CAPÍTULO 6 #3
Jasper se levanta, cojea hasta el borde de la galería y sostiene el pie bajo el agua; hace una mueca de dolor cuando la lluvia golpea la herida. Martin le despega la suciedad y deja al descubierto un corte profundo e irregular en la planta del pie, del que sigue brotando sangre.
—¡Mierda! —maldice Martin de nuevo.
Jasper gira el pie para inspeccionar mejor la herida.
—Los he visto peores.
Scotty se les ha unido.
—Puede que necesites puntos.
—¿En serio?
—Tal vez. Pero tenemos que aplicar presión, mantenerlo en alto, para ver si podemos detener el sangrado.
—¿Dónde lo aprendiste?
—En los Boy Scouts.
—Ah, claro.
Jasper se estremece otra vez; la tormenta no da tregua. Los tres saben cómo sigue esto. Necesitan entrar en la casa. Quedarse allí a la intemperie es una locura. Aun sin la herida de Jasper, están empapados hasta los huesos y congelados. Y se acerca la noche.
Prueban con las puertas francesas al final de la galería, justo donde la casa da hacia el este, pero están cerradas.
Martin hace frente a la lluvia, rodea la casa y descubre que las demás puertas —las que dan al camino de acceso y las que miran hacia el bosque— también están cerradas con llave. Vuelve empapado y aterido.
—¡Aquí! —anuncia Scotty. Ha encontrado una ventana rota, cubierta con una tabla mal clavada al marco.
El viento la hace vibrar; los clavos están flojos.
—Quitemos esto. —Desliza los dedos por detrás, empieza a aflojar la madera.
Un instante después, la arranca y deja al descubierto una ventana guillotina cuyo cristal superior está roto—.
¡Listo! —Mete la mano con cuidado de no cortarse y libera el pestillo.
Junto con Martin, colocan las manos bajo el marco y forcejean hasta que cede y logran levantar la hoja inferior—. ¡Bien hecho! —agrega.
Dentro, está seco y oscuro, y hay silencio, a pesar de que la casa parece estremecerse y gemir.
Están en una habitación amplia, una sala de estar con ventanales curvos hacia tres lados.
Martin y Scotty tiran de las cortinas frágiles por los años y pesadas de polvo; una de ellas se desgarra cuando Scotty la arrastra por la barra.
Entra un poco más de luz, junto con el ruido de la tormenta.
Martin prueba un interruptor; nadie se sorprende ante la falta de resultados.
Scotty arrastra un sofá de dos plazas hacia la luz que entra por la ventana.
—Ven, Jasper. Siéntate aquí y pon el pie en alto.
—Jasper brinca hasta el sofá y obedece, tumbándose de lado para colocar el pie ensangrentado sobre el apoyabrazos.
Martin y Scotty se miran: la herida sigue sangrando.
Necesitan vendas. A su alrededor, la casa parece hablar: cruje, emite chasquidos, gemidos y chillidos bajo el repiqueteo de la lluvia.
Una ráfaga la azota, un relámpago ilumina ventanas, postigos y cortinas, inundando la sala de luz.
Contienen la respiración, esperando el trueno, que estalla con tanta fuerza que sacude la estructura y hace vibrar los cristales y los marcos de los cuadros.
En los dos extremos de la pared sin ventanas, hay sendas puertas que conducen a la parte principal de la casa; en el medio, una chimenea de gran tamaño.
Martin abre la puerta de la izquierda; Scotty lo sigue de cerca.
Da a un pasillo largo que recorre el lado sur de la casa.
Las ventanas están clausuradas. Martin se adentra en la penumbra, avanzando a tientas.
A la derecha, hay una puerta, luego otra, y más allá, una escalera que lleva a la planta superior.
El pasillo termina en la entrada principal.
—Regresemos —susurra.
Vuelven a la sala de estar, levantan el pulgar hacia Jasper para tranquilizarlo y prueban la otra puerta.
Se abre a un comedor, con ventanas a la derecha.
Pero lo que llama la atención es la mesa: madera maciza, cubierta de polvo, moscas muertas y excremento de ratón, platos y cubiertos, botellas vacías, servilletas arrugadas, huesos; los restos de un festín.
En algún momento —semanas, meses o quizá años atrás— alguien entró allí, celebró una cena y dejó todo tal cual.
—Alguien se marchó a toda prisa. —Scotty traga saliva, los ojos abiertos como platos.
Se ven dos puertas, ambas cerradas: una a la izquierda, que debe llevar al pasillo; otra frente a ellos.
Pasan junto a la mesa con cautela, en dirección a esta última, que está más alejada.
De un lado, ruge la tormenta; del otro, acechan los restos del festín abandonado.
Martin se estremece y se convence de que es por el frío.
Llegan hasta la puerta, pero algo no va bien: del otro lado, se oyen golpes rítmicos, aun por encima de la tormenta.
Martin y Scotty se miran, asustados. Scotty hace una señal muda: quiere decidir con piedra, papel o tijera.
Su puta madre. Martin asiente de mala gana.
