Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—¡La casa Hartigan! —exclama Scotty—. Está allí arriba, sobre el acantilado.

Martin y Jasper se miran; vacilan por un instante.

—Bien, vamos, entonces —decreta Jasper—. Antes de que empiece a llover. Antes de que oscurezca.

“Antes de que nos quedemos atrapados”, piensa Martin.

Mandy interrumpe el relato de Martin cuando frena de golpe para no atropellar a una anciana que cruza alegremente The Boulevarde en su escúter eléctrico; la banderita naranja flamea alegremente sobre su cabeza.

Están atravesando el pueblo, camino a buscar a Liam a la guardería.

Mandy dijo que la casa alquilada trae mala suerte y quiere ir a por su hijo antes de la hora para que los tres puedan ponerse a buscar otro lugar donde quedarse. Martin lo entiende.

—Solo necesitamos algo para un par de semanas —sugiere Mandy—. Después podremos mudarnos a la casa.

—¿Está habitable?

—Lo estará, sí.

Mandy maniobra en el tráfico, pasa frente a la entrada del puerto y sortea un par de rotondas.

Toman la carretera de Longton hacia el sur, pasando junto a unos locales de comida rápida.

La guardería está pegada al instituto, una incorporación reciente.

En la época de Martin, el bachillerato exigía un viaje diario en un autobús, lento y precario, subiendo el escarpe hasta el Instituto Longton, una de las razones por las que tan pocos alumnos locales llegaban a terminar el último curso.

—Me gusta tu historia sobre la casa vieja —dice Mandy—. Supongo que subisteis por las escaleras y os refugiasteis allí de la tormenta. Buen karma.

—Sí —murmura Martin—. Buen karma.

Avanzan a paso de tortuga a causa de un tractor que arrastra una maquinaria agrícola descomunal.

A la derecha, entre palmeras sueltas, Martin alcanza a ver las viejas casas de fibrocemento de la Barriada, las calles abrasadas de su infancia, separadas del pueblo por la carretera principal y una franja de cañaverales; son parte de Port Silver, pero al mismo tiempo están aisladas, como si la pobreza y la mala suerte fueran contagiosas.

¿Quién sabe? Tal vez lo sean. Alrededor de las casas, se extienden los campos, y en el horizonte, la interminable ladera verde del escarpe.

Frente a ellos, hacia el sur, las nubes siguen agrandándose; la característica forma de yunque en la parte superior presagia una tormenta eléctrica.

—Oye, Martin —dice Mandy, frunciendo el ceño—. ¿Cómo conocía Nick Poulos la existencia de la casa? Creí que era un recién llegado.

Martin suspira.

—Bueno…, la historia no termina ahí.

Subir la escalera resulta más fácil de decir que de hacer.

Desde la playa hasta lo alto del acantilado, habrá unos sesenta metros casi en línea recta.

Cuando estaba bien mantenida, medio siglo atrás, el ascenso podía hacerse en unos minutos.

Pero ahora está en ruinas. Los primeros metros desde la playa son bastante sencillos: los peldaños están tallados en la arenisca.

Los años los han cubierto de musgo, y los chicos deben abrirse paso entre ramas de árboles y arbustos que cuelgan sobre ellos, pero los peldaños resisten, firmes.

No así el sendero más arriba. El antiguo sendero en zigzag por la pendiente se ha vuelto borroso: se lo ha tragado la maleza.

Al principio, el sendero engaña, parece bien marcado, delimitado a ambos lados por piedras, pero pronto desaparece, engullido por la espesura, y solo vuelve a insinuarse más arriba.

Los tres avanzan a tropezones entre helechos y matorrales; pierden el rastro y vuelven a encontrarlo, incapaces de distinguirlo entre la maraña de senderos abiertos por los canguros.

Dejan de ver el cielo, tragado por el dosel de la vegetación.

No tienen idea de lo cerca que está ya la tormenta.

En cualquier otro sitio, podrían confundirse, incluso perderse; aquí, los orientan el abismo de la pendiente y el rumor incesante del oleaje.

Lento, lentísimo, el avance continúa. Unos metros más arriba, donde la pendiente se vuelve rocosa y casi vertical, descubren los restos de peldaños de madera, con barandillas y alzadas atornilladas al farallón.

Pero el óxido se ha comido los pernos, y la madera se ha podrido, de modo que la estructura se ha aflojado y amenaza con derrumbarse.

—Entonces, vamos bien —dice Jasper con optimismo.

—Mejor, demos la vuelta —sugiere Martin—. Sigamos zigzagueando. Mientras subamos, encontraremos de nuevo el sendero en algún momento.

—Perfecto —dice Jasper—. Tú primero.

—¿Yo? —Martin lo mira, sorprendido.

—Claro. Tienes zapatillas.

Martin baja la vista y mira los pies de sus amigos. Scotty, como él, lleva zapatillas, pero Jasper va descalzo; tiene los pies embarrados y enrojecidos; lleva las chanclas colgadas de la mano, inservibles en esa pendiente resbaladiza.

—¿Estás bien? —pregunta Martin.

