Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

—Heredé una casa. Por esa razón decidí mudarme aquí.

—Frunce el ceño otra vez, mira a Martin.

Él se pregunta si es algo que ya le ha contado cuando él no estaba prestando atención, obsesionado con escribir su libro.

Mandy lo mira con desdén y sigue hablando con Nick—.

Soy beneficiaria de un patrimonio considerable, motivo por el cual Winifred es mi abogada.

Heredé muchos bienes en la región de Riverina, cerca de un pueblo llamado Riversend, y también una casa aquí.

Pertenecía a mi abuela paterna, Siobhan Snouch. Era la casa de su familia.

—¿Tu abuela? —pregunta Martin.

—Sí, la madre de Harley, mi padre. Murió hace años, y sus bienes pasaron a su marido, Eric, y ahora, a mí.

Winifred y Harrold Drake han estado regularizando las escrituras, pagando impuestos atrasados, tasas antiguas y encargando un estudio topográfico.

Esperaba tomar posesión esta semana. Así que quizá Jasper me iba a llevar las llaves.

—No creo —objeta Martin—. Hablé con Denise, la madre de Jasper. Estoy seguro de que me lo habría contado.

—Es cierto —acota Winifred—. El estudio ya está casi terminado.

Se hace silencio mientras cuatro mentes tratan de entender el crimen.

Martin se pregunta sobre la herencia de Mandy.

Por eso eligió Port Silver, es dueña de una casa.

Recuerda muy bien cuando ella le dijo que se mudaría allí: tal vez, estaba demasiado impactado como para escuchar el motivo.

Niega con la cabeza. No es una buena señal: para una pareja que espera construir un futuro juntos, no están comunicándose muy bien.

O, mejor dicho, él no ha estado escuchando con atención.

Pero, claro, mientras se dejaba la vida escribiendo su libro en Surry Hills, no se había comunicado con nadie, salvo con su editor.

—¿Dónde está la casa? —pregunta.

—Del otro lado del río, sobre el acantilado, con vistas al mar.

—¿Es la casa de Siobhan Hartigan? —pregunta Nick.

—No me jodas —dice Martin.

Mandy lo espera sentada a la sombra de un pino, en una mesa de pícnic sobre la playa; tiene la mirada perdida en las olas, los pensamientos en otro lugar.

Martin ha comprado pescado con patatas fritas para él y sushi para ella.

Por un instante, hipnotizada por el reflejo del mar, no percibe su presencia.

El sol brilla con fuerza, hace calor, el mar resplandece.

Martin se detiene, la observa. Parece una visión encarnada; el sol enciende destellos en su cabello recién teñido de cobrizo.

Ella se gira, intuyendo su presencia de algún modo, y sonríe al verlo acercarse; él siente que el mundo recupera su eje, que el horror del homicidio empieza a disiparse bajo la claridad de la luz solar.

Mandy sonríe mientras él reparte la comida y chilla de alegría al ver el sushi; le confiesa que aún disfruta con entusiasmo del pescado fresco tras tantos años en el interior.

Mientras comen, ella señala un grupo de colegiales en una clase de surf; suelta una risa ligera como espuma de mar mientras los chicos intentan ponerse de pie sobre las tablas y acaban cayendo al agua serena.

Él le señala a un hombre gordo, sin camiseta, con el vientre y el pecho temblorosos como gelatina, que avanza por la orilla imitando el trote, aunque a la velocidad de una caminata lenta.

Martin dice que ese será él dentro de unos años; Mandy responde que tal vez ya lo sea.

Sus ojos brillan; disfruta del intercambio trivial, de la charla liviana de una vida normal.

Martin elogia su color de pelo, ella explica que no quería que la reconocieran como la mujer de los periódicos.

Él insiste en que le queda estupendo, ella revela que se lo tiñó sola.

Él le recuerda que ahora es una mujer rica y puede pagarse la peluquería.

Ella lo manda a la mierda con una sonrisa.

Se quedan en silencio mientras almuerzan, cada uno cómodo en la compañía del otro.

El pescado con patatas fritas es grasiento y salado, y está caliente; sabe a gloria.

Pescado con patatas fritas, el capricho de los viernes por la noche de su madre.

A pesar de todo, nunca se cansó de ese sabor.

De niño, había imaginado una vida de riqueza, lujo y descanso, lejos de las penurias de la Barriada: viviría en Nobb Hill, conduciría un coche reluciente y comería pescado con patatas fritas mañana, tarde y noche.

Sonríe para sí: quizá todavía llegue a cumplirlo.

Una corriente constante de veraneantes pasa cerca de ellos: mochileros, turistas y jubilados; los pies chirrían sobre la arena fina como talco.

El orden impecable del rastrillado matutino ya se ha perdido y han vuelto los patrones naturales: crestas y depresiones que imitan la superficie ondulada del mar.

