Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

Por un instante, un microsegundo que se estira hasta el infinito, todos se quedan petrificados, atrapados en la enormidad de la confrontación, en su horror implícito.

El primero en reaccionar es Scotty: se pone de pie de un salto, aparta a Martin de un empujón y corre hacia la puerta del comedor.

Martin lanza una mirada a Jasper, que se ha puesto de pie y avanza hacia las puertas francesas.

—¡Alto! —ruge el hombre del hacha—. ¡Alto!

Martin no se detiene, huye tras Scotty; atraviesan el comedor y llegan a la cocina. Scotty forcejea, desesperado, con el picaporte de la puerta trasera: está cerrada con llave.

—¡Mierda! —exclama Martin. Cierra de un golpe la puerta del comedor y atranca una silla bajo el picaporte, como en las películas. Luego, empuja la mesa hasta encajar una de sus patas contra la silla—. ¡La ventana! —grita—. ¡Por la ventana!

Scotty comprende al instante, mira hacia la ventana y abre la boca justo cuando la hoja del hacha atraviesa la madera de la puerta.

En un segundo, ambos chicos están en la ventana, levantándola a tirones.

Scotty se lanza primero y Martin detrás; cae al suelo encharcado, el agua del tejado se derrama sobre él.

Se vuelve a mirar; el picaporte de la puerta del comedor salta en pedazos, destruida por los golpes del hacha.

—¡Vamos! —grita Scotty—. ¡Corre!

—¿Y Jasper?

—¡Joder, tiene un hacha!

—¡Esperad, no voy a haceros daño! —La voz del hombre suena a un metro de distancia; asoma la cabeza por la ventana, pero el arma que sujeta desmiente sus palabras.

Scotty echa a correr, se pierde en la tormenta.

Martin retrocede lentamente, no huye. El hombre es demasiado pesado, demasiado viejo; no puede salir con facilidad por la ventana para perseguirlos.

Martin lo mira a los ojos, y en ellos ve locura, desesperación, violencia y algo más, algo que implora, que suplica comprensión.

—¡No os vayáis! —dice el hombre—. ¡No soy peligroso!

Martin quiere huir, sabe que debe hacerlo, pero comprende que cuanto más tiempo logre retener la atención del loco, más posibilidades tendrá Jasper de abrir las puertas francesas y escapar cojeando. A menos que ya esté muerto.

—¿Quién eres? —le grita—. ¿Qué haces aquí?

—Nadie… Solo me refugio. Como vosotros. —Trata de hablar con voz tranquila, reconfortante y, casi lo consigue.

Martin vacila. Entonces, la cabeza del hombre desaparece de la ventana.

Y casi demasiado tarde Martin lo entiende: la otra puerta.

La del final del pasillo. La puerta principal.

Sale disparado, corre bajo la lluvia cegadora.

Descubre que está en un camino de acceso, un sendero entre la maleza.

Mira atrás: el hombre avanza, tambaleándose, desde la puerta principal.

Da unos pasos bajo la lluvia. Martin tiene la impresión de que cojea.

De pronto, se da cuenta de que está a salvo, de que ese hombre no podrá alcanzarlo.

Lo ve girar, todavía con el hacha en la mano, y regresar al interior de la casa.

Gritando el nombre de Scotty, Martin echa a correr por el sendero y se interna en la selva, que bajo el aguacero y en la penumbra parece, extrañamente, más acogedora que hostil.

Mandy detiene el coche en el arcén, enciende las luces de emergencia.

La tormenta los ha sorprendido justo antes de llegar al edificio del colegio; la lluvia retumba en el techo, inunda el parabrisas.

El limpiaparabrisas parece incapaz de seguirle el ritmo, la visibilidad reducida hace que sea peligroso avanzar.

Sus ojos brillan de asombro y alegría; la lluvia sigue siendo una novedad tras los años de sequía en el interior.

Ni siquiera la inquieta la huida de Martin cuando era niño.

—¡Me encanta esto! —exclama.

Martin sonríe. Conoce ese clima: tormentas repentinas con aguaceros violentos que duran unos minutos y luego se alejan, mientras que a un par de kilómetros no cae ni una gota. Muy distintas de la tormenta que los había castigado en la casa Hartigan.

—¿Qué pasó después? —pregunta Mandy—. Jasper logró escapar, ¿no?

—No, en realidad, no. Al final, alcancé a Scotty.

Lo encontré solo, llorando. Pensaba que Jasper y yo estábamos muertos.

Cuando conseguimos llegar a la calle de atrás y salir a Dunes Road, ya estaba oscuro.

Casi habíamos llegado al puente que lleva al pueblo cuando el policía local, el sargento Mackie, nos encontró. Nos estaban buscando.

—¿Y qué pasó?

—Le contamos a Mackie lo del tipo con el hacha.

Nos dejó en la comisaría, recogió a un agente, tomaron sus armas y partieron hacia la casa Hartigan.

Encontraron a Jasper en la sala de estar donde lo habíamos dejado, pero con un fuego encendido y el pie bien vendado, comiendo alubias con tostadas.

El viejo lo había curado… y después se marchó.

Mandy sonríe, aliviada.

—¡Qué bonita historia! El hombre era inofensivo, la casa os salvó. Buen karma.

Martin siente la tentación de dejarlo allí, de permitir que ella conserve esa idea, pero sus ojos lo traicionan.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Ese hombre no era inofensivo. Era un prófugo. Lo buscaban en Victoria por homicidio y cosas peores.

Mandy se pone seria mientras procesa esa información.

—¿Y estaba viviendo allí? ¿En mi casa?

Martin sabe lo que debe decir.

—Es buen karma, Mandy, tienes razón. ¡Lo es!

La casa nos salvó, sí. Nadie salió herido.

Y al mismo tiempo, entregó a un asesino que llevaba meses huyendo de la policía.

Mackie no era un ingenuo; no se dejó engañar por unas alubias y una chimenea encendida.

Lo siguió, lo atrapó. Es karma del mejor, en serio.

Mandy se queda mirando la lluvia con gesto incierto.

—Puede ser —murmura.

El aguacero amaina y, de pronto, deja de llover. El sol se abre paso, vuelve a aparecer el horizonte. A la derecha, los cañaverales se extienden hasta el escarpe; resplandecen, verdes, casi iridiscentes, maduros y listos para la cosecha.

—Mira —dice Martin.

Un arcoíris ha aparecido en el cielo a su izquierda, bajo, pero bien definido contra el muro gris del frente que se aleja. Mandy alza las cejas, como si le concediera la razón. Enciende el coche y conduce, concentrada, con el ceño fruncido.

Martin contempla el arcoíris, la franja soleada de los cañaverales.

No le habla de la recompensa: veinte mil dólares, repartidos entre los tres chicos, ni de cómo Scotty se compró un juego de química y una raqueta de tenis, y Jasper se compró una moto de cross y abrió una cuenta de banco con chequera.

Y Martin, nada. Tampoco le habla de la comisaría: de cómo los padres de Scotty estaban esperando allí, fuera de sí por la preocupación, y lloraron de alegría cuando recuperaron a su hijo.

La canoa quedó perdonada y olvidada. No le cuenta que Denise Speight lo fulminó con la mirada para luego rezar en silencio mientras Mackie y su asistente partían a averiguar el destino de Jasper.

Y tampoco le cuenta que, cuando Mackie lo dejó en su casa cerca de la medianoche, su padre se despertó de una borrachera frente al televisor.

—¿Martin? Creí que estabas durmiendo.