—Por supuesto. Nada como ir descalzo.

Martin pasa al frente; aparta helechos, trepa sobre troncos caídos, tanteando a cada paso, extendiendo un pie antes de cargarle todo el peso.

De pronto, casi se cae, el corazón en la boca; cuando logra recuperar el aliento, resbala de nuevo.

Desesperado, se aferra a las plantas, araña el tronco de un árbol, lo que sea para no despeñarse.

Se raspa ambas rodillas, se corta en una mano, pero logra frenar la caída contra un termitero.

Las diminutas hormigas blancas, ciegas y translúcidas, lo cubren de inmediato.

En el silencio que ahoga incluso el rumor del mar, un canguro atraviesa la espesura a toda carrera, muy cerca, pero invisible.

Martin se aferra a la raíz expuesta de una palmera y, tirando de ella, logra incorporarse.

Vuelve a trepar a cuatro patas por la pendiente y les advierte a sus amigos que tengan cuidado.

La naturaleza vuelve a apremiarlos. A medida que ascienden y el rugido de las olas se atenúa, otro sonido se impone: se aproximan los truenos.

Desaparece el sol, y la claridad moteada del bosque se convierte en una penumbra inquietante.

El aire se aquieta, muere la brisa, el día contiene la respiración.

A Martin se le taponan los oídos; va a decir algo cuando un relámpago ilumina el cielo y penetra la bóveda de vegetación como una radiografía, seguido casi de inmediato por un trueno ensordecedor que rebota alrededor de ellos y más allá, y retumba en sus entrañas; la tierra misma parece estremecerse ante su fuerza.

Como si el rayo las hubiese liberado, comienzan a caer gruesas gotas que salpican, ruidosas. La tormenta está casi encima de ellos.

—¡Vamos, rápido! —exclama Martin. Se olvida de buscar el antiguo sendero y los peldaños, y se lanza hacia arriba, empujando con los pies, aferrándose con las manos, sin pensar en los arañazos ni en los apoyos inseguros.

Trepa como puede, escuchando tras de sí el esfuerzo de los otros dos.

Cinco metros, luego diez, un poco más, hasta que se topa con un sendero mejor definido donde la pendiente se torna menos pronunciada—.

¡Por aquí! —grita—. ¡El sendero! ¡El sendero!

—Espera a que primero Scotty y luego Jasper emerjan de entre la vegetación.

El pie izquierdo de Jasper está ensangrentado.

—¿Estás bien?

—Mejor que nunca.

Entonces, el viento arremete, rugiendo entre los árboles, sacudiendo copas y matorrales.

Con él llega la lluvia, ya no en gotas dispersas, ya no atenuada por la bóveda verde, sino en una cortina oblicua, fría, cortante, cruel.

Otro relámpago cegador cruza el cielo; su resplandor se imprime en los párpados de Martin, y el trueno estalla enseguida, como la voz misma de Dios.

Los chicos ya no necesitan hablar; corren como si el mismísimo demonio los persiguiera.

Salen a tropezones de la selva, y ahí está la vieja casona de la familia Hartigan.

¿Dudan? Quizá por un instante. Y como si la tormenta presintiera esa vacilación, redobla su furia.

Chilla otro relámpago, estalla otro trueno que les sacude las entrañas.

La lluvia se convierte en un granizo cruel que azota las camisas finas, los brazos desnudos, las piernas arañadas.

Echan a correr, ya sin titubeos, hasta la galería de la casa.

Pero el agua cae casi horizontal, el alero no los ampara y la casona cruje como si protestara.

Rodean la galería hasta el lado norte, a sotavento, y solo allí encuentran refugio del viento, de la lluvia y del granizo, solo allí encuentran un rincón seco, algo de calma para poder hablar.

A su alrededor, la casa gime, como quejándose de la violencia del temporal o de la presencia de ellos, mientras el granizo aúlla y martilla el techo de chapa.

—¡Qué bien! —dice Jasper—. Estamos a salvo.

—No tiene nada de bueno —objeta Scotty—. Mis padres, nuestras familias, van a pensar que estamos a la intemperie, que nos hemos ahogado.

—Cuando vean que no fue así, estarán tan aliviados que no les importará ni la canoa, ni que nos hayamos alejado tanto por el río, ni que nos hayamos refugiado aquí —dice Jasper.

Se quedan un momento en silencio, mirando la muralla gris de la tormenta. Los árboles más cercanos, a unos veinte metros, casi no se distinguen en el vendaval. Martin tirita; están a salvo, sí, pero empapados y ateridos.

—¡Su puta madre, ojalá no nos hubiéramos fumado esos cigarrillos! —se queja Jasper.

Martin se vuelve para contestarle, pero enmudece al ver que el pie de Jasper sigue sangrando de una herida profunda.

—Mierda. Déjame ver.

—No es nada —responde Jasper, aunque un temblor involuntario desmiente su actitud displicente. Martin le toma el pie y ve que la sangre se mezcla con el fango entre sus dedos. Desde el alero de la galería caen chorros de agua.

—Vamos —dice Martin—, limpiémoslo.