Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El mar sigue siendo el mar, la playa sigue siendo la playa; por más cambios que arrasen The Boulevarde, por más dinero nuevo que blanquee miserias viejas, por más vueltas que haya sufrido su propia vida, el agua sigue siendo el agua: acogedora, imparcial, constante.

Martin avanza a saltos entre las pequeñas olas espumosas que solo le cubren los tobillos, pasa junto a los niños que chapotean, junto a los mochileros que se lanzan una pelota en la rompiente, junto a los críos sobre sus primeras tablas blandas y se adentra más, abriéndose paso entre olas de mayor tamaño, sintiendo cómo lo envuelve la fuerza del agua.

Se adentra más, zambulléndose bajo un muro verde y cristalino que se alza ante él; abre los ojos, roza el fondo con la mano justo cuando la ola le lame los pies.

Al emerger, da unas brazadas de crol; los hombros responden bien a esa sensación conocida.

Sigue nadando, pasa la rompiente hacia la zona donde se forman las olas.

Se pone en posición vertical, braceando suavemente; los pies ya no tocan el fondo, siente el vaivén del mar, el poderoso aliento del océano.

Inspira hondo y se zambulle, ojos abiertos, en la transparencia atravesada por el sol.

Desciende hacia aguas más frías, roza de nuevo el lecho arenoso con satisfacción y vuelve a subir, sin impulsarse, dejándose flotar hacia la superficie, hacia los haces dorados que atraviesan el agua.

El mar se siente tan bien, tan genuino; lava los restos de la celda policial, borra el rastro persistente de la muerte, le quita de la piel el pasado reciente.

Mueve los brazos en el agua y respira con más esfuerzo, mientras echa un vistazo a su entorno.

El mar se extiende, abierto, sin amenazas.

Le llegan recuerdos, giran a su alrededor: olas salvajes en un mar encrespado por la tormenta, él atrapado en una corriente de resaca, nadando en diagonal para salir más allá de la rompiente, solo para que una ola gigantesca lo revuelque, le arranque el aire de los pulmones; la lucha desesperada por respirar.

Otro recuerdo: besa a una chica entre las dunas, pero ella se ríe de él y se aleja.

Merodea con Scotty y Jasper, fumando cigarrillos y bebiendo, lanzando las colillas con soltura ensayada, burlándose de la formalidad de los socorristas del club y de sus ridículos gorros a rayas.

El agua, fresca y serena, fluye sobre él y lo apacigua.

A unos quince metros, en paralelo a la playa, un hombre mayor nada hacia él, avanzando con método, sin prisa.

Martin lo observa cuando pasa, se pregunta si estará nadando de un extremo al otro dentro de la zona delimitada por las banderas rojas y amarillas, o si no le importan en absoluto los socorristas ni sus intentos de ponerle normas al mar.

Por la forma en que se desplaza, sin prisa ni esfuerzo, podría ser un antiguo socorrista, un miembro vitalicio del club, un veterano de Port Silver.

Martin se zambulle de nuevo y desciende hacia el verde cada vez más profundo, sintiendo otra vez el vaivén suave de la marejada y las corrientes benignas.

El agua lo envuelve, lo perdona y lo libera para que vuelva a emerger.

El sol y el mar, la tierra y el viento. Y por primera vez desde que Mandy le confesó su intención de mudarse allí, a ese caldero que fue su juventud, por primera vez desde que terminó su libro de crímenes reales, se reordenó y dejó Sídney atrás, por primera vez desde que bajó el escarpe, siente que quizá no sea tan malo haber regresado.

El pasado es inmutable, sí, pero queda lejos, es manejable; el futuro aún no está escrito y podrá modelarse desde el presente, Mandy y él podrán forjarlo.

El mar sigue siendo el mar, pero el pueblo está cambiando. Tal vez, solo tal vez, todo salga bien.

En los vestuarios, por encima de la playa, entre el puesto de socorristas y el hostal para mochileros, tras cruzar la arena ardiente y el cemento abrasador, Martin cierra los ojos bajo el chorro de la ducha.

Vern. Tal vez, su regreso a Port Silver esté predestinado; tal vez, sea su oportunidad para enmendar errores, para recuperar el vínculo con su tío mientras intenta reconciliarse con su propio pasado.

Surge un recuerdo. Tras volver a la casa de Vern desde algún sitio, quizás el colegio, encuentra a su tío en la mesa de la cocina, con los ojos llenos de lágrimas.

Frente a él, un formulario, una solicitud para algún tipo de licencia náutica.

Martin lo ve allí, con el rostro tenso por la frustración y la mirada cargada de rabia y de vergüenza.

Sin decir palabra, Martin completa el formulario rápidamente, en silencio, y luego señala el espacio reservado para la firma infantil de Vern.

