Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—No, no hablo del pasquín local, no. Salió en las noticias nacionales.

No puedo creer que no lo sepas. Un actor famoso de telenovelas, Garth McGrath, dejó a su mujer y se vino aquí y se convirtió en devoto de Hawananda.

Empezaron a circular toda clase de historias sobre orgías, drogas y fiestas.

La policía local los tenía entre ceja y ceja, hasta registró el lugar.

Había fotógrafos apostados en lanchas frente a la playa, drones que sobrevolaban, era un circo total.

Un recuerdo asalta a Martin: una noticia en el viejo televisor del motel de Riverina, gente bailando en círculo, semidesnuda, una mezcla de secta con Woodstock. ¿Eso era en Port Silver?

—¿Y qué pasó?

—Nada. Todas idioteces de los medios. La policía no encontró drogas, solo un par de mochileros con marihuana.

Y el sexo no es ilegal. Yo seguía ocupado con las excursiones porque eran vacaciones, pero Jasper y Nick le echaron una mano a Jota.

Jasper pensaba que podía ser un intento de desprestigiarla, lograr que el concejo le clausurara el negocio y obligarla a vender.

—¿En serio? ¿Era algo que podía pasar?

—Sin pruebas contundentes de conducta inadecuada, no.

La mitad del ayuntamiento son ecologistas, así que ella no está sola.

Y ya se desinfló todo. Como la policía no encontró nada, los medios se aburrieron.

¿Cuántas fotos de una estrella de telenovela bailando con el pito al aire se pueden publicar?

—¿El swami sigue ahí?

—Hasta donde yo sé, sí. Supongo que no son fáciles de conseguir.

—Entonces, Jota Hayes…, ¿seguro que no piensa vender?

—Eso decía Jasper. Según él, ella estaba en su mejor momento y ganando lo suficiente como para mantenerse de por vida como quería.

—¿Y no hay urgencia por frenar los planes del puerto deportivo y el campo de golf?

—Que yo vea, no.

—¿Entonces, por qué alguien mataría a Jasper si el proyecto no va a avanzar?

—Ni puta idea. Seguro que no tiene ninguna relación.

Martin toma otro trago de cerveza casera, sin querer soltar la idea de que mataron a Jasper por oponerse al desarrollo de la marisma de Mackenzie, aunque la teoría empieza a sonar cada vez más endeble.

Otro recuerdo le viene a la mente: allá en el oeste, se apresuró a sacar conclusiones, se equivocó de cabo a rabo y perdió el trabajo.

Tiene que aprender la lección: nada de teorías sin pruebas que las respalden, nada de dejar que la imaginación lo arrastre a aguas peligrosas.

—Denise creía que Jasper quería decirme algo. Darme alguna información. ¿Tienes idea de qué podría ser?

—No. Ni la más mínima idea.

—Parece que coleccionaba postales.

—Ah, ¿sí? —comenta Vern, desconcertado—. ¿Crees que alguien lo mató por una postal?

Martin no puede evitar reírse.

—No. Claro que no.

Un muchacho baja de la terraza. Es por lo menos quince centímetros más alto que Martin y Vern, con músculos marcados, tatuajes en los bíceps y el color de piel y de cabello propio de las islas del Pacífico. Se acerca directamente a Martin, con voz firme.

—Así que tú eres el gran Martin Scarsden, ¿eh? Me han contado todo sobre ti.

—No sé si “gran”, pero sí, soy yo.

—Soy Levi. Tu primo.

—Claro —afirma Martin, alargando la mano y tratando de no soltar un quejido cuando el apretón del muchacho casi se la destroza.

Mientras tanto, su mente da vueltas: los hijos de Vern son sus primos.

Por supuesto; ¿por qué Levi ha sentido la necesidad de señalar lo obvio? Primos. Sonríe ante la idea.

—Estoy feliz de conocerte, Levi. Nunca supe que tenía tanta familia.

—Sí, el viejo Vern es terrible —agrega su primo con humor burlón—. ¿Quién sabe cuántos hijos más habrá tenido por ahí? Dicen que la mitad de los chicos de la Barriada son suyos.

Vern no hace más que reír; a Martin le parece que Levi ya está fuera del alcance de una reprimenda paterna.

—Será mejor que vuelva a ayudar dentro. Mamá quiere saber cuánto falta para traer la carne.

—Cuando quiera —responde Vern—. El fuego ya está casi listo.

—Qué pedazo de muchacho —dice Martin, mientras Levi sube a la terraza en dos zancadas.

—Y solo tiene diecisiete años. Espero que haya terminado de crecer. El gasto en comida nos está matando.

Las llamas se han calmado, el fuego se ha reducido a brasas, una cama incandescente de rojo y negro en la noche.

Vern las esparce con el rastrillo y coloca una parrilla encima; justo en ese momento, como si lo hubieran ensayado, aparecen Levi y una adolescente de rasgos asiáticos —quizá la carpintera, Lucy May— cargando fuentes con carne, pescado y salchichas.

Martin pone manos a la obra, corta una ristra de salchichas y las ensarta con un tenedor mientras Vern llena la parrilla en tandas, según los tiempos de cocción.

Levi y su hermana se sientan en el porche; hablan en voz baja entre ellos.

—¡Atentos! —grita Vern a sus hijos—. ¡Cinco minutos!