abajo, donde el agua fluye, avanzando hacia la laguna a medida que sube la marea.
El canal es poco profundo, de fondo arenoso, con agua clara.
Una raya se desplaza sin esfuerzo, dejándose llevar como un águila por una corriente de aire caliente.
Pequeños peces coloridos nadan en formación.
Esto no es un río ni se parece al Argyle; solo una ensenada costera que lleva y trae agua mientras la marisma respira con la marea, como cientos de otras esparcidas a lo largo de la costa entre las playas.
El flujo es suficiente para un kayak o una canoa, o incluso para una pequeña lancha con motor cuando la marea está alta, pero imposible para un barco con quilla.
Construir un puerto deportivo sería ambicioso: el canal requeriría dragado constante, se tendría que reconstruir el puente para permitir el paso de veleros con mástiles. Costaría mucho dinero.
Hacia el interior, la ensenada se pierde detrás de los manglares; el terreno parece bajo y pantanoso, salvo por la abrupta elevación de los árboles que ocultan la fábrica de queso.
El puerto deportivo tendría que levantarse sobre pilotes, por encima de la arena y el fango.
Más dinero. La superficie de la fábrica sería ideal para un club náutico, pero construir y mantener un campo de golf requeriría un esfuerzo considerable.
Le viene a la mente un artículo que escribió tiempo atrás sobre apropiaciones de tierras y esquemas Ponzi en Indonesia: megahoteles y resorts de golf para ricos, campesinos desalojados sin compensación.
Aprendió que el diseño de un campo de golf depende sobre todo del agua y del drenaje.
Pero ¿cómo drenar un terreno al nivel del mar?
Un campo de golf construido alrededor de la marisma necesitaría enormes movimientos de tierra: excavadoras, dragas, muros de contención y canales, incluso antes de considerar la subida y bajada de la marea.
La cantidad de dinero requerida sería descomunal.
Allí, sobre el puente, el paisaje le vuelve tangible lo que los mapas de la oficina de Denise Speight sugerían: no hay forma de que el puerto deportivo y el campo de golf sean viables sin un público adinerado, cercano y cautivo.
Denise y Vern tienen razón: los desarrollos al oeste de la carretera no podrán llevarse a cabo sin un complejo turístico en Hummingbird Beach que les proporcione clientes.
Y, sin embargo, Doug había insinuado que la demolición de la fábrica de queso podría ser inminente. ¿Había cambiado algo que de pronto hiciera posible el proyecto?
Camina hacia el otro lado del puente y mira al este, hacia el mar.
La tierra empieza a elevarse casi de inmediato en el lado sur del estuario, ascendiendo hasta un pequeño promontorio a unos doscientos metros.
La propia Hummingbird Beach debe de quedar más allá del saliente, en una medialuna orientada al norte que se curva hasta otro cabo y más allá, hacia mar abierto.
Desde donde está, alcanza a ver la boca del estuario, más o menos enfrente del primer promontorio, donde la orilla norte termina en una lengua de arena; un destello de olas rompe detrás.
De vuelta al volante del Toyota, Martin encuentra el desvío unos doscientos metros al sur del puente.
El camino de tierra se abre paso entre un muro de árboles de té, sube unos metros y luego se nivela.
Un poco más adelante se topa con una bifurcación.
El sendero de la izquierda está flanqueado por dos carteles.
Uno proclama en grandes letras azules: “HUMMINGBIRD BEACH – CABAÑAS – CAMPING – CLASES DE SURF – YOGA”.
El otro, más pequeño, tiene escrito “FUNDACIÓN DE MEDITACIÓN DIVINA” en letras naranja oscuro, acompañadas de un símbolo circular en el mismo tono óxido.
Entre ambos caminos, se alza un poste señalizador de estilo antiguo, que alguna vez fue blanco, pero cuya pintura ahora está descascarillada y moteada; se ven vetas de madera gris y líquenes verdosos.
Una tabla apunta a la izquierda con la inscripción “HUMMINGBIRD BEACH”.
Hacia la derecha, la primera flecha señala el camino del acantilado y, debajo, otras indican SERGI, CROMWELL Y HARTIGAN.
Cromwell parece reciente; las otras están muy descoloridas.
“Hartigan”. Interesante. Ese camino debe de internarse en el monte y regresar hacia el pueblo, y da acceso a las propiedades que están sobre el acantilado.
No sabía que existiera un segundo acceso a la casa de Mandy; toma nota mental para investigarlo más adelante.
Pero por ahora la prioridad es Hummingbird Beach.
Toma el desvío a la izquierda. Llega a un guardaganado, y las ruedas vibran cuando pasa sobre él: una reliquia de la antigua granja lechera.