Sale de la cocina de nuevo, confundido y avergonzado por la incapacidad de su tío, sin llegar a comprender cómo a un hombre tan astuto y hábil puede resultarle tan difícil aprender.

Una recepcionista, con pelo lacio y perfecto como una peluca de nailon, la falda estrecha afilada como una plumilla y un perfume que flota, gentil, en la frescura del aire acondicionado, guía a Martin por las oficinas de Drake y Asociados hasta una sala de reuniones con paredes de cristal ahumado, sillas giratorias de cuero negro y una mesa de madera negra, lisa e impecable, tan pulida, tan inmaculada, que Martin al principio la confunde con piedra o resina.

En su centro exacto, hay un jarrón de cerámica blanca con lirios recién cortados.

Detrás de la cabecera, colgado sobre una pared de ladrillos de arenisca —la única que no es de cristal—, un televisor de gran tamaño, apagado.

Al otro extremo de la sala, un aparador sostiene una jarra de agua plateada y vasos.

La habitación está tan libre de polvo como una sala donde se fabrican ordenadores; en el aire solo flota un aroma a cuero, lirios y dinero.

Las oficinas de Drake y Asociados, que ocupan toda la planta más alta, el tercer piso, no desentonarían en un rascacielos de Manhattan.

Entra un hombre de unos sesenta años. Tiene abundante pelo gris y la piel tersa de quien se siente satisfecho consigo mismo. Viste un traje impecablemente cortado; los gemelos de sus puños brillan con la luz y sonríe con dientes perfectamente alineados.

—Soy Harrold Drake. Martin, bienvenido.

Se estrechan la mano. La recepcionista, que sigue apostada junto a la puerta, le pregunta a Martin qué tipo de café expreso prefiere. Él responde que preferiría una taza de té.

—Toma asiento, Martin —dice Harrold Drake—. Los demás llegarán enseguida.

Martin está a punto de sentarse cuando escucha la voz de Mandy.

—¿Ya está aquí? ¿Martin?

Y entonces, ella cruza por la puerta y se lanza en sus brazos; lo aprieta con fuerza, apoya la cabeza en su hombro, antes de separarse un poco para poder mirarlo a los ojos. Martin ve el amor en su mirada, el alivio. Ella lo besa, no por mucho tiempo, pero con pasión.

—¡No sabes cuánto me alegra verte! —exclama.

Pero sus palabras son solo un subtítulo; lo que llena por completo la pantalla de Martin es su rostro, pura perfección cinematográfica.

Por un instante, su corazón no bombea sangre, sino emociones: deseo, ternura, amor.

Y Martin comprende, una vez más, lo valiosa que es esa mujer para él, cómo ha conseguido derribar sus defensas y lanzar un salvavidas al oscuro mar de su soledad.

—Me alegro de estar aquí… por ti —dice él, sorprendiéndose a sí mismo con la sinceridad de sus palabras. Y luego, para aliviar la emoción del momento—: Me gusta tu color de pelo.

—Gracias.

—¿Dónde está Liam?

—Lo dejé en la guardería de camino a buscar a Winifred —responde Mandy.

—Vayamos al grano, entonces —dice una voz, en tono profesional.

Cuando Martin mira más allá de Mandy, ve a Winifred Barbicombe.

La abogada está tal como la recordaba: postura erguida, traje discreto de seda y lana fina, gafas de medialuna colgando de una fina cadena dorada.

Debe rondar los setenta, pero no hay señales de que la edad la haya disminuido en absoluto.

Su voz es firme, resonante, y su mirada es aguda e inteligente.

—Me alegro de que estés aquí, Martin. ¿Dónde está tu abogado?

—Aquí —responde Nick Poulos, mientras entra en la sala delante de la recepcionista—. ¿Llego tarde?

Lleva un traje de lino azul y una camisa blanca también de lino, ambos arrugados, lo que proyecta una imagen de profesionalismo desenfadado.

Sus botas marrones con elástico lateral están lustradas y se ha afeitado; la barba incipiente de las cinco de la tarde se ha reducido a una leve sombra.

Martin se pregunta si así se presentará ante el juez de instrucción. Es probable.

—Gracias, Harrold —dice Winifred—. A partir de aquí nos encargaremos nosotros.

Harrold Drake parece desconcertado al verse excluido de su propia sala de reuniones, pero se recompone enseguida.

—Perfecto. Llamad a la chica si necesitáis algo. —Y se marcha, lanzando una mirada fulminante a Nick, como si el joven abogado estuviera invadiendo territorio ajeno, antes de cerrar la puerta detrás de sí.

Winifred se dirige primero a la cabecera de la mesa, pero cambia de idea. Decide acomodar a los presentes a ambos lados. Martin junto a ella, frente a Mandy; Nick junto a Mandy, frente a Winifred. Martin aprecia la disposición; no son dos bandos enfrentados.