La gente se acomoda aquí y allá, siguiendo una lógica tácita: nunca demasiado cerca de los vecinos.

Los jóvenes van con el torso al aire, con cuerpos ágiles, biquinis y piel brillante de protector solar; los mayores llevan sombreros amplios y gafas enormes; tienen la piel arrugada como fruta que se seca al sol.

Se ven pocos niños, salvo por los de la clase de surf; es día lectivo.

Sopla una brisa ligera y el sol del comienzo de la tarde es implacable; Martin agradece la sombra del árbol.

Observa a los desconocidos alineados frente a ellos como puntos en una presentación.

Se ven tan relajados, atrapados en la perfección del día.

¿Serán sus vidas realmente así de sencillas: comer, dormir, ir a la playa?

¿Vidas ocupadas solo por pequeñas decisiones cotidianas?

¿O solo la superficie será tersa y, como en el caso de Mandy y él, habrá inquietantes corrientes profundas?

Resulta difícil imaginar que alguien tenga una vida libre de sobresaltos; todos, en mayor o menor medida, viven sus propios dramas, de amor y esperanza, de desesperación y desánimo.

Y, sin embargo, cuesta creer que alguno de esos bañistas haya atravesado algo que siquiera se aproxime a lo que Mandy y él han vivido en lo que va del año, y solo están atravesando el tercer mes.

En la orilla, dos madres juegan con sus niños de cuatro o cinco años: construyen un castillo de arena; sus voces animadas viajan con la brisa, entreveradas con el rumor constante de las olas.

—¿Dónde está la guardería de Liam? —pregunta Martin.

—Junto al colegio, en la carretera que lleva a Longton.

—Te pilla cerca.

—Sí. Abrió hace unas pocas semanas. En el momento perfecto. La encargada es una madre soltera, Lexie. Vive en la parte de atrás —explica Mandy—. Se ha encariñado mucho con Liam y no tiene problema en cuidarlo fuera de horario, los fines de semana, cuando sea. Es una bendición.

—¿No es demasiado pequeño para ir a una guardería?

Mandy sonríe.

—No, tiene diez meses. Le hace bien la normalidad. Algunos empiezan a ir a las pocas semanas de nacer. —Se muerde el labio con expresión preocupada—. Liam va a estar bien, ¿no, Martin?

Él se limpia la grasa de la mano.

—Por supuesto. ¿Por qué lo dices?

La preocupación apaga la luz de su rostro.

—No puedo dejar de pensar en Jasper, así, en el suelo.

Ahogándose con su propia sangre, escupiendo y borboteando, tratando de respirar.

De vivir. Cierro los ojos y estoy otra vez allí, entre los sonidos y los olores.

Abro los ojos y veo esto, este paraíso —mueve una mano hacia la playa—.

Veo esto y me imagino un futuro aquí, pero cuando cierro los ojos, lo único que veo es el pasado.

Siempre está ahí, esperándonos. —Suelta un largo suspiro.

—Mandy, eso pasó ayer. Date tiempo. La policía encontrará al asesino y todo quedará en el pasado. El futuro seguirá aquí, esperándonos. Esperando a que lo construyamos. Con Liam.

Ella asiente, como aceptando las palabras sabias de él, pero tiene el ceño fruncido y los ojos tristes.

—¿Por qué no me contaste que te criaste aquí?

Martin suspira.

—No lo sé. Debería habértelo contado. Supongo que no quería estropear las cosas, estabas tan ilusionada…

—¿Estropear las cosas? ¿En qué sentido?

Él aparta la mirada, incapaz de sostener la de ella. Traga saliva. La verdad. Ahora es el momento de empezar. Vuelve a mirarla, clava sus ojos en los de ella.

—No tuve una buena infancia. Mis padres murieron. Mis hermanas también. Me quedé solo. —Intenta decirlo con tono neutro, como si se tratara de algo corriente, pero sabe que no lo consigue, que la voz lo delata, que ella percibe la emoción contenida tras las palabras.

—Ay, Martin… —Mandy le aprieta la mano con suavidad, pero él ya no puede mirarla.

Fija la vista en el mar, sin ver nada, luchando por contener la marejada de emociones que lo sacude.

Finalmente, se vuelve hacia ella: —Port Silver era un buen lugar —dice para tranquilizarla—.

De verdad, te lo aseguro. Antes de que todo se fuera a la mierda.

Ser niño aquí… era genial. Lo había olvidado.

Ella no responde de inmediato; cuando habla, lo hace con voz suave, cargada de empatía.

—¿Por eso no viniste enseguida? ¿Por eso te quedaste en Sídney escribiendo tu libro?

Él se encoge de hombros, finge displicencia.

—Tal vez. No lo sé. Pensé que sería mejor quitarme el libro de encima. Ponerle punto final a Riversend, dejarlo atrás y volver a empezar aquí.