CAPÍTULO 3 #2
—¿Señora Speight? —pregunta, regresando de forma instintiva a las formalidades de la infancia.
Ella se vuelve, lo ve; tiene los ojos enrojecidos y ojerosos por la falta de sueño.
—¿Martin? ¿Eres tú? ¿Martin Scarsden?
Él asiente.
—Sí, soy yo.
Ella se lleva una mano a la boca; se estremece.
—Santo Dios… Martin.
Él acorta la distancia entre ambos, sin saber bien qué hacer, qué decir. Ella le toma la mano y se la aprieta con fuerza.
—Está muerto, Martin. ¿Lo sabes? ¿Sabes que Jasper ha muerto?
—Sí, lo sé.
—Tuve que ir a Longton. Al hospital. A identificarlo. —Y vuelve a estremecerse, con los ojos llenos de lágrimas—. Era él.
Una pareja de ancianos pasa junto a ellos frunciendo el ceño con preocupación.
—Entremos —dice Martin—. Hablemos allí.
—Sí —responde Denise Speight—. Sí, buena idea.
Le suelta la mano y abre la puerta. Ya dentro, enciende las luces; se oye un zumbido seguido de varios chasquidos mientras los tubos fluorescentes cobran vida.
Un conjunto de carteles de “SE VENDE” cubre el ventanal del local, tamizando la luz de la calle y ofreciendo cierto grado de intimidad.
Hay un mostrador de recepción vacío, y detrás, dos despachos cerrados con paneles de cristal.
Las paredes están cubiertas con más folletos de “SE VENDE” y “SE ALQUILA”.
—Señora Speight, disculpe, pero ¿qué hace aquí? ¿Hoy? ¿Trabajando?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? No soporto estar en casa. No he podido dormir.
Martin la recuerda como una mujer implacable, de lengua afilada, con poca simpatía hacia Scotty y él.
Pero ahora la ve desorientada, pequeña, vulnerable.
Va vestida con un atuendo de trabajo: pantalones oscuros, tacones bajos, blusa blanca.
Lleva el pelo canoso muy corto. Cualquier otro día habría proyectado una imagen de profesionalismo absoluto, pero hoy no.
Hoy, ni su ropa consigue sostenerla: parece como si se hubiese desinflado.
—¿Hay alguien que pueda acompañarla? —pregunta Martin—. ¿Familiares? ¿Amigos?
Ella niega con la cabeza.
Él insiste.
—Debería tomarse un tiempo. Otra persona puede ocuparse del negocio.
—No. Éramos solo Jasper y yo. Él iba a hacerse cargo de todo a finales de este año.
—Mira a su alrededor, la oficina en silencio, vacía, y reprime un sollozo—.
Todo esto era para Jasper. —Otro estremecimiento.
Casi no logra mantenerse en pie. El espacio parece impregnado de la presencia de su hijo, como si acabara de irse.
—Vamos —le dice Martin con suavidad—. Vamos a otro sitio. Tomemos un café y hablemos un rato.
—No. La policía vendrá pronto. A registrar la oficina de Jasper. Es esa.
La puerta del despacho de su hijo está cerrada.
Martin siente el impulso de mirar dentro, pero ni en broma va a dejar sus huellas en el picaporte ni ningún indicio de haber estado allí.
Se acerca y mira por el cristal. Ve un escritorio con papeles esparcidos.
Un bolígrafo, destapado, con el capuchón al lado, listo para escribir la siguiente frase.
Una taza de café a medio tomar, con una película de leche cuajada en la superficie.
Un abrigo colgado del perchero. Dos sillas vacías frente al escritorio.
—Es como si fuera a volver en cualquier momento, ¿no? —Denise está a su lado.
—Sí, tal cual —susurra él.
—Vamos —dice ella—. Ven a mi despacho. Hablemos allí. —Su voz suena más firme, como si hubiera logrado superar algo de la tristeza que la embarga.
Dentro del despacho, se sienta en su silla; Martin se sienta del otro lado del escritorio, como si fuera un cliente interesado en alquilar una casa y no alguien acompañando a una madre en el duelo de un hijo muy querido.
Detrás de ella, se ven fotos enmarcadas.
Su hijo. Niños. Una imagen descolorida de un hombre de cabello oscuro.
Denise lo mira con ojos enrojecidos.
—La policía dice que lo encontraste tú —afirma.
Martin asiente, sin saber qué decir. Fuera ella le preguntó si sabía que Jasper estaba muerto, ahora dice que sabe que él encontró a su hijo; esto demuestra lo desorientada que está.
—Sí, así es. Yo lo encontré.
—¿Qué pasó, Martin? ¿Quién lo mató?
—No lo sé. Tampoco creo que lo sepa la policía. Al menos, no todavía. Solo vi una herida en la espalda. Debió de haberle alcanzado el corazón. Jasper no se dio cuenta de nada. Debió de haber muerto al instante. O casi al instante.
Denise le dirige una mirada suplicante.
—¿No sufrió?
—No, no lo creo.
—Qué amable de tu parte, Martin. Muy considerado. Pero sé que no es cierto. La policía dice que primero lo apuñalaron en el estómago y en el pecho, y que estaba tratando de huir. Tiene cortes en las manos.
Martin no sabe qué decir. Calla.
—Creen que conocía a su atacante. —Denise mira a la distancia, habla consigo misma y con Martin; luego, vuelve a mirarlo.
—Dijeron que estaban interrogando a tu novia. Mandalay Blonde. De allá lejos, de ese pueblo del interior donde hubo todo ese horror y caos.
—La han liberado —replica Martin con serenidad—. No hay pruebas de que ella haya tenido nada que ver.
