CAPÍTULO 9 #3
El edificio termina y Martin mira hacia la laguna.
Es un espectáculo: el sol centellea en el agua, la superficie es azul como el cielo.
Dos pelícanos flotan tranquilos; solo el canto de los pájaros rompe el silencio.
La orilla está rodeada de manglares por todas partes, salvo donde está él; allí la tierra cae abruptamente hacia el agua.
Se ven unos retoños, aún demasiado bajos como para tapar la vista.
Un sendero de cemento, con grietas llenas de hierba, conduce a un embarcadero pequeño.
Podría ser un refugio ecoturístico, un paraíso intacto: agua transparente, manglares, arbustos, casuarinas y palmeras.
Es fácil entender por qué St. Clair quiere apropiarse del lugar: es perfecto para un club social.
Martin contempla la fábrica de quesos, alta e imponente desde la posición baja en que se encuentra él, con ventanas que dan a la laguna, más parecida a un hotel estilo belle é poque que a una reliquia industrial.
—Bonito, ¿no? —dice Thunkleton—. Pero no vengas al atardecer; los mosquitos son asesinos.
—¿Por qué me muestras esto, Doug?
Doug se vuelve hacia la laguna y habla con voz repentinamente grave y melodiosa, cargada de solemnidad.
—Hoy en día, parece un paraíso, pero no hace mucho este fue el escenario de uno de los crímenes más desconcertantes del país, un crimen que sigue sin resolverse hasta hoy.
—Hace una pausa teatral, sin percatarse de la perplejidad de Martin, y luego continúa con su declamación—: Ahora, por primera vez, Canal Diez puede revelar pistas vitales que tal vez traigan cierre… y justicia.
—Doug, habla normal, ¿quieres?
Pero Doug está embalado.
—Fue aquí, en una cálida tarde de viernes de noviembre, hace poco más de cinco años, cuando el respetado empresario local Amory Ashton deseó a sus empleados un buen fin de semana, cerró las puertas de su galardonada fábrica y vino aquí, a este embarcadero, a lanzar la caña y a disfrutar de una merecida cerveza.
Nunca más se lo volvió a ver, ni vivo ni muerto.
—Se vuelve hacia Martin, y retoma el tono conversacional—.
Tenemos grabadas un montón de entrevistas.
Sus empleados lo vieron bajar con el equipo de pesca.
Y luego, nada. Estamos filmando todo el lugar por si lo demuelen.
—¿Y cómo sabes que no se largó por su cuenta?
Doug vuelve a mirar la laguna y otra vez adopta voz de presentador solemne: —El lunes siguiente, los empleados de Amory Ashton llegaron al trabajo y encontraron las instalaciones cerradas y sin rastro de su jefe.
Ashton siempre era el primero en llegar y el último en irse, y enseguida sospecharon que algo iba mal.
Muy mal. —Mira a Martin y habla con voz normal otra vez—: Las entrevistas son perfectas.
Todos dicen que era un déspota de mierda.
No confiaba en nadie más para llevar el negocio.
—Entonces, ¿qué te hace pensar que fue un crimen?
Doug se gira hacia la laguna y vuelve a hablar con exagerada solemnidad: —Ese mismo día se dio la alerta y, siete kilómetros al norte de aquí, apareció el Mercedes último modelo de Amory Ashton…
calcinado. En una playa desierta en Treachery Bay.
—Martin se maravilla de la carga de dramatismo que el periodista logra dar a esas palabras: calcinado , desierta , Treachery Bay .
—Ni un rastro de Ashton desde entonces. Pero aquí, en este embarcadero, en este trozo de paraíso, la pregunta sigue flotando: ¿qué pasó con Amory Ashton? —Doug vuelve a convertirse en persona—. Estoy pensando llamarlo “Paraíso perdido”. ¿Qué te parece?
Martin observa las tuberías que van de las cubas al agua. En la orilla, un par de sapos de caña copulan.
—Doug, era una fábrica.
—Sí, es cierto —El periodista frunce el ceño—. Pero, dime, ¿qué opinas? Una historia de puta madre, ¿no?
—Sin duda. ¿Y cuáles son esos datos nuevos tan importantes que descubriste?
Doug lo mira con desdén.
—Colega, tendrás que ver el programa.
Martin se echa a reír.
—Buena respuesta.
Los dos hombres regresan por donde vinieron. El equipo de grabación ha salido del interior y los espera. Es un equipo distinto del que Doug había llevado a Riverina. La empresa debe de repartir el trabajo entre todos.
—¿Quieres hacer esta toma o no? —pregunta el cámara a Doug—. Dentro apesta a mil diablos.
—Sí, claro. Voy con vosotros —responde Doug, antes de volverse hacia Martin—. Tío, te agradecería que no mencionaras nada de esto a nadie por un tiempo. A ningún colega.
—Por supuesto —acepta Martin—. Pero una pregunta: ¿de dónde salió el gorila? Si no llegas a intervenir, me arranca la cabeza.
—Sí, perdón por eso. No es de los nuestros. ¿Para qué íbamos a necesitar seguridad en un trabajo como este? Es del dueño.
—¿Y quién es el dueño?
—Un pez gordo local. Un miserable, parece.
—¿Quién es?
—Tyson St. Clair.
—¿Así que es el dueño?
—Por lo visto. Tuve suerte; dice que es un gran admirador mío. Era amigo de Ashton. Quiere saber qué pasó. Ahora lo único que me falta es montar la historia.
Martin vuelve a contemplar el viejo edificio. Detectores de metales. ¿Qué buscaban, el equipo de pesca de Ashton?
—¿Dices que tal vez demuelan la fábrica?
—Puede ser. De mucho no sirve, así como está.
Martin estrecha la mano del reportero de televisión y le desea suerte.
Sabe que debería odiarlo por lo que le hizo en Riverina, debería despreciar sus instintos sensacionalistas, pero no puede evitar sentir lástima por él.
Atrapado en una quesería en ruinas, tratando de sostener su carrera tambaleante, intentando resucitar a los muertos.
Cree saberlo todo, es pura bravata, pero no tiene la menor idea.