El camino se deteriora de inmediato y se vuelve un sendero mal mantenido, lleno de baches y charcos, que se retuerce de un lado a otro, zigzagueando entre árboles bajos.
Sube por una loma; los árboles ganan tamaño.
Desciende luego por el otro lado, donde la erosión devora el terreno.
Mientras conduce con cautela cuesta abajo, el bosque se abre, y Martin divisa por primera vez la playa entre la vegetación: destellos de oro y turquesa entre las olas.
“¿Ves el mar?”. La voz aparece de la nada, un recuerdo que burbujea en la superficie.
“El que ve el mar vuelve a casa sin pesar” .
Aprieta los dientes para bloquear el recuerdo.
No encaja aquí; nunca ha estado en Hummingbird Beach.
Ve un aparcamiento; han dispuesto unas ramas caídas para delimitarlo de forma rudimentaria.
Deja el Toyota entre un surtido dispar de vehículos: una caravana con mosquiteras bien cuidada, una combi salida de un sueño hippy , un todoterreno, una furgoneta de alquiler decorada con pechos caricaturescos y eslóganes burdos, un BMW descapotable nuevo con el techo de lona negra cubierto de excremento de pájaros, un pequeño coche de alquiler con el parabrisas rajado al que le falta un tapacubos.
El monte huele limpio, como si acabara de llover.
Bajo los pies, la alfombra de hojas está húmeda y resbaladiza.
Un pájaro ríe en la ladera detrás de él.
Desciende la cuesta, atraído por la playa, pasando junto a un gran edificio de bloques de cemento, tal vez, la antigua instalación lechera.
Hoy huele a jabón y agua; seguramente, ahí funcionan los baños y la lavandería.
Hay un par de cabañas nuevas entre los árboles, y más hacia el centro está la vieja casa de campo; la modesta construcción de madera hoy ostenta una terraza más reciente que da a la playa; al otro lado, hay un grupo de cabañas.
Más abajo, entre la casa y el talud sobre la arena, se extiende una gran franja de hierba que cruza todo el terreno; está salpicada de tiendas de campaña: verde camuflaje, azul marino, naranja fluorescente de rescate.
Un pequeño grupo de canguros de monte pasa junto a los árboles: las cortadoras de césped de la naturaleza.
En la hierba, las duras bolitas negras de sus excrementos, el fertilizante natural.
Más cerca de la playa, donde el terreno ya se aplana, hay un refugio techado con mesas y parrillas, abierto por los lados, con un tejado a dos aguas de chapa ondulada.
Un grupo de veinteañeros, vestidos con pareos y ropa playera, están sentados alrededor de una mesa, jugando a las cartas y bebiendo cerveza.
Uno de ellos, con unas rastas imponentes y una barba menos convincente, saluda con la mano.
Martin devuelve el gesto y sigue caminando.
Quiere tomar el pulso del lugar antes de ponerse a conversar.
La hierba termina donde el terreno cae un par de metros hasta la playa misma.
Las olas vuelven a reclamar su atención, cristalinas, desplegándose en parábolas que, al romperse, refractan la luz en destellos translúcidos, verdes y dorados.
Son olas suaves, lentas, precisas como un metrónomo; la playa está resguardada del oleaje mayor por un cabo y una plataforma rocosa en su extremo abierto al mar.
El sonido de un trueno benigno acompaña cada rompiente, seguido de un silencio; el ciclo se repite.
El rumor de las olas resalta el silencio; el silencio resalta el rumor de las olas: un yin y yang sonoro.
Más allá de la rompiente, el agua se aplana, pero hacia el norte, detrás de la lengua de arena que marca la orilla septentrional del estuario, las olas, fuertes y libres, azotan la costa.
Son las playas indómitas de Treachery Bay, donde apareció el coche de Amory Ashton.
Se extienden a lo largo de kilómetros y kilómetros, sin cabos que las contengan, anchas y salvajes, castigadas por corrientes imprevisibles y mareas cambiantes, frecuentadas por pescadores intrépidos, caminantes que se dirigen al parque nacional y, de tanto en tanto, por algún nudista.
La visión de esa naturaleza intacta, su proximidad, hace que la playa, ese lugar arropado en su anfiteatro de vegetación, resguardado del océano abierto, resulte aún más mágica.
Hummingbird Beach, orientada al norte, recibe el sol invernal; el acantilado a sus espaldas la protege de los temporales del sur.
En esa latitud, se puede nadar todo el año.
No es de extrañar que los mochileros quieran quedarse, no es de extrañar que los promotores quieran quedársela.