—¿Pero estaba allí?
—Creo que sí. En la casa. Pero no sé si presenció el ataque.
—¿Entonces, no escuchó nada? ¿No vio nada?
—No lo sé —responde Martin—. Todavía no he hablado con ella.
—Dijeron que te estaban interrogando a ti también.
—Exacto. Estoy haciendo todo lo posible para ayudar.
Eso parece tranquilizarla. Se vuelve a acomodar en la silla. La tensión abandona su cuerpo, y sobreviene el dolor.
—¿Puedo preguntarle algo, señora Speight?
Ella sonríe, fingiendo que sus palabras le divierten.
—Creo que puedes llamarme Denise y tutearme, Martin. Ya no eres un colegial.
—Gracias, Denise. ¿Jasper era religioso?
—Que yo sepa, no. ¿Por qué lo preguntas?
—Me costó verlo bien, pero cuando lo encontré, tenía en la mano una postal o una foto. Parecía una imagen religiosa de Cristo o tal vez de un santo.
Denise esboza una débil sonrisa, como ante un recuerdo entrañable.
—Una de sus postales. Tenía miles. Las coleccionaba, era su afición.
—¿Postales religiosas?
—No. De todo tipo. Sitios, en su mayoría. Tú fuiste quien lo hizo empezar con eso.
—¿Cómo dices?
—Le enviaste una postal cuando llegaste por primera vez a Sídney. Con Scott. ¿Lo recuerdas?
Martin parpadea. No recordaba haberle escrito a Jasper.
—Siempre hablaba de viajar. Leía todos los artículos que escribías desde todo el mundo. Y coleccionaba postales. Pero, al final, nunca llegó a conocer el mundo. Nunca viajó al extranjero. No como tú.
Martin se pregunta si oye un tono de amargura en la voz de la madre; decide dejarlo pasar.
—¿Sabes por qué estaba visitando a Mandy en su casa?
Denise vuelve a sonreír; es una expresión híbrida, la boca se distiende, pero los ojos siguen tristes.
—No. Hace casi un mes que le alquilamos la casa, pero que yo sepa no había motivos para que fuera hasta allí. Aunque siempre tuvo ojo para las muchachas bonitas. —Se encoge de hombros—. Pero creo que quería verte a ti.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Martin, no tienes idea de lo orgulloso que estaba de ti. Siempre leía el periódico, me mostraba tus artículos. En la sección de noticias internacionales y, últimamente, esas portadas del oeste. Le contaba a quien quisiera escucharlo lo buenos amigos que habíais sido.
Martin siente un arrebato de culpa, de remordimientos. Ahora es su turno de sentir un nudo en la garganta.
—Me hubiera gustado volver a verlo. Era algo que me hacía ilusión.
—Se enteró de que ibas a volver. Pensó que podrías ayudarlo. Como periodista.
—¿A qué te refieres?
Ella se inclina hacia delante, los ojos le brillan, inteligentes: de momento, el dolor queda a un lado.
—Este pueblo ha cambiado, Martin. Todos los años, todos los meses, se construye un edificio nuevo.
El dinero sube hacia el norte desde Sídney y Melbourne, los promotores bajan al sur desde Brisbane y Gold Coast, y se encuentran aquí.
No tienes más que preguntar en The Boulevarde: somos el nuevo Byron Bay, el nuevo Noosa.
Algunos quieren que seamos la nueva Gold Coast, como si fuera algo bueno.
—Pues no parece un mal lugar para ser agente inmobiliario —afirma Martin, y se arrepiente de inmediato de sus palabras—. Perdona. No quise insinuar nada.
—No hay problema. Tienes razón. Nos ha ido muy bien. A los hijos de Jasper no les faltará nada.
—¿Hijos? ¿Estaba casado? —pregunta Martin. Mira otra vez las fotos enmarcadas: los hijos de Jasper.
—“Estaba” es la palabra clave. Se divorció hace unos siete u ocho años. Todo por su culpa. Era un picaflor. —Es una valoración franca por parte de la madre.
—¿Dónde está su ex? ¿Y los niños?
—¿Susan? En Nueva Zelanda. La llamé anoche. Tal vez venga para el funeral. O tal vez no. Si la conoceré…, está más interesada en cómo afecta esto la pensión alimentaria. —El comentario es mordaz; cierra los ojos, como reprendiéndose—. No la culpo —añade—, criar hijos es caro.
Martin piensa en ello antes de volver a hablar.
—No te sigo. Me estabas contando que el pueblo está prosperando. Os ha ido bien económicamente. Pero ¿qué tiene que ver eso con Jasper y por qué quería verme?
Denise frunce el ceño, como si ella también hubiera perdido el hilo de la conversación, o como si lo que está a punto de decir le resultara difícil.
—Somos agentes inmobiliarios, no promotores.
El dinero fuerte está en la construcción.
Nos beneficiamos, sin duda, pero eso no significa que nos guste todo lo que hacen los promotores.
Jasper solía ser muy ambicioso, muy voraz en cuanto al dinero, pero después de que su mujer lo dejó, se deprimió y comenzó a replantearse toda su vida.
Empezó con medicación, grupos de apoyo, retiros espirituales.
Salió adelante, recuperó su antigua chispa, pero ya no era tan alocado, se volvió más considerado.
No lo describiría como un ecologista ni de lejos, pero apoyó la campaña contra un nuevo proyecto urbanístico para la laguna Crystal.
—¿La laguna Crystal? Nunca había oído ese nombre. ¿Dónde es?
—Es la marisma de Mackenzie. La han rebautizado.