CAPÍTULO 7
El colegio se ha construido en los cañaverales en el límite del pueblo, sobre la carretera a Longton.
Está formado por edificios rectangulares sobre un predio igualmente rectangular; parecen sacados de Ikea y montados con una llave Allen gigante.
Cuadrados de colores primarios intentan darle algo de vida, pero no lo logran.
Una reja de barras negras de acero, con puntas discretas, marca el límite entre el instituto y los cañaverales, ya sea para mantener fuera a los intrusos o dentro a los alumnos.
Las cañas tienen la misma altura que la reja y se ciernen sobre ella desde tres lados, moviéndose en el viento como si avanzaran, desafiando la rigidez de la verja y la permanencia de la escuela.
Martin piensa en serpientes. La reja no las detendría.
¿Seguirán escondiéndose entre los tallos azucarados o se habrán extinguido, suicidándose en masa tras atiborrarse de sapos de cañaveral?
De esos anfibios silvestres, hay de sobra: retozan en el campo de deportes del colegio después de la lluvia, brincando en un ballet desagradable.
Algunos han quedado aplastados en el asfalto de la entrada tras haberse alejado demasiado de su escenario.
Mandy atropella algunos más al entrar en la finca, indiferente a su destino, convertida ya en una lugareña.
Cuando Martin era niño, los sapos no habían llegado tan al sur; perros, gatos y serpientes podían andar sin peligro.
Había confianza en que los inviernos más fríos de Nueva Gales del Sur los mantendrían a raya.
Ahora, debido al cambio climático, tal vez algún día lleguen hasta Sídney.
Sapos en la bahía, carpas en el río Murray.
¿Qué sigue? ¿Cocodrilos en el río Brisbane?
Lo más llamativo del colegio es su cartel: “INSTITUTO DOUG ANTHONY”, que grita desde un muro imponente de piedra, escoltado por otro letrero más grande de acero que declara que la construcción fue financiada por el Gobierno federal.
Ventajas de vivir en un distrito electoral disputado.
Martin se pregunta si habrán construido el instituto por la creciente demanda o simplemente como soborno electoral. Tal vez, ambas cosas.
El entorno del colegio es demasiado nuevo para dar sombra; en la entrada y junto a la reja, crecen arbolitos de no más de un metro de altura; se ven tubos negros de riego estirados como picos de crías hambrientas.
Los coches viejos de profesores y alumnos se cuecen en el aparcamiento; la única diferencia entre ellos son las insignias: placas de principiante y siluetas de hojas de marihuana frente a carteles de “BEBÉ A BORDO” y pegatinas de los Broncos.
Todos están dentro, terminando las últimas clases del día.
Salvo por los sapos que juguetean y por el vaivén de las cañas, no hay movimiento.
Mandy cruza el aparcamiento y vuelve a salir por la reja posterior; deja atrás el asfalto para tomar un camino de grava gris compactada que se extiende, recto, entre hileras de caña.
A los cien metros, el verde se abre y aparece la guardería.
Es la casa original de la finca, cobijada por árboles altos y frescos, una construcción baja que parece asentada en el paisaje, de madera recién pintada.
Una cerca nueva de chapa de acero pintada rodea el terreno, a prueba de serpientes y sapos.
Junto a la entrada, se ve un palo de golf, un hierro nueve, una invitación abierta a padres y visitantes.
Mandy aparca a la sombra de una hilera de álamos. Apaga el motor, pero antes de salir, toma la mano de Martin, le habla con suavidad, con el rostro serio, trayéndolo de vuelta de sus pensamientos.
—Ya sabes todo sobre mis padres. Fui concebida cuando mi padre violó a mi madre. Ella murió, él está prófugo. Nada puede ser peor que eso. —Hace una pausa—. Mírame.
Martin se da cuenta de que ha estado mirando fijamente hacia delante, sin ver, con los ojos clavados en la guardería. Gira la cabeza y nota la preocupación de ella.
—Duele, Martin —continúa Mandy—. Me duele saber lo que le pasó a mi madre, cómo se redujo su vida. Pero no puedo cambiarlo. Si hay vergüenza ahí, no es mía; si hay culpa, no es mía. Estoy lidiando con ello. Por mí. Por Liam. Por nosotros. ¿Entiendes? Por nosotros.
Martin asiente. Comprende lo que está diciendo, siente que ella espera una respuesta.
Si quiere mantener una relación con esta mujer, tiene que dejarla entrar, contarle su pasado.
Pero primero, necesita enfrentarlo él mismo.
No, “enfrentarlo”, no: esa no es la palabra correcta.
Hace que suene como una lucha, algo contra lo que pelea.
Tiene que “aceptarlo”. Inspira hondo, desvía la mirada, vuelve a fijar la vista en la guardería.
—Mi madre y mis hermanas murieron cuando tenía ocho años. Un accidente de tráfico. Mi padre murió cuando tenía dieciséis.
