CAPÍTULO 4
De vuelta en la calle, frente a la Inmobiliaria Speight, el teléfono de Martin marca las nueve y treinta y cinco.
Falta una hora para reunirse con Nick Poulos.
Llama a Mandy, pero, una vez más, lo atiende directamente el buzón de voz.
Mientras evalúa su próximo paso, ve que se acerca Morris Montifore.
—Buenos días, Martin. Espero que no estés metiendo las narices donde no te llaman.
El tono del policía es jocoso, pero Martin se siente agotado tras su encuentro con Denise Speight y abrumado por los recuerdos de la escena del crimen. No está de humor para bromas.
—Encuentra al asesino, Morris, ¿quieres? Avísame si puedo ayudarte.
Montifore capta al instante la seriedad de su tono.
—Por supuesto. Lo siento. Cuídate.
Desde la calle de enfrente, cargando una bandeja con tres cafés para llevar, aparece el ayudante de Montifore, Ivan Lucic. Saluda a Martin con un gruñido antes de seguir a su jefe hacia la inmobiliaria.
Un poco más adelante por The Boulevarde, Martin encuentra una galería cubierta que conduce hasta la playa.
Pasa junto a una librería de segunda mano, un local de fideos al estilo oriental, dos escaparates vacíos con carteles de “SE ALQUILA” de la Inmobiliaria Speight y una tienda de surf, y sale a un sendero peatonal que serpentea entre pinos de Norfolk, justo por encima de las dunas.
Sigue caminando por el sendero; luego, baja por unas escaleras de hormigón hasta llegar a la playa.
Alguien ha rastrillado la arena. ¿Quién rastrilla una playa?
Sin duda, el municipio, con algún tipo de tractor.
Pero ¿por qué? ¿Para qué peinar una playa?
Un anciano pasa encorvado sobre un detector de metales, la piel de la espalda como cuero curtido por el sol.
A Martin le viene a la mente un recuerdo de su adolescencia: cuando cortaba el césped de los jubilados del pueblo a cambio de unas monedas.
Las urracas lo seguían, buscando lombrices, picoteando con precisión quirúrgica la hierba recién cortada.
El buscador de tesoros le recuerda a aquellas urracas.
Martin lo observa: el hombre se agacha, recoge algo, lo inspecciona y lo deja caer en una bolsa que lleva colgada del hombro.
Martin se da cuenta de que había olvidado por completo aquella época de cortar el césped.
El anciano no está solo: la playa empieza a llenarse de mochileros de cuerpos relucientes y lustrosa displicencia; algunos dormitan sobre sus toallas, otros fuman y varios están pegados al móvil, publicando imágenes que despiertan envidia en familiares aún atrapados en el invierno del hemisferio norte.
Nadie parece estar conversando, como si las fiestas de la noche anterior los hubieran vaciado de palabras.
En el cabo, bajo el faro, un grupo disperso de surfistas flota a la deriva, esperando que la marejada suave se confabule para levantar alguna ola.
El cielo está despejado y el sol comienza a ganar fuerza.
El calendario ha cruzado oficialmente al otoño, pero el verano aún perdura en esta costa subtropical del norte de Nueva Gales del Sur.
Solo la calidad de la luz y la inclinación del sol sugieren que el estío empieza a retirarse.
En su juventud, un martes por la mañana, en día laborable, la playa habría estado casi desierta; solo Jasper, Scotty y él, saltándose las clases y fumando cigarrillos entre las dunas. Ya no.
Mira otra vez hacia el sur. El faro sigue igual, inmutable y severo, dominando el perfil del cabo, blanco, resplandeciente contra la claridad azul del cielo.
Esparcidas bajo su sombra, Martin distingue las casas ostentosas de los jubilados adinerados y de los que cambiaron la ciudad por el mar, procedentes de Sídney y Melbourne; refugios vacacionales de directivos y banqueros, de lugareños que han prosperado.
Nobb Hill, la llamaban de niños. Siempre había sido la dirección más codiciada de Port Silver: casas de ladrillo en un pueblo de fibrocemento.
Ahora, el ladrillo va desapareciendo, sustituido por acero y hormigón, piedra y madera tratada, ventanales de suelo a techo y terrazas en voladizo suspendidas bien por encima de la plebe, ofreciendo vistas a los amaneceres, al paso de las ballenas y al largo arco dorado de Town Beach al norte y Five Mile Beach al sur.
Se pregunta si fue allí donde terminó Jasper, en Nobb Hill, entre las historias de éxito de Port Silver.
No le sorprendería. Por mucho que Denise diga que los promotores se llevan la mejor parte, lo cierto es que el negocio inmobiliario debe de dejar una buena tajada en la ciudad en la que se está convirtiendo Port Silver.
—¡Martin!
Se gira. Son los mochileros, Topaz y Royce, que se acercan por la playa.
Royce lleva un traje de baño de surf hasta las rodillas, el torso desnudo y plano como una tabla, una bolsa playera colgada del hombro y las gafas de sol ladeadas con despreocupación.
