Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Al cruzar el vestíbulo, el club se revela como un único y amplio espacio, con puertas de cristal plegables que abren paso a la terraza y permiten que la brisa marina lo inunde todo.

El ambiente es próspero, desenfadado. Al fondo, hay una zona delimitada para las tragaperras y nada más.

El resto de la sala se distribuye en áreas definidas solo por alguna que otra planta artificial y por las variaciones del mobiliario: mesas redondas altas rodeadas de taburetes frente a la barra, mesas y sillas para comer o tomar café junto al bistró y sillones orientados hacia una pantalla enorme, situada en el extremo opuesto a las máquinas tragaperras.

En la televisión, dan un partido de críquet intrascendente en Doha que nadie mira.

La parte posterior del edificio, hacia el vestíbulo, está ocupada por una larga barra, los mostradores del bistró y una cafetería.

La mayoría de los clientes están fuera, en la terraza; el interior del club está casi desierto.

Martin mira su reloj. Aún no son las diez, falta más de media hora para que llegue Nick Poulos…

si es que llega puntual. Revisa el móvil: ningún mensaje de su abogado, nada nuevo de Mandy.

Intenta hablar con ella, pero la llamada va directo al buzón de voz.

Sin duda, estará reunida con su abogada, mientras él espera al suyo.

O tal vez esté con Liam, una excusa tan válida como cualquier otra para no contestar.

Se acerca al mostrador y pide un café. Paga por adelantado, sin que nadie le hable de mezclas o de procedencias.

Cuesta la mitad y sabe igual de mediocre.

Lo lleva afuera, a la terraza, y busca una mesa libre.

Por encima de su cabeza, varios paños de lona se superponen, tensados por cables de acero; dan sombra y un toque de color: azules, blancos, amarillos.

Desde allí, contempla la arena rastrillada, los cuerpos esculpidos y, más allá, Nobb Hill y el faro, y por debajo de ellos, los surfistas que flotan sobre un mar en calma.

Puede que más tarde apriete el calor, pero allí a la sombra, con la brisa suave que llega desde el océano, el día parece perfecto.

Ojalá Jasper Speight estuviera allí para compartirlo, con una cerveza fría en la mano y décadas de historias para contar.

El móvil vibra sobre la mesa de cristal: un mensaje de texto.

“Cambio de planes. Nos encontramos en el bufete Drake. A mediodía. Piso 3, número 18 de The Boulevarde. Nick”.

Fastidiado, Martin niega con la cabeza, pero contesta con un emoticón del pulgar hacia arriba y luego guarda el número del abogado en sus contactos.

Dos horas más. Debería buscar un sitio donde ducharse y cambiarse de ropa; después de pasar la noche en la celda, teme estar empezando a oler mal, lo que arruinaría la perfección de postal que es Port Silver.

Puede ir a buscar el coche, que sigue aparcado frente a la casa de Mandy, con su equipaje en el asiento trasero.

Podría nadar en el mar, ducharse en los vestuarios públicos.

Está terminando el café, ya con el plan decidido, cuando lo ve por encima del borde de la taza. Vern.

Su tío está a unas mesas de distancia, mirándolo fijamente.

No está solo: hay dos hombres frente a él, de espaldas a Martin, pero es su sobrino quien ha acaparado toda su atención.

Sus miradas se encuentran y no se apartan.

Martin no puede pensar; no había previsto ese encuentro.

No así. Vern se pone de pie y se acerca.

—Martin.

—Vern.

—Has vuelto.

—He vuelto.

Y entonces, como el amanecer que asoma sobre el mar, la sonrisa aparece en su rostro: pequeña al principio, pero cada vez más grande, hasta que sus labios se abren y le brillan los dientes, una sonrisa cargada de alegría y bienvenida.

—¡Martin! Mi muchacho. Bienvenido. ¡Bienvenido!

Vern da un paso adelante, rodea a Martin con los brazos y lo estrecha con fuerza. Martin siente la firmeza de los brazos de su tío, la potencia de su pecho y la profundidad de su afecto. Le devuelve el abrazo: Vern, su único pariente vivo.

El abrazo termina. Martin ve que los compañeros de su tío han dejado de hablar y se han girado para presenciar la escena. Vern se vuelve hacia ellos, la voz rebosante de alegría.

—¡Es Martin! Mi sobrino. El periodista. El hijo de mi hermana. ¡Ha vuelto!

Ahora sonríe, feliz, y le da unas palmadas en la espalda a Martin, sin dejar de mirarlo con una mezcla de orgullo y cariño.

Su cabello, aunque salpicado de canas, sigue siendo espeso; hay arrugas en las comisuras de sus ojos, pero su rostro mantiene un aire juvenil.

La piel del cuello empieza a aflojarse, sí, pero sus ojos azules siguen tan claros y brillantes como siempre.

Martin tiene cuarenta y un años; su tío debe de rondar los cincuenta y cinco.

—Vern, te pido perdón.

—¿Perdón? ¿Perdón por qué?

—Ya sabes por qué. Por todo.

—Tonterías. Olvídalo.

A Martin le cuesta creerlo. Vern tiene todo el derecho del mundo de guardarle rencor y, sin embargo, en su rostro, no hay otra cosa que alegría pura.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —pregunta su tío.

Ahora Martin sonríe.

—Bastante. Quizá para siempre.

—¿Para siempre? ¡Hostia puta! ¿De verdad, para siempre?

Martin se ríe.

—Tal vez.

—No lo puedo creer. ¡Si ya era difícil mantenerte en el país, imagínate en un pueblucho perdido de Nueva Gales del Sur!

—Al pueblucho parece estarle yendo muy bien —comenta Martin.

—Es por una chica, ¿no? Tiene que serlo. —Vern sonríe—. No me lo digas: es la rubia de los periódicos, ¿o no? Ese bombón de allá del interior. Una belleza.

Martin no puede evitarlo y sonríe también.

—¿Es ella? ¡Ja, lo sabía! ¡Qué cabrón con suerte!

Martin siente que se ruboriza; el curtido corresponsal extranjero retrocede, de pronto, a la adolescencia. Habla con lo que intenta que sea una voz firme:

—Se llama Mandalay. O Mandy. Mandy Blonde.

—¡Cojonudo! —exclama Vern, dándole una palmada en el hombro—. Me cae bien esa Mandalay Blonde que ha conseguido traerte de vuelta. ¿Cuándo voy a conocerla? Tengo que invitarla a una copa.

—Pronto. Pronto, espero.

—Qué bien. Pero déjame invitarte a un trago ahora. Celebremos el retorno del hijo prodigio.

—“Pródigo”, Vern. —Martin se ríe—. Es “pródigo”.

Pero Vern ya no sonríe.

—Uy, mierda. Perdona, Martin, olvidé que no bebes.

—No pasa nada. Ahora pruebo algo el alcohol. Lo retomé al terminar la universidad, cuando empecé a trabajar como periodista. Pero tienes razón, no a las diez de la mañana.