Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

El policía los deja, y ellos llevan cajas de cartón desde el garaje.

En la cocina, Mandy carga lo que necesita para Liam: vaporizadores, licuadoras y esterilizadores, biberones, tetinas y utensilios de plástico.

En la planta superior, carga ropa, pañales, mantas.

Martin ayuda, maniobrando con cuidado para esquivar la sangre al pie de las escaleras.

Desarma la cuna de Liam y un cambiador y una silla alta y el corral.

Nunca había pensado en la cantidad de equipamiento que requiere un bebé.

La casa alquilada está más pulcra de lo que recuerda del hogar de Mandy en el campo.

Tal vez, ordenó pensando en la llegada de él; tal vez, todavía no había terminado de sacar las cosas e instalarse.

El lavabo del baño de arriba está manchado con un líquido oscuro; por un momento, piensa que se trata de más sangre; luego comprende que debe de ser el tinte de pelo.

Todavía está luchando con un tornillo poco colaborador del cambiador cuando reaparece el jefe del equipo forense.

—Nos marchamos —anuncia—. Todo suyo. A última hora de la mañana, vendrá el equipo de limpieza.

Martin lo acompaña afuera, luego recorre la vivienda, fotografiándolo todo con el teléfono. En el jardín, coloca las llaves del coche junto a la huella a modo de escala de tamaño, y toma fotografías desde todos los ángulos posibles.

El camping está ubicado a orillas del río Argyle en la ribera de enfrente del pueblo y al oeste del puente, donde la carretera de Longton se convierte en Dunes Road.

Pero a Martin le da la impresión de que no importa de qué lado del río se esté: cuanto más cerca del nivel del mar, más cerca de la línea de pobreza; en la ribera norte, no hay muros de contención.

Conduce su viejo Corolla; Mandy y Liam lo siguen en el Subaru nuevo de ella.

Martin los guía por la entrada, un andamio oxidado de metal que sostiene un cartel gastado, con la pintura descascarada: “CAMPING RIVERSIDE”.

Una figura de madera de un delfín cuelga del hocico; el perno que sostenía la cola se ha caído.

Tarde o temprano, el delfín o el arco entero se caerán; tal vez, con la próxima tormenta fuerte.

Martin espera que para entonces ya estén lejos, refugiados en su nuevo hogar sobre el acantilado: la casa Hartigan.

Al entrar, el camino está bordeado de rocas y cisnes recortados de viejos neumáticos, todos pintados de blanco.

Y carteles, muchos carteles: “NIÑOS JUGANDO”, “10 KM/H”, “TODOS LOS VISITANTES DEBEN REGISTRARSE EN RECEPCIÓN”, “ACAMPAR SOLO EN LOS SITIOS ASIGNADOS”, y muchos muchos más, un auténtico bosque de instrucciones y prohibiciones.

Martin se pregunta si existirá alguna ley no escrita: cuanto más barato el lugar, más carteles tiene.

El camino se bifurca. Otro letrero indica que el desvío a la derecha es para “RESIDENTES PERMANENTES”, mientras que el de la izquierda es para “TURISTAS: ESTANCIAS CORTAS”.

Entre ambos, como una garita de peaje, se levanta una casa de dos plantas sobre pilotes.

Parece inclinarse hacia el lado de los turistas, como si los prefiriera.

Martin se detiene junto a ella, al lado de un gran cartel de “STOP” y una flecha: “RECEPCIÓN”.

Mandy aparca detrás. La oficina queda escaleras arriba, en la planta baja.

Una mujer de mediana edad está sentada fuera, fumando en pipa.

Lleva pantalones cortos y botas de trabajo; no hace ningún esfuerzo por ocultar su pierna protésica: una construcción moderna de metal brillante y materiales de alta tecnología.

Un perro pastor australiano se enrosca alrededor de sus pies; el humo azul, alrededor de su cara.

El perro levanta la cabeza, olfatea la brisa y vuelve a dormirse, indiferente, mientras Martin baja del coche.

—Buenas tardes.

—Buenas —responde la mujer.

—Llamé hace un rato. Por una cabaña. Soy Martin Scarsden —dice, al pie de las escaleras.

La mujer observa los dos coches, cargados con maletas y equipaje.

—No hay problema. ¿Quieres echar un vistazo primero?

—Claro. ¿Está junto al río?

—Ni de broma. Está por allí, detrás de los árboles. Se ve el río, eso sí.

—Ya —continúa Martin—. Por alguna razón había imaginado un balcón con vista al agua.

—Es por las inundaciones —aclara la mujer, como si fuera obvio—.

Junto al río, solo hay sitios para acampar y para caravanas.

Las cabañas y los baños están en terreno más alto.

Los residentes permanentes, más arriba todavía.

No lo suficiente, en realidad. Cuando llegue la crecida grande, estaremos todos jodidos.

—Ya veo. Me sorprende que el municipio les permita seguir aquí.

Eso provoca en la mujer una carcajada ronca, cargada de tabaco.

—¡Ja! El municipio nos necesita. Esto es como una aldea de jubilados, llena de viejos que no pueden pagar nada mejor, madres solas y gente con pensiones por invalidez.

Estamos apartados, no molestamos a nadie.

Es esto o la Barriada, pero ¿quién quiere vivir allí?

—Mira el Subaru nuevo de Mandy—. No te preocupes.

Son buena gente, no te molestarán. Pero por si acaso, guarda bien tus cosas de valor.