Pero es Topaz quien capta toda la atención de Martin.
Está casi desnuda: su biquini no es mucho más grande que la sirena que tiene tatuada a un lado del ombligo.
Él no sabe bien dónde mirar y, como si lo percibiera, ella acentúa el vaivén de sus caderas un par de grados antes de detenerse, los hombros erguidos, los pechos proyectados hacia delante sin atisbo de pudor.
—Ey, ¿qué ha pasado? —pregunta Royce—. La poli vino a buscarnos, a investigarnos. Querían saber si nos habías llevado o no.
—¿Qué les dijiste?
Royce se encoge de hombros.
—La verdad, por supuesto. Que nos recogiste, nos dejaste en el hostal. Qué hora era, cuál era tu estado de ánimo. ¿Qué ha pasado?
—Me topé con un asesinato pocos minutos después de dejaros.
—¡No me jodas! ¿Un asesinato? ¿Aquí? —Royce mira a su alrededor, al paisaje sereno de la playa—. Qué fuerte, ¿no?
—Sí. Gracias, de todos modos. Al final, resultó que me servisteis de coartada.
—¿En serio? ¿Sospechaban de ti? —pregunta Royce, con tono de asombro, como si Martin acabara de salir de un pódcast de crímenes reales.
—Solo por un rato. Gracias a los dos.
—Genial —interviene Topaz—. Entonces, un día de estos puedes invitarnos a cenar. —Su expresión es juguetona, segura de sí misma.
—De acuerdo —responde Martin.
—Perfecto. Nos vemos —agrega ella y se aleja con paso lánguido. Royce sonríe, levanta una ceja por encima de sus gafas torcidas y la sigue.
Martin no puede evitar girarse para mirar. Las nalgas de Topaz se balancean provocativamente a cada paso. “Qué patético eres”, se reprende.
El Club de Socorristas de Surf de Port Silver sigue ocupando la misma ubicación privilegiada frente a la playa urbana, pero el sencillo cobertizo construido por voluntarios que Martin recuerda de su infancia ha desaparecido.
En su lugar, se alza ahora una imponente estructura de dos plantas que emerge de las dunas como una terminal de aeropuerto.
Una terraza de acero ocupa los cuarenta metros de largo, proyectándose sobre la arena blanca; a pesar de que es temprano, ya está bastante concurrida.
Mientras camina por la playa en dirección al edificio, Martin ve que la planta baja, sombreada por la terraza, sigue dedicada al propósito fundacional del club: cortinas enrollables abiertas dejan a la vista botes de salvamento tradicionales, carretes de cuerda, kayaks de surf; el equipo clásico del socorrismo en las competiciones de surf.
Sobre la playa, en cambio, el equipo es mucho más moderno: una moto de agua reluce sobre un remolque enganchado a un quad, lista para entrar en acción.
Una pequeña torre de vigilancia observa el mar entre las banderas rojas y amarillas.
Junto a la base, socorristas con ajustados slips de baño y torsos musculosos posan sin disimulo, flexionando los bíceps con aire causal y echando un ojo a las mochileras que pasan.
¿Cuándo empezaron a patrullar la playa también entre semana? ¿Seguirán siendo voluntarios?
No hay acceso a la terraza desde la playa, así que Martin sube por el sendero entre las dunas hasta la puerta que da al bulevar.
El vestíbulo está revestido de placas de honor con letras doradas sobre madera oscurecida con los años y vitrinas repletas de trofeos de plata ennegrecidos con la brisa marina, reliquias del antiguo club que ahora parecen piezas de museo.
Fotografías en blanco y negro de hombres sonrientes en bañadores pasados de moda se van desvaneciendo en sus marcos barnizados y se mezclan con imágenes granuladas de décadas más recientes: hombres con grandes bigotes, pechos velludos y bañadores minúsculos; los gorros rojos y amarillos descoloridos por el tiempo.
Hay un mostrador con los formularios habituales para que los visitantes ocasionales se registren por su cuenta. Pero Martin se fija en una joven que camina mientras lee en un dispositivo, con el pelo recogido, vestida para ir a la oficina, no para la playa; es la imagen de la eficiencia.
—Disculpa —dice él—. ¿Para inscribirse?
—¿Quieres hacerte socio?
—Si es posible…
—¿Eres lugareño? Hay que ser de aquí.
—Sí, estoy mudándome.
Ella frunce el ceño.
—Bueno, en realidad vuelvo a casa. Crecí aquí.
Su expresión se suaviza.
—Ah, entonces, no hay problema.
—¿Cuánto cuesta?
—Veinte dólares por un año, cincuenta por tres. Veinte por ciento de descuento en comida y bebida.
Martin sonríe.
—Difícil discutir con eso.
—Tres años, entonces.
—Hecho. El negocio de las máquinas tragaperras debe de ir viento en popa.
—Sí, son lo peor.