CAPÍTULO 7 #2
Más tarde esa misma noche, Hester ya se ha ido, su padre yace en coma etílico en la cama y Martin tiene la sala de estar para sí; el enorme televisor de retroproyección, el último despojo del botín de la lotería, transmite imágenes desde Berlín.
Martin se sienta y mira, fascinado. Se está derrumbando el muro, el odiado muro.
Ve hombres que atacan el hormigón lleno de grafitis con mazas, con cinceles, con sus propias manos, y alrededor la gente canta y grita, llora y ríe.
Jóvenes con cortes de pelo poco favorecedores se sientan a horcajadas sobre el muro, compartiendo una botella, lanzando signos de paz y sonriendo a la cámara.
Una toma amplia: una marea de personas se abre paso por un hueco en el cemento, avanza a través de esa brecha en la historia, irrumpiendo en la conciencia de Martin.
Y en medio de esa multitud desbordada, vociferante, un hombre sereno, imperturbable, se dirige a la cámara con precisión clínica, dicción perfecta, camisa azul impecable; se yergue sobre el tumulto y habla con la seriedad de la profecía, poniéndolo todo en perspectiva, una isla de lógica en un mar encrespado de emociones.
—Esto es, sin lugar a dudas, historia. Historia en construcción —afirma el corresponsal extranjero, y Martin comprende que es la verdad.
La inmobiliaria de Denise Speight está cerrada. Un cartel escrito a mano, pegado en el cristal de la puerta, lo explica todo: “CERRADO HASTA NUEVO AVISO POR FALLECIMIENTO DE UN FAMILIAR. LOS DETALLES DEL FUNERAL SE PUBLICARÁN EN EL LONGTON OBSERVER ”.
Al final, siguió el consejo de Martin y se tomó unos días.
—¿Y ahora? —pregunta Mandy, meciendo a Liam sobre la cadera.
—¿Un hotel? —propone Martin.
—¿En serio? ¿No podemos buscar algo mejor que eso? Quiero un sitio privado, con cocina, baño y lavadero. No puedo cuidar a un bebé en una habitación de hotel. Y no quiero estar en público, para que todos me señalen y hablen por lo bajo.
—¿La casa que alquilaste?
—No, ya te lo dije. No voy a quedarme ahí. No puedo.
—Probaré con Airbnb. Y con Vern. Seguro que él conoce algún sitio.
—¿Vern? ¿Quién es Vern?
—Mi tío.
Ella lo mira, incrédula.
—¿Tu tío? ¿Tienes un tío aquí?
—Sí. El hermano de mi madre. Me crucé con él hoy, por casualidad.
Mandy niega con la cabeza, fastidiada.
—Por supuesto. ¿Y cuándo pensabas contármelo?
Martin se mira los pies.
—Nos ha invitado a cenar. En su casa.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Esta noche.
—¡Ay, joder, Martin! No. —Su fastidio es más que evidente—.
Soy sospechosa de un asesinato, por si lo has olvidado.
Tu antiguo compañero de colegio se desangró delante de mí ayer por la mañana, me manchó con su sangre.
Pasé la mitad de la noche en un calabozo.
Tengo a un bebé de diez meses a mi cargo.
No voy a salir a comer y beber vino con tus parientes.
No. —Su voz suena cortante, parece al borde de la histeria.
Martin comprende que debe de haber dormido muy poco y que el día largo, la presión de la policía, todo le está pasando factura. Liam está callado, mira a su madre, como si intuyera su estado de ánimo.
Martin sabe que se está comportando como un imbécil.
—Mira, lleva a Liam y tómate un café o come algo. Yo voy a buscar un lugar donde quedarnos, ¿de acuerdo? Te llamo.
Se reúnen en la casa alquilada, que está en el fondo de una calle sin salida, con vistas al río Argyle. Martin ha rentado una cabaña en el camping en la ribera opuesta al río. Nada lujoso, pero por teléfono sonaba amplia e independiente.
Antes que nada, Mandy tiene que buscar su ropa y todo el equipamiento para cuidar a un bebé del siglo xxi .
Desde fuera, la casa se ve anodina, una construcción urbana más, con ángulos rectos y tonos suaves.
Y lo sería si no fuera por la cinta policial que cruza la entrada, la furgoneta de aspecto siniestro que está aparcada fuera y los dos policías con monos de plástico azul con las palabras “SERVICIOS FORENSES” estampadas en la espalda.
Están recogiendo sus equipos y pertenencias.
Un técnico de mediana edad les pide a Mandy y a Martin que esperen mientras llama para pedir autorización.
—Todo bien. Hemos terminado; pueden pasar si quieren. Pero ¿por qué no vuelven mañana? Para entonces habrán venido los limpiadores. El interior todavía es bastante impresionante.
Mandy está decidida.
—No. Mi bebé. Necesito sus cosas.
El hombre asiente; luego, los conduce a la parte posterior de la propiedad, entre algunos plátanos pegados el río, por un sendero marcado por corredores y paseadores de perros sobre el muro de contención, y entra en la casa por el pequeño jardín posterior.
Unas banderitas amarillas y numeradas se extienden desde la puerta, clavadas en el césped a intervalos regulares.
—¿Huellas? —pregunta Martin.
—Sí. Es posible que sean del agresor. El que las dejó iba corriendo.
—¿El? ¿En masculino?
El técnico forense está a punto de responder, pero lo piensa mejor.
—Disculpen. Tendrán que preguntarles a los investigadores a cargo.
—Claro —responde Martin con cordialidad, mientras observa las banderitas.
En la mayoría de ellas, no puede ver las huellas que marcan, pero junto a la puerta corredera de la casa, en la tierra donde termina el césped y empieza el cemento, hay una marca clara.
Martin se agacha junto a la banderita. A su ojo inexperto, la huella parece haber sido dejada por la suela de un zapato normal, de los que usaría un oficinista.
—¿Puedo fotografiarla? —pregunta.
—No, mejor que no —responde el técnico forense—. Con nuestro indicador ahí, no. —Luego, sonríe—. Pero nos iremos pronto.
Martin observa la huella. Es solo parcial, pero le da esperanza: cuantas más pruebas físicas haya, más rápido podrán liberar a Mandy de toda sospecha.
Dentro de la casa, se han espolvoreado las superficies con un polvo fino que las cubre como esporas: negro sobre las encimeras laminadas blancas, rosa sobre los picaportes de bronce de las puertas.
Polvo para identificar huellas dactilares.
Por lo demás, ni la cocina ni el comedor llaman la atención: solo muestran el desorden de la vida cotidiana.
El policía forense los lleva a la sala de estar.
Allí está el corral de Liam, pero no es lo que atrae sus miradas: desde el arco que da al pasillo, un gran charco de sangre seca, color óxido, los desafía.
Hace que se detengan, que se queden mirándolo.
No es plano ni uniforme, como lo hubiera imaginado Martin; debió de empezar a coagular antes de que se llevaran a Jasper Speight y se adivina el contorno de su cuerpo.
Martin se queda mirando; a Mandy le produce arcadas.