Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 4 #3
11%

CAPÍTULO 4 #3

Vern se gira hacia sus amigos, murmura unas palabras, recoge su café y los restos de un sándwich tostado. Se sienta en la mesa de Martin.

—Esto me ha alegrado el día, Martin. ¡Joder, me ha alegrado el año! ¡Estoy feliz de verte!

—Yo también, Vern. Me alegra verte. Siento haber sido un imbécil egocéntrico. Te mereces algo mejor.

—No sé de qué hablas.

Pero claro que lo sabe. Y Martin también.

Fue Vern, con solo veintiún años, quien se convirtió en el pilar emocional de un Martin de ocho.

Fue Vern quien dejó la escuela oficialmente a los quince —extraoficialmente a los doce—, quien casi no sabía leer ni escribir, pero lo acogió en su casa, lo mantuvo y le insistió para que terminara el bachillerato.

Y fue Vern, lleno de amor y orgullo, quien le mandó dinero mientras Martin trabajaba para pagarse la universidad.

Vern, con quien Martin después dejó de tener contacto.

El periodista estrella, ensimismado, estaba decidido a enterrar Port Silver y su dolor, a construir su carrera, y casi ni le dio las gracias a su tío.

Recibía tarjetas de cumpleaños y de Navidad, pero rara vez respondía, avergonzado por las cartas escritas con torpeza, por la ortografía infantil.

Más tarde, ya graduado y económicamente independiente, Martin siguió recibiendo tarjetas.

Con el tiempo, empezaron a llegar dirigidas al Sydney Morning Herald , porque Vern ya no sabía su dirección particular…

y aun así siguieron llegando. En un momento, queriendo olvidar, queriendo dejar atrás Port Silver para siempre, Martin le envió un cheque, un intento de compensar, de devolver todo lo que su tío había hecho por él.

Vern nunca lo cobró. Pero las tarjetas dejaron de llegar.

Martin lo mira a los ojos, esos ojos azules y bondadosos, y se pregunta cómo pudo haber sido tan cruel y desconsiderado.

—En serio, Vern. Te pido perdón.

—No te preocupes, muchacho. Estás de vuelta. Estás de nuevo entre los tuyos.

—¿Sabes lo de Jasper Speight?

—No. ¿Qué ha pasado?

—Ha muerto. —Sus palabras borran la sonrisa del rostro de su tío—. Lo siento, Vern.

—¿Ha muerto? ¿Lo dices en serio?

—Lo encontré muerto ayer. Lo apuñalaron.

Martin no logra contener la emoción en la voz; hace tan solo un instante, parecía un adolescente sonrojado y al siguiente, un niño quebrado, con la voz temblorosa.

Hasta hace un año era corresponsal, llevaba su profesión como una coraza: orgulloso, distante, imperturbable.

Pero ya no. Algo había pasado en Oriente Medio, algo más en la reseca región de Riverina, asolada por la sequía.

Ha cambiado. Le han quitado la armadura.

Y no se está dirigiendo a un jefe de sección, no está informando a una sala llena de periodistas: está mirando a los ojos al hombre que lo crio.

El que creyó en él. El que lo rescató. Ve el dolor en los ojos de su tío y siente lágrimas en los suyos.

Y se da cuenta, incluso mientras se estremece, de que todos esos años de distancia y de negación han sido inútiles: hay cosas de las que no se puede escapar.

Vern niega con la cabeza.

—Así que Jasper, ¿eh? ¿Entonces era él el hombre al que mataron ayer en una casa en la calle Riverside Place?

—Sí —responde Martin, tratando de que no le tiemble la voz en esa única sílaba.

—¡Qué horror! —exclama Vern—. Nadie merece eso.

—¿Puedo preguntarte cosas sobre él, Vern? ¿Sobre Jasper?

—Sí, claro. ¿Por qué?

—Quiero averiguar quién lo mató.

Los ojos de Vern recuperan algo de brillo.

—¿En serio? Qué bien. Una investigación del Herald. —Y enseguida se vuelven a apagar cuando recuerda de qué están hablando—. Bueno, cualquier cosa que pueda hacer para ayudar, no tienes más que pedírmelo.

—Gracias.

Pero antes de que Martin pueda hacerle una pregunta, Vern añade:

—Oye, Martin, discúlpame, pero esos tipos con los que estoy… es por negocios. Tengo que volver con ellos. Pero hagamos una cosa: venid a cenar esta noche, trae a tu chica, ¿qué te parece?

—De acuerdo. Quizá. No sé si querrá salir. Todavía no la he visto.

—Bueno, vente tú. Así hablamos. Toma…—Vern saca una tarjeta personal.

Martin observa cómo su tío escribe con esfuerzo su dirección en el reverso, apretando el bolígrafo como un niño.

Se la entrega a Martin, sonriendo como si se sintiera orgulloso de su caligrafía—.

Llámame si no puedes venir, pero no lo dejes para muy tarde.

Voy a encender la parrilla. Comeremos algo, hablaremos de Jasper, de los viejos tiempos.

Vern se pone de pie; Martin, también. Su tío lo mira una vez más de arriba abajo, como si necesitara asegurarse de que su sobrino es real.

—Martin Scarsden, ¿eh? De vuelta en Port Silver. ¡Qué maravilla! —Y lo envuelve en otro abrazo rápido, fuerte, antes de soltarlo—. Tengo que irme, muchacho. Nos vemos esta noche.

Mientras Vern regresa con sus acompañantes, Martin mira la tarjeta de presentación. “Vern Jones. Excursiones de pesca y avistamiento de ballenas”. Y al dorso, la dirección, con letras torcidas y ortografía imprecisa.