Uno, dos, tres. Martin tiene papel. Scotty, tijera.
Martin apoya la mano en el picaporte, mientras Scotty retrocede lentamente hacia la sala de estar.
Despacio, muy despacio, Martin empuja la puerta.
Se abre a una cocina. Vacía. Enseguida descubre el origen de los golpes: un postigo suelto, azotado por el viento.
Suspira, soltando el aire contenido, y hace señas a Scotty para que se acerque.
Entran en la cocina amplia, donde hay una mesa y cuatro sillas bajo una ventana.
Las encimeras están cubiertas de platos sucios y envoltorios de comida.
—Es distinto —murmura Scotty.
—¿Distinto por qué?
—Hay mal olor.
Tiene razón. Un hedor a comida podrida, a carne en descomposición, invade el ambiente.
Martin observa el postigo que golpea; la ventana guillotina está abierta unos centímetros.
Circula aire en la habitación, pero el olor persiste.
En el fregadero, atestado de platos y restos de comida en descomposición, gotea agua del grifo.
Alguien ha estado allí mucho más recientemente que los comensales del comedor.
—Larguémonos de aquí —dice Scotty.
—No podemos mover a Jasper —responde Martin—. Busca un recipiente y llénalo de agua. Veré si encuentro vendas.
A regañadientes, Scotty se acerca al fregadero. Martin revisa un armario, encuentra una jarra de plástico azul con el fondo cubierto de polvo y restos resecos de polillas.
—Toma —dice, lanzándosela con deliberado descuido a Scotty, que se sobresalta, la manotea y casi no logra atraparla.
Martin sonríe. Revisa los cajones junto al armario: manteles individuales, utensilios.
En el tercero, encuentra lo que buscaba: paños de cocina.
El de arriba está cubierto por una fina capa de polvo y moho, incluso mal doblado dentro del cajón, pero los de abajo están limpios y doblados con cuidado.
Toma varios, espera a que Scotty termine de lavar la jarra y llenarla de agua.
Se miran, asienten y regresan sin demora, pasando de nuevo por el comedor hacia la sala de estar.
Jasper sigue en el sillón junto a las puertas francesas. Tiene el pie en alto y lo contempla con una mueca de dolor. Al ver regresar a sus amigos, su rostro se ilumina de alivio. Martin cree distinguir lágrimas en sus ojos, pero ni él ni Scotty comentan nada.
—Déjame a mí —dice Scotty, arrodillándose junto a Jasper—. Lo hacíamos en los Scouts.
El interior de la casa está seco, y no entra el viento, pero Martin empieza a tiritar.
Se acerca a la chimenea. La rejilla metálica está tirada a un lado.
Junto al hogar, un montón de ramas secas, cortadas o rotas.
Necesita algún elemento combustible para encender un fuego.
Recorre la sala buscando un periódico o una revista, pero no encuentra nada.
Mientras sopesa la idea de volver a adentrarse en la casa, descubre una estantería bajo las ventanas del lado norte.
Libros. En la parte inferior, una colección de tomos de enciclopedia , y apretados entre ellas, una docena de cómics.
Los saca. El Enmascarado . Ni hablar de quemarlos.
Se los lleva a Scotty, que está limpiando la herida de Jasper.
—¡Mira esto! —exclama, tendiéndole los cómics a Jasper, que los recibe con una sonrisa.
De nuevo frente a la estantería, Martin se pregunta qué tomo de la enciclopedia sacrificar. Escoge el más delgado: U-V. Nadie echará de menos la U-V. Vuelve a la chimenea y antes de arrancar las páginas utiliza el libro para abrir un hueco en las cenizas.
—¡La madre que me parió! —exclama, volviéndose hacia los otros—. ¡Scotty, ven!
—Un minuto, ya casi he terminado. ¿Qué pasa?
—La chimenea —dice Martin—. ¡Todavía está caliente!
El silencio cae sobre ellos con un peso siniestro. Jasper mira a Martin, incrédulo; los ojos de Scotty se elevan hacia el techo, hacia la planta superior.
—Qué bien —dice Jasper tratando de hablar con confianza—. Podrán ayudarnos.
Martin piensa en el comedor, el festín abandonado, la cocina hedionda y sucia. Todos sus instintos le gritan que nada bueno puede salir de eso.
Scotty termina el vendaje improvisado del pie de Jasper, convertido ahora en un bulto hinchado de paños de cocina; se levanta, se acerca a la chimenea y, de rodillas, extiende la palma sobre las cenizas. Confirma lo que Martin ya había comprobado.
—Tenemos que salir de aquí —susurra. Lo único que escuchan es la hostilidad de la tormenta que ruge fuera.
Martin está a punto de proponer que Scotty se quede con Jasper mientras él va en busca de ayuda cuando la puerta del pasillo se abre con estrépito.
Entra un hombre, mascullando groserías. Pelo canoso y enmarañado, ojos de mirada salvaje, una mueca que deja ver dientes amarillos y quebrados.
Y en la mano, con el filo hacia delante, empuña un hacha.