Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Martin lo sigue; su curiosidad periodística se ha encendido.

No hay una cadena de televisión en cientos de kilómetros.

¿Habrá descubierto Canal Diez algo que merezca ser noticia?

Reduce la velocidad al llegar al portón.

Del alambrado cuelga un gran cartel, en el que todavía resulta visible el mensaje original bajo una capa fina de pintura.

“QUESOS Y ENCURTIDOS MACKENZIE”. El resto del cartel está tapado por letras nuevas, en rojo oficial.

“PROPIEDAD PRIVADA: PROHIBIDO PASAR” y debajo, otro letrero: “VIGILANCIA 24 HORAS – OMNIVU SEGURIDAD”.

Pero el portón está abierto. Entra con el coche.

Le viene a la memoria una de las máximas de su antiguo editor: es más fácil pedir perdón que permiso.

No sabe casi nada de la antigua fábrica.

Solo que cerró hace algunos años y que un promotor local, Tyson St. Clair, desea convertirla en la casa de un club de golf, planes a los que se oponen Vern y Josie.

Y Jasper Speight. Le viene a la mente otro recuerdo, otra imagen del pasado: la mesa de la cocina, las mellizas en su silla doble, su padre bebiendo cerveza, de buen humor.

Su madre sirviendo la cena. No son salchichas ni es estofado, sino carne, de un tono gris rosáceo, increíblemente tierna, como una revelación para su paladar de niño.

“Trabajé un par de turnos en la quesería”, dice su padre, riendo, aunque su madre no comparte su alegría ni el entusiasmo de Martin.

Frunce el ceño; se siente incómodo, pero no por el recuerdo en sí, sino por cómo ha surgido de golpe luego de tantos años.

La entrada de la fábrica es amplia, pensada para camiones lecheros y furgonetas refrigeradas; el asfalto está lleno de baches y empieza a deteriorarse.

Asciende en una pendiente suave entre árboles altos, rodeando una colina boscosa.

Está intentando recordar el mapa de Denise Speight, visualizar su ubicación, cuando sale de entre los árboles y detiene el coche.

La fábrica se eleva ante él en ángulo; no es el edificio bajo de ladrillo y chapa corrugada que había imaginado, sino algo mucho más grandioso, casi poético: una construcción de cemento revocado con ventanales esmerilados, como una escena salida del Studio Ghibli de animación japonesa.

Tiene tres plantas, cada una más pequeña que la anterior, separadas por un zócalo de chapa roja ondulada.

El nivel superior es largo y estrecho, con los lados completamente acristalados, como una claraboya de dos frentes bajo un tejado a dos aguas del mismo rojo, con la misma inclinación que el zócalo inferior.

El edificio es más antiguo de lo que pensaba, de los años veinte, o quizá anterior.

El revoque blanqueado ha tomado los múltiples tonos del abandono.

Y trepando por la fachada y extendiéndose por los laterales se ven enredaderas, hiedra y plantas trepadoras, algunas con grandes flores rojas; la selva reclama el edificio.

Frente a él, hay tres plataformas de carga con puertas de madera pintada de verde, patinada por el tiempo; son puertas abatibles, no las persianas metálicas de la era moderna.

Aparcados frente a las plataformas están la furgoneta de la televisión, otra más grande y un todoterreno.

Al otro lado, más allá de los vehículos, alcanza a ver el brillo de la laguna, enmarcada por una hilera de palmeras robustas y un embarcadero.

Baja la cuesta en el Corolla y aparca junto a los otros coches.

Cuando se dispone a salir, aparecen dos personas por un lateral del edificio, a menos de diez metros; un hombre y una mujer con monos blancos y mascarillas industriales.

Llevan lo que parecen ser detectores de metales, parecidos a aspiradoras sin cable, pero con bases circulares grandes. Se detienen, sorprendidos.

—Buenos días —dice Martin con tono jovial—. ¿Cómo va todo?

No se mueven.

—Noté que el portón estaba abierto. Pensé en echar un vistazo. —Ya se ha acercado a ellos.

El hombre se vuelve hacia la mujer.

—Busca a Mike —le dice, y ella regresa al interior del edificio. El hombre se vuelve hacia Martin otra vez—. Un momento —advierte, con voz neutra.

—Cómo no —responde Martin, manteniendo el tono amistoso y los brazos abiertos en un gesto de franqueza. Nota que el hombre lleva protectores en los zapatos, como gorros de ducha reutilizados—. ¿Qué hay de nuevo por aquí? Creí que la fábrica estaba abandonada.

El hombre se limita a mirarlo, no contesta.

Martin piensa en intentar otra estrategia cuando del edificio aparece un tipo enorme, maorí o isleño, seguido por la mujer.

Viste de negro: vaqueros negros, gafas negras, camiseta negra con una sola palabra en blanco: “SEGURIDAD”.

