CAPÍTULO 9
Liam está feliz en su sillita, pero no puede decirse lo mismo de los que van delante.
Mandy conduce; lleva a Martin a recoger su coche a la casa de Vern.
Él se siente culpable, ella está resentida; él quiere disculparse, ella sube el volumen de las noticias en la radio.
Él suspira. Ella le había dicho que podía ir a cenar a casa de su tío, pero ahora se da cuenta de que fue un error tomárselo al pie de la letra.
Volvió a la cabaña tarde, borracho y apestando a marihuana.
Y acabó durmiendo en una litera de una habitación secundaria.
Mandy no le habla hasta que él está a punto de bajar del coche: —Voy a reunirme con Winifred en el pueblo.
Si te necesitamos, te llamo. —Y él se queda allí en la entrada, viéndola marcharse.
Ha aprendido la lección. Mandy no mira atrás.
Llama a la puerta de la casa destartalada, pero salvo por unos ladridos discordantes de perros, no hay nadie.
No están ni el coche, ni la camioneta, ni la furgoneta familiar; solo queda la moto de cross.
Está a punto de subir a su coche para marcharse cuando oye el zumbido de una sierra eléctrica.
Rodea la casa, pasa junto a triciclos abandonados, una huerta y un gallinero, y encuentra a Lucy May en la parte de atrás, trabajando en la terraza.
Lleva auriculares sobre una gorra de béisbol, el pelo oscuro recogido en una coleta, gafas de seguridad sobre los ojos.
Aislada en su cápsula sensorial, al principio no se percata de su presencia.
Martin la observa un buen rato, hechizado por su competencia, por su soltura y su seguridad.
Le viene un recuerdo de su padre, de antes del accidente, trabajando en el cobertizo del fondo, con esas manos suyas, mágicas, curtidas y llenas de cicatrices, manos que podían construir o arreglar cualquier cosa.
Mientras la mira, Martin recuerda otra cosa de cuando era muy pequeño: creía que las manos de su padre funcionaban independientemente de él, reparando y creando, arreglando cortadoras de césped, lavadoras y antenas de televisión, fabricando sillas, mesas y gallineros, desmontando motores de coche con la seguridad de un cirujano de corazón.
Las manos de Ron Scarsden tenían vida propia.
Martin mira las suyas: manos de oficinista, suaves.
No tienen vida independiente; son muy suyas.
Está conforme con eso; hubo un tiempo en que se le antojaban extrañas.
Decide que los días en que deseaba tener manos como las de su padre, manos mágicas, han quedado atrás.
—Hola. —Es Lucy May, que por fin se percata de su presencia, y se quita los auriculares y las gafas. Parece muy joven, su rostro impoluto contrasta con su evidente destreza.
—Buenos días —responde Martin—. ¿Vern y Josie han salido?
—Sí. El caos ha terminado por esta mañana. Los niños están en la escuela, los padres en el trabajo. —Se seca la frente; la mañana aún está fresca, pero el trabajo físico la ha hecho sudar—. ¿Algo urgente?
—No. Dejé mi coche aquí anoche, solo vine a buscarlo.
—Perfecto. ¿Tienes un minuto? Me vendría bien que me echaras una mano.
—Sí, claro.
—Gracias. Es más fácil entre dos.
Es casi como si lo hubiera estado esperando, como si lo hubiera invocado con su propio par de manos mágicas.
Acaba de cortar dos vigas a medida, los dos últimos travesaños que faltaban para sostener el extremo de la terraza.
Él la ayuda a levantarlas a la vez, luego las sostiene mientras ella las encaja en su sitio con golpes suaves con un mazo de goma antes de fijarlas con un par de clavos en ángulo, golpeados con destreza.
Martin admira a esa muchacha menuda con brazos delgados que disimulan su fuerza.
—Se nota que tienes práctica. ¿Vern te enseñó?
Ella sonríe.
—Desde que era muy niña. Diría más bien que me contagié de él.
—¿Qué edad tienes ahora?
—Casi diecisiete.
—¿Y eres aprendiz?
—Sí. Hoy me toca asistir al centro de educación técnica. Solo estaba adelantando un poco de trabajo antes de ir a Longton. —Mira su reloj—. Será mejor que me dé prisa. Gracias por la ayuda.
—De nada. Saluda a Vern y a Josie de mi parte.
En camino hacia el pueblo, piensa en su tío y en su familia ensamblada, maravillado de cómo logran hacerla funcionar.
Y claramente funciona, a pesar del caos y de las necesidades, con la calma lacónica de Vern y la cálida eficiencia de Josie.
Se pregunta si él y Mandy podrán algún día relajarse con esa misma serenidad, esa confianza de dejarse llevar.
No es optimista; los dos parecen demasiado tensos, se alteran con demasiada facilidad.
