Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Martin sonríe. Se alegra al ver que los hijos no le han quitado a Vern esa actitud relajada de fluir con la corriente.

Cuando él era niño, todos los demás parecían vivir tensos: su madre y su padre, sus maestros, los padres de Jasper y Scotty.

Vern, no: él siempre había sido el rey de la despreocupación.

Martin se pregunta cuánto de eso era auténtico y cuánto, una forma de compensar el hecho de que era casi analfabeto.

Llega a la conclusión de que, en gran parte, era genuino.

Levanta la botella, da otro sorbo largo.

La cerveza, de algún modo, sabe como debería saber: se mezcla con el aire cálido, con el olor del humo de leña, con el fluir del río.

Hacia el noroeste, donde el Argyle se curva hacia el escarpe, ve cómo se encienden las luces del ingenio azucarero; la chimenea humea como un fumador pensativo, añadiendo un dulzor residual al aire.

La paz de la tarde, acentuada por el ruido distante de los niños y la música rock que brota de la casa, parece apoderarse de él.

Sobre su cabeza, los murciélagos cruzan el cielo en silencio en busca de fruta una noche más.

—Se te ve feliz aquí, Vern.

—Es que lo soy, lo soy. Doy gracias todos los días.

—¿Cómo conociste a Josie?

—Pescando.

—¿Pescando?

—Sí. No de manera profesional, no en el mar.

Fui a buscar un arroyo arriba, en escarpe.

Hacía un calor insoportable, pensé que estaría más fresco allí.

Encontré una cascada, me olvidé de pescar y me puse a nadar.

Ella me encontró allí. Me escondió la ropa.

—Los ojos de Vern chispean en la luz trémula del fuego, su sonrisa se agranda—.

Ella ya tenía a Lucy May, yo ya tenía a Levi.

Nos juntamos y tuvimos cuatro más; además de un par de chicos sin hogar que recogimos por el camino.

Casi tenemos nuestro propio equipo de críquet.

—¿Y a qué te dedicas, si no te importa que te lo pregunte? Tu tarjeta decía excursiones de pesca.

—Exacto. El Gobierno prácticamente cerró la pesca, expropió la mayoría de las licencias, incluidas las dos que tenía yo.

El noventa por ciento de la costa es reserva marina ahora.

Solo quedan un par de testarudos con licencias limitadas, que abastecen los restaurantes locales y no mucho más.

Y los pescadores recreativos. Yo vendo un poco por fuera, pero son los turistas los que pagan las cuentas.

—Qué duro. Debes de echarlo de menos.

—No, la verdad es que no. Pasó justo en el momento adecuado.

Me dio el dinero que me permitió comprar este lugar.

Nos sacó de apuros; la población de peces estaba desapareciendo y los bancos acechaban.

Vendí el barco grande, me quedé con el pequeño para excursiones y avistamiento de ballenas.

El negocio va bien en verano y es aceptable en primavera y otoño.

Levi me ayuda: es un buen chico. Entretanto, y en invierno, hago trabajos varios por aquí, tareas de mantenimiento, o les echo una mano a los obreros locales si necesitan a alguien más.

Todavía tengo mis herramientas de carpintero, las que Lucy May no me ha birlado.

Josie trabaja a tiempo completo. Es guardabosques indígena, la que realmente mantiene la casa.

Así que yo me ocupo mucho de los niños. Tengo la vida bastante llena. ¿Tienes hijos?

—No. O sea, sí. Más o menos. Mi pareja tiene un bebé. Ahora que estoy aquí, supongo que me iré involucrando más.

—Qué bien.

—¿Algún consejo para darme?

—Dales amor, cuídalos, apóyalos. Corrígelos cuando haga falta. Pero no pienses que puedes cambiarlos. Son los que siempre han sido. Tan simple como eso.

Martin asiente y se pregunta si Mandy podría llegar a ser tan relajada con Liam. Si él podría serlo.

—Mandy te manda sus disculpas, por cierto. Quiere conocerte, pero sigue en estado de shock.

—¿Por haber encontrado a Jasper?

—Ajá.

—¿Y tú?

—Estoy bien. Ya la había visto antes.

—¿El qué?

—La muerte.

Vern da un trago a la cerveza, se toma un momento para elegir las palabras.

—Supongo que debe de ser distinto cuando se trata de un amigo.

—Sí, tal vez sí.

Se quedan en silencio. Vern remueve el fuego. El cielo se oscurece, aparecen las primeras estrellas y debajo de ellos, las luces de Port Silver.

—Bueno, nunca fuiste muy hablador —continúa Vern, rompiendo el silencio—. Pero si necesitas desahogarte con alguien, si no quieres preocupar a tu mujer, siempre puedes contar conmigo.

—Sí, gracias, Vern. Es muy amable de tu parte.

—En serio. Y cuídala, Martin. No es fácil encontrar una buena mujer.

—¿No?

—No te quepa la menor duda. Josie prácticamente me salvó la vida. Bueno, más bien me la dio. No puedo imaginarme sin ella. Incluso, me enseñó a leer y escribir un poco.

Martin asiente. No puede imaginar la vida sin palabras. ¿Sería por eso por lo que se distanció tan rápido de Vern? ¿Una de las razones?

—Tengo dislexia y unas cuantas cosas más. Se me hace difícil. Pero ella me ayudó.

