CAPÍTULO 8 #4
Lucy May vuelve adentro a avisar a los demás.
Levi baja a ayudar. Él y Martin sostienen las fuentes; Vern las carga hasta el tope.
Josie y Lucy May salen de la casa, acompañadas por un escuadrón de niños que enseguida empiezan a poner la mesa y a encender lámparas de queroseno y de gas, velas de citronela y espirales contra los mosquitos.
Aparecen ensaladas, pilas de pan blanco, vasos, jarras de agua, envases de cuatro litros de salsa de tomate, una olla enorme de sopa de verduras humeante.
Hay algo ensayado en todo eso: cada niño sabe qué hacer; el caos aparente de la sala de estar se transforma en coordinación.
Una hilera de luces de fiesta multicolores colgadas del techo cobra vida, y de pronto, la noche se llena de sonido y luz, de gente y risas.
Martin cuenta diez niños, desde los dos pequeñines hasta un par de chicos de unos quince, más Lucy May y Levi.
Martin ocupa el lugar de honor, en la cabecera de la mesa, con Josie a un lado y Vern al otro.
Nadie toca las fuentes de comida; todos los ojos infantiles están puestos en Josie y Vern.
Por un momento, Martin cree que esperan a que alguien bendiga la mesa.
—Muy bien —dice Vern, en cambio—. Dejad algo para Martin; es parte de la familia.
Y como si sonara un disparo de salida, los niños se lanzan sobre la comida, aunque no de manera desordenada: los mayores ayudan a servir a los pequeños, pasándose las fuentes unos a otros.
Martin observa cómo Vern y Josie le llenan el plato de comida, y los detiene antes de que le sirvan demasiado.
Más tarde, después de la cena, cuando los niños ya han recogido los platos y han vuelto a entrar en la casa supervisados por Lucy May y Levi, los tres adultos se quedan sentados bajo las estrellas, envueltos en el abrazo cálido de la noche.
Josie se inclina sobre la mesa, concentrada en liar un porro, y pronto el aire se llena con el olor denso de la marihuana, despertando en Martin recuerdos de transgresiones adolescentes.
Hay algo reconfortante en ese olor, algo familiar, en la forma en que el humo se arremolina en el aire húmedo.
Josie le pasa el porro y él lo acepta, más por cortesía que por otra cosa.
Los párpados ya le pesan; la comida y la bebida, sumadas al cansancio del día, lo empujan hacia el sueño.
Da un par de caladas superficiales, escucha el crepitar y se lo pasa a Vern.
Los ojos se le cierran despacio; Martin siente cómo la noche lo envuelve con sus tentáculos soporíferos.
Oye la música que viene de la casa, mezclada con los sonidos nocturnos; el croar de las ranas, los ladridos de perros en algún sitio entre los invernaderos, el chisporroteo esporádico del fuego que agoniza, un pez que salta en el río.
Se sobresalta cuando siente la mano de Vern sobre el hombro.
—Vamos, soldado, es hora de ir a casa.
Se pone de pie con dificultad, tarda en recuperar plena conciencia. Josie ya se ha marchado.
—Mierda, ¿cuánto tiempo me he quedado dormido?
—No mucho. Unos minutos. Vamos, te llevo.
—¿Puedes conducir?
—En coche no. Está la poli dando vueltas. Iremos por el río, Levi puede llevarnos.
—De acuerdo.
—Puedes quedarte si quieres, Martin, pero pensé que tu chica podría estar preocupada.
Eso lo despierta del todo. Mandy. Revisa su teléfono: solo son las diez, aunque parece medianoche. Le manda un mensaje rápido: “Saliendo. Llego en un rato”.
Levi los guía hasta el río. Lleva un farol de aspecto antiguo, con una bombilla led que proyecta un amplio círculo de luz.
El sendero está marcado y es fácil de seguir.
En la orilla, hay una pequeña ensenada, con un bote de aluminio apoyado en el lodo arenoso, atado a una casuarina.
La marea debe de estar baja. Empujan la embarcación al agua; Levi la sujeta firme mientras su padre y Martin suben a bordo.
Después se mete en el agua y aborda el bote con movimientos ágiles.
Baja el motor y lo enciende tirando un par de veces del cable de arranque.
El motor responde y se estabiliza en un ronroneo suave.
Sobre el río oscuro como tinta, la luna se eleva por el este, los murciélagos giran en el aire y Martin ve cómo un pez rompe la superficie, dejando círculos concéntricos en los que se refleja la luz.
El resplandor de Port Silver se acerca, las estrellas brillan en el cielo.
La Vía Láctea se refleja en la superficie y se deshace en fragmentos cuando la proa corta las olas.
Por un instante, Martin siente una paz profunda, un sentido de pertenencia.
Quizá Port Silver pueda ser, al fin, un refugio, un lugar donde sanar con Mandy, criar a Liam, construir una vida juntos. Vern. Josie. Primos. Familia.
En el camping, se alza un muelle que parece flotar bajo una luz solitaria.
Una escalera de acero desciende hacia las sombras.
Levi maniobra el bote con destreza, lo arrima, se pone de pie y sujeta la escalera, manteniendo la embarcación firme para que Martin pueda trepar por los peldaños resbaladizos.
Antes de dejar el bote, se vuelve hacia su tío: —Discúlpame, Vern.
Siento no haberme mantenido en contacto. Es imperdonable.
—No te castigues. Yo estaba allí, ¿recuerdas? Sabía cuánto estabas sufriendo.
—¿Lo sabías?
—Por supuesto.
Queda mucho por decir, muchísimo. Pero habrá tiempo de sobra para hablar. Al subir por la escalera, Martin sale de la oscuridad y entra en el pequeño círculo de luz.