CAPÍTULO 3 #4
—Son dos. La que quiere comprar toda Hummingbird Beach es una compañía francesa. Jasper la representaba. El puerto deportivo y el campo de golf son cosa de un promotor inmobiliario local, Tyson St. Clair, que intenta subirse a la ola de la inversión de los franceses.
Martin parpadea. Denise Speight intenta sonar neutral, como si hablara sin emoción, pero hay algo en su tono de voz: suena disgustada.
—¿No estás de acuerdo?
—Ese hombre no va a parar hasta ser dueño de todo el pueblo. —Esta vez, la amargura en su voz es más evidente.
Martin se toma un momento para asimilarlo.
—Entonces, Jasper representaba a los franceses y estaba tratando de conseguir la aprobación para el desarrollo urbanístico de Hummingbird Beach, y al mismo tiempo se oponía al proyecto del puerto deportivo y el campo de golf de Tyson St. Clair, ¿es así?
—Sí, exacto.
—Eso debió de generar cierta tensión, ¿no?
—No sabría decirte.
—¿No hablabais del asunto entre vosotros?
—No. Él sabía que St. Clair no es santo de mi devoción. No hablábamos del tema.
Martin toma nota mental de que debe investigar a Tyson St. Clair.
—O sea que Jasper quería que yo lo ayudara a dar a conocer la historia a nivel nacional. Es comprensible. Pero nadie lo mataría por eso. ¿Tenía algo más que contarme? ¿Algo que fuese más delicado?
Denise Speight esboza algo parecido a una sonrisa.
—No lo sé, Martin. Si era así, no me lo contó.
—Entiendo.
La sonrisa desaparece tan rápido como apareció.
—¿Vas a investigar por qué murió? ¿Lo harías por mí? ¿Por él? Siempre le encantaron tus investigaciones.
Martin ve la súplica en sus ojos, percibe el temblor en su voz.
—Sí, por supuesto. Yo también quiero saberlo.
Denise vuelve a esbozar una leve sonrisa, esta vez teñida de gratitud.
—Dices que no sabes si Jasper tenía información que pudiera haberle costado la vida —continúa Martin—. ¿Hay alguien más que pudiera saberlo? ¿Tal vez alguien con quien pudiera haber hablado en confianza sobre el proyecto urbanístico o sobre su relación con St. Clair?
Su sonrisa titila como una linterna con la batería agotada.
—Podrías probar con tu tío Vern.
Vern y él se alejan de la Barriada por la calle Ressling, caminan entre los cañaverales, bajo un sol que baña el mundo con una luz dorada.
Ríen y charlan, envueltos por los vientos cálidos del destino, mientras avanzan hacia un pueblo donde, de pronto, la luz parece más limpia y el aire huele mejor.
Su madre le ha pedido prestado el coche a Vern, ha sentado a las gemelas en el asiento trasero y ha salido en busca del padre de Martin para darle la noticia que les cambiará la vida, para decirle que deje las herramientas, que se despida de los largos turnos de trabajo.
Para contarle lo del primer premio de la lotería, del nuevo comienzo.
Sin otros ganadores, sin nadie más que lo comparta.
Solo ellos. Medio millón de dólares australianos. Una fortuna.
Caminan hacia la carretera principal, Vern y él; el asfalto negro arde bajo el sol, el alquitrán les quema las plantas de los pies a través de las suelas finas de las chanclas.
—Dímelo otra vez, Vern. Dime qué vamos a comer.
—Pescado con patatas fritas, colega —responde Vern—, pero nada de tiburón barato, esta vez no. Vamos a pedir vieiras de Tasmania y langosta de Victoria. Gambas del golfo, grandes como bananas, y barramundi salvaje del norte. Vamos a darnos el banquete más grande de tu vida.
—Anillas de calamar, Vern. ¿Podemos pedir también anillas de calamar?
Vern se ríe.
—Claro, colega, todas las que quieras.
—Y Coca-Cola, Vern. Botellas grandes, bien frías.
—Y champán, muchacho, el mejor que encontremos. Francés.
—¿Me va a gustar, Vern? ¿El champán?
—Tal vez todavía no, pero tendrás que ir acostumbrándote desde ahora.
Y Vern se ríe, con el ánimo desbordante, y a Martin le gusta cómo suena eso de beber champán.
También le gusta imaginar otras cosas: una bicicleta nueva con marchas de verdad, un bate de críquet auténtico, quizá, incluso una tabla de surf. La familia podrá comprarse un televisor nuevo, uno grande, de proyección trasera.
Vern, en cambio, piensa más en grande: dice que podrían dejar de alquilar, salir de su casa de fibrocemento, mudarse de la Barriada y conseguir una casa sobre Five Mile Beach, donde las chicas puedan tener cada una su dormitorio.
Dice que incluso podrían comprarse un coche nuevo.
No un coche de segunda mano “casi nuevo”, sino uno flamante, recién salido del concesionario en Longton.
Un coche que nunca haya sido conducido por nadie.
—¿Y tú, tío Vern? ¿Qué te comprarás?
—¿Yo? Nada, colega. El dinero es vuestro. Lo ganó tu madre. Es para ella, para vosotros.
—Pero ¿y tú?
Y Vern simplemente se ríe.
—Muchacho, no necesito nada. No tengo mujer, no tengo hijos y soy feliz así como estoy.
Y Martin coge la mano de su tío mientras cruzan la carretera a Longton y siente que lo quiere aún más; en silencio, empieza a planear una sorpresa: regalarle una caña de pescar nueva, con un carrete dorado que brille como magia bajo el sol.