CAPÍTULO 6
Llegan a la casa desde el río, los tres chicos: Martin, Jasper y Scotty.
Por casualidad. Los tres con doce años, al borde de la pubertad; se aproxima el cambio tectónico hacia la adolescencia: las chicas, el alcohol, la rebeldía, las hormonas febriles, las familias rotas y las identidades frágiles.
Pero por ahora siguen siendo niños; flotan en la canoa de Scotty a la deriva en el río Argyle, inocentes ante el futuro.
Libres de problemas, despreocupados, pasan junto al camping y debajo del puente.
Tras días de tormenta, el sol quema y la brisa es suave, incluso cuando la marea empieza a cambiar y ayuda al río a avanzar hacia el mar en vez de frenarlo.
Ríen y señalan cuando ven pasar primero el puerto y luego el pueblo.
Jasper se pone de pie, se baja los pantalones y le muestra el trasero a Port Silver.
La canoa se sacude peligrosamente mientras los chicos se desternillan de risa ante tamaña osadía.
Cuando el pueblo empieza a quedar atrás, es hora de regresar.
Pero la corriente del río crecido, reforzada por la marea y por la presión contenida de los afluentes cargados de lluvia, está en su contra.
Reman con ímpetu, pero las orillas que se alejan cuentan la verdad: van hacia atrás, hacia la desembocadura, hacia el traicionero banco de arena y el mar.
—¡No pinta bien! —exclama Scotty, ya jadeando en la proa de la canoa—. No podemos luchar contra la corriente.
—Es como una corriente de retorno —opina Jasper, sentado en el medio—. Hay que avanzar de lado, llegar a la orilla. O dejarse llevar y salir por la boca del río. Salir al mar y volver por la playa.
—Ni hablar, vayamos hacia la orilla —dice Martin con repentina urgencia en la voz.
No hay duda de a qué orilla apuntar: la corriente los aleja del pueblo y de la ribera sur, que está poblada, hacia la ribera norte, más hostil.
A esa altura del río, ya han desaparecido los llanos cerca del camping, y la ribera, empinada, está cubierta de vegetación.
Ponen la canoa perpendicular a la corriente, y sienten cómo los empuja hacia el mar; la presión podría volcarla con facilidad.
—¡Remad! —grita Scotty, y ellos reman, siguiendo sus indicaciones con silencioso empeño.
La proa apunta hacia la ribera, pero la corriente los arrastra cada vez más de lado, de modo que los árboles se mueven de derecha a izquierda, como si la canoa viajara sobre una cinta transportadora.
Martin teme que no lleguen; la corriente se acelera cuando el río se estrecha por última vez, y la orilla pasa cada vez más rápido.
En la ribera derecha, el pueblo empieza a extinguirse y comienza el espigón.
Está a punto de rendirse, de decirles a sus amigos que giren la proa hacia el mar antes de que las olas los golpeen de costado y los hagan volcar.
Y entonces, lo ven, lo oyen: el banco de arena, espumoso, blanco, ruge hambriento.
Se les agrandan los ojos de miedo y, por un momento, dejan de remar, sorprendidos de frente por el destino.
Y justo cuando creen que todo está perdido, rozan un pequeño promontorio, una roca grande, y el río vuelve a ensancharse.
La corriente que los tenía apresados afloja sus garras.
Con desesperación, vuelven a remar con fuerza a contracorriente; Martin y Jasper, al compás del ritmo de Scotty.
No hay gritos ni palabras: solo esfuerzo concentrado y ardor de músculos.
Las olas que rompen sobre el banco están cerca, a unos escasos cincuenta metros, perfectamente visibles.
Oyen el rugido potente del mar y sienten en la cara la bruma marina.
El mar está encrespado tras días de tormenta, y el río, hinchado por las lluvias, lo embiste con furia.
El banco, peligroso aun en calma, hoy es una bestia espumosa, rugiente.
Es la última oportunidad: o llegan a la orilla o se entregan al torbellino.
¿Cómo ha ocurrido todo tan rápido? Han dejado atrás la roca y, aunque la corriente cede, la línea de la costa también se aparta, revelando una pequeña playa, todavía dentro del banco pero mirando al mar.
Una playa escondida, que promete un refugio que ya empieza a desvanecerse.
Y entonces… Y entonces, las garras de la corriente se aflojan y los sueltan justo cuando abandonan el flujo del río.
—¡Seguid remando! —grita Jasper por sobre el bramido del oleaje, aunque su voz ya no suena tan desesperada.
Porque junto a la playa, el agua está calmada, fuera del dominio del río y resguardada de la furia marina por el banco de arena; un pequeño remanso de tranquilidad.
La canoa vuelve a obedecerles. El ímpetu acumulado los arrastra los últimos metros.
La proa raspa la arena; Martin siente cómo lo inunda el alivio, se disuelve la tensión y lo embarga el júbilo.
Todos respiran con dificultad, los músculos extenuados.
Guardan silencio un momento, cada uno perdido en sus pensamientos.
Pero la adrenalina sigue fluyendo, y primero uno y luego los otros estallan en carcajadas; la risa los inunda como una ola y les levanta el ánimo de golpe.
Martin se deja caer en la canoa, desternillándose de risa.