Siente que Mandy lo mira, intentando atravesar su silencio, buscar lo que hay debajo.
—¿Están enterrados aquí?
—Supongo que sí.
—¿No lo sabes?
Él vuelve a mirarla.
—Sí. Están enterrados aquí. Deben de estarlo. —Traga saliva; ella espera—. Nunca he visitado sus tumbas.
Mandy no dice nada.
—Era demasiado doloroso —explica Martin.
—¿Estuviste en el funeral?
—No.
—¿Por eso no me dijiste que eras de aquí? Yo te conté que iba a mudarme a Port Silver y tú esquivaste el tema. ¿Es porque te sigue resultando doloroso?
—En realidad, no. Simplemente, lo bloqueé. Como dijiste: lo dejé atrás, miré hacia delante.
Otro silencio. Mandy asiente, como si tomara una decisión.
—Así que tuviste una infancia de mierda. Lo entiendo. Igual que yo. Pero no se la puede ignorar. Lo sé, lo intenté. No funcionó. Te perseguirá; nos dañará.
—Lo sé —responde Martin con pesar—. Tienes razón.
—Bien. No quiero pedazos de ti; te quiero entero. No lo arruines.
Él la mira. Asiente.
Pero Mandy no ha terminado.
—No sabes cuánto deseaba que llegaras. Mudarnos a la casa.
Empezar una vida completamente nueva. Lo único que quiero del pasado es a Liam, nada más.
Pero si el pasado viene a buscarme, estoy lista.
Voy a plantarle cara. No es mi dueño, no va a determinar quién soy, y tú no puedes dejar que determine quién eres.
—¿Entonces, yo no soy el pasado? ¿No soy parte de todo aquello, en Riversend?
Ella sonríe, una sonrisa llena de asombro y anhelo.
—No, Martin. No eres el pasado. Eres el presente. Y espero que seas el futuro.
Le aprieta la mano y sale del coche; Martin se queda mirándola mientras entra en la guardería.
Se maravilla de su fortaleza, de su resistencia.
Es a ella a quien están investigando por homicidio; es ella la que presenció la muerte horrenda de Jasper Speight el día anterior.
Es él quien debería estar apoyándola, no al revés.
Tiene que ponerse a la altura. Puede que ya no sea el corresponsal extranjero invencible de otros tiempos, pero eso no quiere decir que tenga que ser patético.
Martin llega a su casa, de vuelta de algún sitio que ha olvidado; de pasar el rato con Jasper y Scotty, o de caminar solo, o de leer junto al río.
De algún lugar que no es su casa. ¿Qué edad tiene?
Once, tal vez doce. Sigue siendo un niño.
Es una noche cálida, pero empieza a llover; ya es hora de estar bajo techo, no a la intemperie.
Si tiene suerte, su padre seguirá por allí, bebiendo sin medida en el club de surf y alimentando las tragaperras.
O quizá el sargento Mackie lo haya encerrado en el calabozo por esa noche.
Si está en casa, Martin espera que Ron Scarsden esté tan borracho que ya se haya desplomado en su sillón reclinable de vinilo, con el cinturón desabrochado, la camiseta manchada de comida, alcohol y babas, mientras la televisión vomita banalidades.
Esa es su esperanza: no tener que interactuar con un padre que ya no parece interesado en interactuar con él.
No es un hombre violento ni cruel, es solo un hombre ausente.
Y que vive borracho. Así que sí, es posible que Martin tenga unos doce años y esté yendo a la deriva hacia la adolescencia.
Pero esa noche es peor, mucho peor. Su padre está borracho, por supuesto, pero no dormido.
Cualquier cosa menos dormido. Martin se da cuenta tan pronto como entra: las risitas agudas, los gruñidos porcinos, el plap, plap, plap de carne contra carne.
Su padre, revolcándose con Hester, una vecina de la calle.
Está inclinada sobre la mesa del comedor, y su padre bombea detrás de ella como una locomotora con poco carbón.
Traca, traca, traca. Martin se queda mirando, abrumado por la fealdad de la escena, y se pregunta si la suerte le regalará un infarto a su padre; piensa si de ese sonido provendrá la expresión “darle a la matraca”.
Traca, traca, traca. Hester lo mira y sonríe lascivamente; su teta izquierda rebota de un lado a otro, tiene las mejillas difuminadas por el colorete.
Su padre, demasiado absorto en meterla y sacarla, no se percata de su presencia al principio; luego se vuelve, jadeando, sin aire suficiente como para echarlo.
Martin se gira y se va. La lluvia está fría, pero limpia. Fría y limpia.
En el coche de Mandy, frente a la guardería, mientras el sol se esfuerza por borrar los efectos del aguacero, Martin se estremece, incómodo, adormilado por el calor. Pero el dique se ha roto y el pasado se le viene encima; es como una serpiente del cañaveral que espera su momento, su oportunidad.