CAPÍTULO 3 #3
Martin suelta una carcajada, niega con la cabeza.
—No te creo. Está lleno de tiburones sarda. Nadie en su sano juicio querría construir allí.
—Los tiburones desaparecieron después de que cerrase la fábrica de quesos.
—¿La fábrica de quesos?
—Te sorprenderías.
La fábrica de quesos. No logra imaginarla ni recuerda haber ido nunca y, sin embargo, sabe dónde está, en Dunes Road, bastante al norte del pueblo.
Tiene la sensación de que su padre pudo haber trabajado allí en alguna ocasión, lo intuye, pero cuando intenta aferrarse a ese recuerdo, no sabe si es real o imaginario.
—¿Por qué se oponía Jasper al proyecto de desarrollo? ¿Qué quería proteger?
Denise se pone de pie, rodea el escritorio.
En una de las paredes, hay dos mapas colgados: uno muestra las calles de Port Silver con los bloques numerados y codificados por colores según la zona; el otro es una representación a mayor escala del distrito circundante.
Se dirige hacia este último, en blanco y negro, con líneas de contorno en verde. Martin la sigue.
—Estamos aquí en el pueblo —dice señalando Denise—. El puente te lleva hacia el norte, cruzando el río Argyle hasta Dunes Road, que está elevado, como un terraplén que atraviesa los humedales. La laguna queda, en su mayor parte, a la izquierda, y la antigua fábrica de quesos, en su orilla norte.
Martin estudia el mapa, se vuelve a familiarizar con el paisaje de su juventud.
Dunes Road es completamente recto: corre hacia el norte a lo largo de veinte kilómetros desde el río Argyle.
A ambos lados, el terreno es bajo, y los humedales conocidos como la marisma de Mackenzie, con agua en el centro, ahora se han rebautizado la laguna Crystal.
—Zona propensa a inundaciones —apunta Martin.
—Sí. Allí no se puede construir.
Martin sigue estudiando el mapa. El terreno al este de la carretera, más allá de la laguna, se eleva abruptamente, hasta alcanzar cien metros o más sobre el nivel del mar, y culmina en unos acantilados que corren de norte a sur a lo largo de la costa.
Alguien ha marcado con lápiz las propiedades privadas y ha dibujado casas en lo alto de los acantilados como pequeños cuadrados.
Sus ojos vuelven al camino, siguiéndolo hacia el norte, hasta otro puente más pequeño. Es allí donde la laguna se abre al mar.
—¿La laguna está afectada por las mareas?
—Sí. De vez en cuando, la desembocadura se llena de sedimentos, pero luego llega una tormenta grande y la vuelve a abrir —responde Denise—. Y ahí está el terreno de la antigua fábrica de quesos, justo ahí. Sobre el único pedazo de tierra elevada al oeste de la carretera.
Las curvas de nivel en verde en el mapa lo confirman. Al igual que antes, alguien ha trazado con lápiz los límites de la propiedad privada que rodea la fábrica. Más allá, el terreno parece completamente plano, como si la línea entre tierra y agua fuera discutible.
—¿Y todo esto? ¿Estos humedales? ¿Son terrenos públicos?
—Reserva natural. Hay una reclamación de titularidad de comunidades indígenas sobre esa zona desde hace años, pero quién sabe cuándo se resolverá.
—¿Y hay algo ahí?
—No. Al oeste de la carretera no hay nada.
Solo el terreno de la vieja fábrica de quesos: el resto son manglares, marismas y agua salada.
Lleno de mosquitos, garrapatas y sanguijuelas.
Quizá, algún día se llame laguna Crystal, pero por ahora sigue siendo una marisma.
Aunque dicen que hay buena pesca. Y camarones en temporada.
—¿Entonces por qué Jasper se oponía a que se urbanizara la zona?
—Le gustaba la idea de dejar algo intacto, un espacio verde al otro lado del río. Para las futuras generaciones. —Al pensar en su hijo, en sus ideales, la distracción momentánea del negocio inmobiliario se desvanece y su expresión vuelve a apagarse.
—¿Y qué está previsto? ¿Hay una propuesta concreta?
Denise suspira.
—Un puerto deportivo. En la orilla sur, donde el estuario se encuentra con la laguna, justo al oeste del puente. Pero Jasper creía que acabaría con los manglares y destrozaría el entorno.
Martin reflexiona sobre el proyecto. Sabe que los puertos deportivos generan dinero, pero ese desarrollo le parece muy poco factible. Queda demasiado lejos del pueblo dejar un barco allí.
—¿También planean construir viviendas?
—No alrededor del puerto en sí —responde Denise—.
El terreno es muy bajo, se inunda con facilidad.
El desarrollo está previsto para el lado este de la carretera, aquí en Hummingbird Beach, en tierras privadas.
—Señala el lugar en el mapa. Martin distingue una playa orientada al norte, cerca de donde la laguna desemboca en el mar.
La playa está respaldada por tierras más elevadas; las líneas de contorno verdes confirman que está fuera de la zona inundable.
—Es un terreno privilegiado —continúa Denise—.
La playa está resguardada y recibe el sol en invierno.
Es preciosa. Hay una empresa grande, una multinacional, que quiere construir allí un hotel de lujo, con posibilidad de pisos en propiedad para gente con dinero, y un pasadizo bajo el puente que conecte con el puerto.
La tercera etapa sería un campo de golf alrededor del resto de la laguna, con club social en un terreno alto, donde ahora está la vieja fábrica.
A Jasper no le molestaba el hotel en Hummingbird Beach; le parecía una buena idea.
Lo que quería era que la laguna y los terrenos al oeste de la carretera quedaran intactos.
—¿Y tú? —pregunta Martin—. ¿Qué opinas?
Denise se encoge de hombros.
—No creo que a nadie le convenga que eso siga ahí, sin uso. Me gustaría que se urbanizara, siempre y cuando la comunidad aborigen local no salga perdiendo. Que reciban algo de dinero y oportunidades de trabajo. Esa sería una solución ventajosa para todos.
Martin mira el mapa. Puede entender por qué la zona atrae a los promotores, y también por qué los ecologistas querrían proteger la laguna de marea y las tierras que la rodean.
—¿Cuál es la empresa que está impulsando este proyecto?