Le duelen las costillas y se queda sin aire; invadido por la euforia del alivio, ríe a carcajadas hasta que le brotan las lágrimas.
Al final, arrastran la canoa mucho más arriba de lo necesario, hasta la marca de la marea alta al pie del acantilado.
Se dejan caer en la arena, en fila, mirando desde la bahía inmóvil hacia el banco de arena y el mar abierto.
El oleaje se arremolina con furia, blanco como la nieve, rugiendo como mil bocas hambrientas.
Ninguno dice nada, pero los tres piensan lo mismo: la frágil embarcación jamás habría sobrevivido el paso al mar.
—Tendremos que esperar a que cambie la marea —dice Scotty.
—Tres o cuatro horas, por lo menos —agrega Martin.
—Más —replica Scotty—. La marea seguirá bajando durante esas tres o cuatro horas. Necesitamos que entre con fuerza para tener una mínima oportunidad contra la corriente. Ha llovido mucho, el caudal del río es bestial.
Jasper y Martin cruzan las miradas. Scotty tiene razón.
Pero ya son las cinco de la tarde. Podría ser medianoche antes de que las condiciones fueran ideales.
Y hasta entonces, están varados, con el río y el mar por delante, y a espaldas de ellos, detrás de la playa, un acantilado cubierto de selva.
Martin señala el oleaje, contenido por el banco y la corriente.
—Si la marejada crece más, las olas pasarán el banco. Y si está demasiado oscuro, no las veremos venir.
—¿Y si nos arriesgamos a cruzar el banco? —propone Jasper. Al ver la incredulidad en la cara de sus amigos, añade—: Solo preguntaba.
—Tal vez podríamos hacerle señas a algún barco de pesca —sugiere Scotty.
—Es demasiado tarde; la flota regresa al mediodía —responde Martin. Su tío Vern es pescador; conoce sus rutinas—. Quizá alguien que vuelva de un día de pesca nos vea.
Contemplan la ferocidad del banco de arena; ningún aficionado se atrevería a cruzar semejante hervidero, y menos aún con la marea en contra.
—Mi viejo me va a matar —dice Scotty—. La canoa es suya.
—Tengo calor —anuncia Jasper—. Me voy a meter al agua.
—Cuidado con la corriente —le advierte Scotty—. No te alejes.
—Sí, sí, claro, claro. —Jasper se quita la camiseta, deja las chanclas en la arena y se lanza al agua—. ¡Venid, cobardes! —grita, braceando frente a la playa.
—Deberíamos hacer un fuego —dice Scotty—. Racionar el agua.
Martín sonríe; a veces sus dos amigos parecen de mundos distintos.
Va hasta la canoa en busca de las mochilas. Scotty tiene una cantimplora de plástico medio llena y un paquete pequeño de galletas. Jasper tiene media botella de Coca-Cola. Martin tiene tres cigarrillos que le robó a su padre. Scotty observa el conjunto.
—Esto no va a durar. Vamos a tener mucha sed.
—Peor es ahogarse —replica Martin, dándole voz, por fin, al miedo compartido.
Martin y Scotty buscan leña; madera arrastrada por el mar y ramas secas de la espesura detrás de la playa.
La apilan junto a un círculo de piedras que dejaron visitantes anteriores, un antiguo fogón por encima de la línea de la marea.
Jasper termina su baño, se entibia al sol un rato y luego se une a ellos.
—¿Cómo lo vais a encender? ¿Trajisteis cerillas?
Martin sonríe y les enseña su mechero desechable.
Encienden una fogata, más para entretenerse que por necesidad de calor.
Es verano; no oscurecerá hasta dentro de un par de horas.
Se fuman los cigarrillos; los tres tratan de no toser, se esfuerzan por parecer más duros de lo que son.
Jasper intenta hacer señales de humo con su camiseta sobre el fuego, pero pronto sucumbe a la tos y al aburrimiento.
—Si nos buscan, quizá vean el humo —dice Martin.
—Nadie va a empezar a buscarnos hasta que se den cuenta de que no estamos a la hora de la cena —responde Scotty.
—¡Mierda! —exclama Jasper—. ¡Mirad! —Señala hacia el sur. En el horizonte, ven unos nubarrones de tormenta, aún lejanos, pero amenazantes—. Hace media hora no estaban.
—Lo único que nos faltaba —refunfuña Scotty.
—¿Qué hacemos? —pregunta Jasper.
—Avivar el fuego todo lo posible —sugiere Martin.
—No, buscar refugio —lo contradice Scotty—. Tal vez haya una cornisa por ahí. Mudemos el fuego allí antes de que empiece a llover.
Scotty se dirige al extremo más alejado de la playa y busca un refugio bajo el acantilado, mientras Jasper explora la desembocadura del río, junto a las rocas.
Es Martin quien mientras hurga en el borde mismo de la selva encuentra la escalera tallada en la roca, cubierta de musgo y maleza, pero inconfundible. Llama a los otros.
—¿Adónde lleva? —pregunta Jasper.
—Hasta lo alto del acantilado —responde Martin—. Si logramos subir, seguro habrá senderos. Podríamos salir a pie. Llegar a la carretera antes de que oscurezca.