O quizá sea la muerte de Jasper Speight, el crimen sin resolver, lo que se erija como un obstáculo entre ellos y su futuro.
Una razón más para que él haga todo lo posible por ayudar a la policía a encontrar al asesino.
Está casi de regreso en el pueblo cuando ve el cartel de la calle Ressling.
Cuando frena, ya se lo ha pasado y tiene que dar la vuelta.
Pero allí está: la calle Ressling, adentrándose entre los cañaverales, directa hacia su memoria.
Bajo el cartel, hay otro, con letras blancas sobre azul: “DEPÓSITO DE GESTIÓN DE RESIDUOS”.
Toma el desvío, pasa junto a otro cartel: “CALLE SIN SALIDA”.
La superficie es un mosaico, parches de asfalto sobre parches de asfalto hasta que no queda nada del original, con nuevos baches que exigen más remiendos.
Recorre solo medio kilómetro; luego, los cañaverales terminan.
Y allí está: la Barriada, cuatro manzanas, tan rectas y rectangulares como cualquier barrio suburbano, pero salidas de la nada, fuera de la vista y del recuerdo, con calles que ni siquiera merecen nombre, solo avenidas A, B y C en una dirección y calles Primera, Segunda y Tercera en la otra.
Llega a las primeras casas y detiene el coche; sabe, sin necesidad de abrir la puerta, que no ha cambiado mucho.
Aquí el aire será más caliente, más seco y polvoriento, aislado del pueblo, desterrado de la brisa marina.
Lo conoce demasiado bien, lo saborea en la lengua, el regusto acre de la pobreza, las moscas que llegan desde el vertedero.
Frente a él, hay una casa impecable, con el césped cortado y regado, rosales en el jardín, un bebedero para pájaros, y en la entrada, un viejo Holden, reluciente a pesar de los parches de masilla y corrosión.
Y al lado, otra casa con la puerta mosquitera colgando de las bisagras, un patio de tierra y hierba seca de medio metro de alto, con una nevera abandonada y media moto oxidándose junto al porche.
En el tejado, una antena parabólica, y en la entrada, un Jeep nuevo, polvoriento y salpicado de barro.
Los habitantes serán distintos de cuando él era niño, pero sus historias parecen seguir siendo las mismas.
No ve gente; no hay nadie en las calles, solo perros, descendientes de los mestizos y chuchos que vagaban por el barrio cuando era pequeño, deambulando sin rumbo, con el hocico pegado al suelo.
Conoce demasiado bien esas calles; podría llegar con los ojos vendados a su antigua casa, en el número 13 de la C.
Pero no lo hace. Gira el coche y regresa por donde vino.
Para cuando llega a la carretera principal, ya ha tomado una decisión: concentrarse en el aquí y ahora, asegurar el futuro antes de aventurarse demasiado en el pasado.
Quiere ver Hummingbird Beach, el corazón de los planes de desarrollo para la costa norte del río Argyle.
Pasa junto a los locales de comida rápida, una estación de servicio y un motel de techos bajos.
Cruza el puente sobre el Argyle; el río centellea en la luz matinal.
Del otro lado del puente, el límite de velocidad es mayor y Martin acelera.
Dunes Road traza una línea recta a través de matorrales de vegetación baja; el terreno es bajo y llano, los márgenes del camino son arenosos.
El viento cargado de sal entra en ráfagas por la ventanilla abierta.
A su derecha, ve que el matorral se eleva desde el agua salada; aparecen árboles de verdad a medida que la pendiente sube hacia los acantilados de la costa.
A su izquierda, a través del velo de vegetación, alcanza a ver destellos de agua y marismas.
Pueden llamarla laguna Crystal, pero cuando la marea está baja, sigue oliendo como la marisma de Mackenzie.
De pronto, cruza un puente más pequeño que está sobre la ensenada que se abre a la marisma.
Se ha pasado de largo, no ha visto el desvío a Hummingbird Beach.
Cien metros más y la carretera empieza a deteriorarse rápidamente: de una cinta de asfalto ancha y bien mantenida pasa a ser un sendero sinuoso, con una única franja de asfalto llena de baches y parcheada en el centro.
Se detiene, recuerda el mapa de Denise Speight: la carretera sigue, serpenteando entre las dunas, enlazando accesos remotos a la playa hacia el este y un puñado de granjas lecheras y cañaverales hacia el oeste, hasta desaparecer por completo.
Un camino a ninguna parte. Se da la vuelta y regresa por el mismo camino, pero justo cuando llega al tramo bueno, un todoterreno cruza el puente a gran velocidad hacia él y frena abruptamente; sus vistosos rótulos le llaman la atención cuando gira a la izquierda: una furgoneta de noticias de Canal Diez, con los cristales tintados, entra por un portón abierto. Un equipo de prensa. Aquí. ¿Por qué?