—Qué bien, Vern. No debe de haber sido fácil.

—No lo fue, no. Algunos de esos artículos de análisis que escribes, cuando te pones sesudo, todavía no los entiendo. Le pido a Josie que me los lea en voz alta.

—¿Mis artículos?

—Claro. Así fue como me enseñó. Pensó que sería más fácil si era con algo que me interesara.

Martin no sabe qué decir; guarda silencio, agradecido de que la noche se haya oscurecido lo suficiente como para que su tío no vea la emoción en su rostro.

—Pero lo principal que me enseñó no fueron palabras ni números. Lo principal fue que no era tonto. Hasta entonces, pensaba que lo era. Ahora ya no. Ese fue un gran regalo que me hizo.

—Nunca fuiste tonto, Vern. —Es verdad: Martin nunca había pensado que su tío fuera poco inteligente. Pero, a diferencia de Josie, él nunca hizo nada para ayudarlo a superar su dificultad. Ni para reforzar su autoestima.

—Por eso te digo que cuides a esta Mandy. Cuando encuentras una que vale la pena, no la dejes escapar.

Vuelven a quedar en silencio; Vern se ocupa del fuego, Martin observa, pensando en Mandy, sola en el camping con Liam.

Vern tiene razón: debería estar con ella.

Pero ahora no puede dejar plantado a su tío.

Se pregunta qué debería hacer mientras está allí: si interrogar a Vern o dejarlo pasar, rendirse a la tibieza seductora de la noche y al resplandor hipnótico del fuego.

Ha sido un día largo tras una noche inquieta en el calabozo.

Siente cómo el cansancio empieza a asentarse mientras la cerveza circula por sus venas.

Sacude la cabeza, intentando despejar la mente, recuperar la energía.

Su tío apura la última gota de cerveza.

—¿Listo para otra?

La botella de Martin está casi vacía.

—Sí, claro, iré a buscarlas.

Al volver de la nevera portátil, le pasa una botella a su tío.

—Vern, vi a Denise Speight esta mañana.

—Pobre mujer. ¿Cómo lo lleva?

—No muy bien, la verdad.

—Será mejor que le alcance un poco de pescado y vea qué más podemos hacer.

Martin sonríe ante la imagen de Vern llegando a casa de Denise con condolencias y mújoles.

—Denise dijo que Jasper se oponía a un proyecto en la marisma de Mackenzie. Un puerto deportivo y un campo de golf.

—Así es. Pero no pensarás que lo mataron por eso, ¿no?

—No lo sé. Puede ser. Denise asegura que Jasper quería que yo escribiera un artículo sobre esos planes de desarrollo. Dijo que tú estabas colaborando con él.

—Algo así. La comunidad de Josie ha puesto una reclamación de titularidad de comunidades indígenas sobre la laguna y las tierras de alrededor. Intentamos poner un freno legal a cualquier desarrollo hasta que se resuelva la reclamación.

—¿Un freno legal? ¿O sea que tienen un abogado?

—Sí. Un joven prometedor del pueblo. Apellido griego.

—¿Nick Poulos?

—¿Lo conoces?

—Nos hemos visto. Así que te parece prometedor, ¿eh?

—Si trabaja gratis, lo es.

Otra vez esa forma lacónica de expresarse de Vern.

—¿Y qué probabilidades crees que tienen de frenarlo?

Vern da un sorbo a su cerveza.

—No lo sé. Pero el puerto y el campo de golf no se harán realidad a menos que también lo haga el hotel de Hummingbird Beach. ¿Te habló Denise de eso?

—Sí.

—Sin el complejo turístico, el puerto deportivo sería un elefante blanco. Lo mismo con el campo de golf.

—¿Entonces, por qué está frenado el complejo turístico? ¿También hay una reclamación de los aborígenes allí?

—No. Todo ese lado de la carretera es propiedad privada con dominio pleno, pero hasta donde sé, la dueña no tiene intenciones de vender.

—¿Quién es la dueña?

Vern deja de atizar el fuego y lo mira. Martin siente como si su tío buscara algo en su rostro, algún destello de reconocimiento, antes de responder.

—Una mujer de aquí. Jennifer Hayes. Todos la llaman Jota. ¿La recuerdas?

—No. El nombre me suena conocido. ¿No fue campeona de surf o algo así?

—Esa misma. Cuando eras niño. Volvió al pueblo hace unos años, heredó la tierra cuando murieron sus padres.

Otra granja lechera en ruinas. Se montó un negocio para poder pagar los impuestos y ganarse la vida: cabañas en la playa para mochileros, clases de surf para extranjeros, sesiones de yoga para cincuentonas.

—¿Y con eso le alcanza?

—Ahora sí, desde que se consiguió un swami . Seguro que oíste hablar del asunto.

—¿Un swami ? ¿Como un gurú? ¿En serio? —Martin se ríe—. ¿Por qué iba a saberlo?

—El swami Hawananda. Salió en todas las noticias hace un mes, más o menos.

—¿En las noticias? ¿Lo dices en serio?

—Claro que sí. Lo trajo de la India con una visa 457, que le permite trabajar unos años y aspirar a la residencia permanente.

—No me lo digas: al Longton Observer no le gustó nada.

Vern se ríe y niega con la cabeza.