También tiene las botas negras cubiertas con los mismos protectores.

Un tatuaje tribal en forma de collar le rodea un bíceps imponente; parece salido del equipo de rugby All Blacks.

Se planta delante de Martin invadiendo su espacio personal y acerca su cara a la de él.

Está sudando y Martin puede olerlo: testosterona y agresividad. Debe de medir dos metros.

—¿Qué… cojones… quieres? —pregunta con voz lenta, cargada de amenaza; estira adrede cada palabra. Martin da un paso atrás, pero el gigante avanza, y esta vez le clava un dedo suavemente en el pecho.

—¿Quién mierda eres?

Martin se encoge de hombros, abre las manos, como quien no oculta nada.

—Disculpa. Solo quería echar un vistazo. Todo bien, ya me voy. —Pero su tono conciliador no surte efecto.

—Te voy… a romper… los putos brazos —dice el gigante en un susurro.

Martin siente una oleada de temor verdadero; el hombre habla en serio.

Entonces, de la quesería, del pasado reciente, aparece una cara conocida, una cara sonriente: Doug Thunkleton, reportero de televisión.

—¿Martin?

—¿Doug?

—¿Conoces a este imbécil? —pregunta el matón a Doug, ahora sin estirar las palabras.

—Sí. Es colega.

—¿Trabaja contigo?

—No exactamente. Pero no te pongas violento con él.

—¿Seguro?

—Sí —responde Doug—. Nunca jamás intimides a un periodista. ¿Pero es que no os enseñan nada?

El guarda de seguridad vuelve a mirar a Martin, como si examinara una alimaña.

—Bien, os dejo solos, tortolitos. —Se vuelve hacia la pareja que carga los detectores de metal—. Vamos. El equipo de cámara está listo. —Los tres enfilan hacia la fábrica de quesos.

—¿Es tu director? —pregunta Martin.

—Sí, se cree Ingmar Bergman, por el amor de Dios. —Doug sonríe—. No, es solo un tipo de seguridad. Está hasta las cejas de esteroides. Es una bomba que puede explotar en cualquier momento. Procura no cruzarte en su camino.

—Qué suerte la tuya.

—¿Qué haces aquí, Martin?

—Vi tu furgoneta. Me entró curiosidad.

—Me refiero a Port Silver. ¿No habías perdido tu trabajo?

—Sí, lo perdí, gracias a ti.

Eso incomoda a Thunkleton. Había destrozado la reputación Martin en Riverina. Más tarde se disculpó, dijo que lo había presionado una productora mal intencionada, pero eso no le devolvió el empleo a Martin.

—No estoy trabajando, Doug. Me acabo de mudar aquí con Mandalay Blonde. ¿La recuerdas?

—Cómo olvidarla —responde Doug—. ¿Seguís juntos?

—Estamos intentándolo.

—Qué suertudo. Es muy atractiva.

—¿Qué te trae por aquí, Doug?

Thunkleton frunce el ceño.

—¿Seguro que no estás investigando nada?

—No. Solo editando el libro sobre Riversend.

—Crimen real —dice Thunkleton.

—Sí, así lo llaman los editores.

—No, no me refiero a ese, sino a este. Crimen real. Por eso estoy aquí. Un caso sin resolver. Quieren un especial informativo, quizá un documental completo si logro sacarlo adelante. Y un pódcast. Están en auge, ya sabes. Pódcast de crímenes reales, casos sin resolver. Al público le encanta.

—Ya —dice Martin con la vista fija en la fábrica—. Pensé que estabas en las noticias diarias.

—Estoy a prueba. No quedaron muy conformes con la cobertura que hice en Riversend. —Se encoge de hombros, aparta la vista—. Creo que, si no se me ocurre algo antes de que termine mi contrato, me van a dar salida.

Martin no siente ninguna empatía.

—¿Y cuál es el crimen?

—¿De verdad no lo sabes?

Martin se encoge de hombros.

—No.

—Ay, colega. Es buenísimo. —A Doug le vuelve el entusiasmo de inmediato.

—¿Vas a dejarme con la intriga?

Doug lo mira, como calculando si Martin sigue siendo un competidor en carrera. Debe de concluir que no.

—Vamos, Martin. Protejámonos de este sol y busquemos una sombra.

Hay árboles cerca, del otro lado del aparcamiento, pero Doug lo conduce por un lateral del edificio.

A medida que el terreno desciende hacia la laguna, pilares de hormigón y ladrillos bajan desde la construcción.

Entre ellos, hay tanques, enormes cubas de hierro oxidado, las entrañas de la hermosa estructura.

Las compuertas, calderas y válvulas de presión están en silencio, abandonadas a la ruina.

Nada se mueve; todo está oscuro y callado. Unas tuberías se adentran en el agua.