Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Lo primero que hace Martin, antes de atarse los zapatos y pasar el cinturón por las presillas, y antes de abandonar el vestíbulo demasiado iluminado de la comisaría, es llamar a Mandy. Ella responde al tercer tono.

—¡Martin! —grita. Se oye el ruido del tráfico; está con el altavoz puesto—. ¿Te han soltado?

—Sí —responde él en voz alta—. ¿Dónde estás?

—Yendo a Longton. A recoger a Winifred al aeropuerto.

¿Al aeropuerto? Martin no tenía idea de que hubiera uno. Debe de ser un aeródromo de aviación general; seguramente, la abogada de Mandy ha fletado un avión para venir desde Melbourne.

—Me alegro. ¿Estás bien?

La pausa es tan larga que Martin llega a pensar que la llamada se ha cortado.

—¿Estarás allí cuando vuelva? —pregunta ella, por fin.

—Por supuesto que sí —responde él.

—Bien. Nos vemos entonces. —Y corta.

Martin mira el teléfono, incómodo por lo abrupto de la conversación.

Mandy debe de seguir en estado de shock tras la sangrienta muerte de Jasper.

Winifred está en camino, Montifore quiere interrogarlos, Mandy sigue estando bajo sospecha.

No es de extrañar que haya sido tan seca: esto aún no ha terminado.

Echa a andar por un pueblo que se está transformando.

No como un adolescente que florece hacia la adultez, sino más bien como una mujer de mediana edad que se ha sometido a una cirugía estética.

Al pueblo de su niñez lo han estirado y retocado: le han tensado el rostro, le han rellenado la piel con bótox y exfoliado la fachada irregular; lo han acicalado para turistas y jubilados, para quienes buscan un cambio de vida junto al mar y para los teletrabajadores.

Martin ve todo esto en la seguridad que promete la nueva comisaría de dos plantas, de hormigón y ladrillo, protegida por bolardos de acero reluciente, coronada de antenas parabólicas, con un aparcamiento subterráneo cerrado por rejas metálicas.

Lo ve en las jardineras, los badenes y los pasos peatonales; en las banderas de temporada colgadas de las farolas.

Lo ve en la arteria principal, The Boulevarde.

La calle se ha estrechado para hacerles sitio a las aceras, ahora más anchas y adoquinadas en espiga, lo bastante amplias como para acoger terrazas con pizarras que detallan el menú y sombrillas estampadas con marcas italianas de café.

La última vez que estuvo allí, las aceras eran franjas estrechas de asfalto, salpicadas de chicles pisoteados, colillas y mierda de perro.

Mira al otro lado de la calle, como un viajero del tiempo recién salido de la nave espacial Tardis.

Theo’s, la vieja tienda de pescado con patatas fritas, sigue allí, un vestigio del pasado, con carteles descoloridos de Coca-Cola y una declaración pintada a mano que asegura que el pescado es un alimento saludable.

Allí fue donde él, Jasper y Scotty disfrutaron alguna vez de batidos de caramelo servidos en vasos de aluminio y de buñuelos de patata envueltos en papel de carnicero.

Pero la tienda de segunda mano que había al lado ha desaparecido y ha sido sustituida por una boutique de bañadores; junto a ella, un centro de masajes chinos.

Antes, los terrenos baldíos en The Boulevarde eran como dientes faltantes que permitían un acceso fácil a la playa por un lado y a las casas vecinas y de alquiler vacacional por el otro.

Ahora, The Boulevarde se ha hecho la ortodoncia, y hay cada vez menos huecos entre los edificios; los comercios avanzan, y resulta cada vez más difícil ver la playa y acceder a ella.

Un Range Rover negro con matrícula personalizada pasa lentamente y se detiene un instante para que baje una mujer delgada que luce un pareo y un bronceado artificial.

Unas gafas de sol desproporcionadas, adornadas con destellos dorados, le cubren el rostro.

Avanza con sus sandalias de tacón chino de corcho hasta la puerta y abre la boutique.

Martin cruza la calle. Un anciano deambula sin prisa, ajeno a cualquier responsabilidad, libre del peso del empleo.

Viste pantalones cortos bien planchados, un polo sin una sola arruga y náuticos; su sombrero panamá está impecable.

Ignora a un hombre de su edad, sin afeitar, con la mirada perdida, desplomado sobre un cartón.

Le habla al aire con vehemencia, una botella envuelta en una bolsa de papel marrón a un lado, un perro pequeño al otro, y delante de él, un sombrero vuelto del revés con un montón de monedas más fino que su improvisado colchón.

Un pelotón de ciclistas de mediana edad irrumpe en la escena; van vestidos con licra y charlando animadamente; se detienen delante de una panadería.

Colocan sus bicicletas de fibra de carbono en los aparcabicis instalados por el municipio.

Ocupan una mesa junto a un grupo de obreros vestidos con ropa reflectante, que devoran sándwiches de huevo con beicon en un silencio casi coreografiado.

Un hippy de mirada vidriosa, rastas y ropa sucia avanza arrastrando las sandalias.

Por un momento, Martin ve superpuestos los dos pueblos: la comunidad obrera y dura de su juventud y la aldea gentrificada para jubilados de alto poder adquisitivo en la que se está convirtiendo.

Alguna especie de hada madrina ha pasado en su ausencia, esparciendo el polvo plateado de los fondos fiduciarios familiares, los planes de pensiones autogestionados y las ventajas fiscales por inversión inmobiliaria, aunque lo ha hecho de forma desigual.

El pueblo del esfuerzo no ha desaparecido del todo, pero está en retirada, lo empujan hacia el interior, lejos del agua, lejos de The Boulevarde, desterrado al oeste de la carretera a Longton, donde la brisa marina llega con menos frecuencia y la gente tiene necesidad de ayuda social.

Él sabe exactamente dónde sigue acechando esa necesidad: en la Barriada, con las casas de fibrocemento de su infancia, en las granjas pequeñas.

Mira a lo largo de The Boulevarde y se pregunta si la marea de prosperidad que ha bañado durante tanto tiempo las capitales australianas ha traído algo de riqueza duradera para los luchadores de Port Silver.

Intenta pedir un café en la barra del Che Bay Cafe, pero le informan que el servicio es únicamente en las mesas y le indican que tome asiento.

Solo entonces se acerca la joven camarera, de movimientos gráciles, que lleva un delantal con lemas revolucionarios y, en lugar de una libreta, empuña un teléfono inteligente.

Parece decepcionada cuando él no muestra el menor interés en elegir una variedad del menú de cafés ni de escuchar las virtudes del comercio justo y de los productos orgánicos.

Pide un flat white genérico y una tostada de pan de masa madre con pasas.

Intenta volver a hablar con Mandy, pero la llamada entra directamente en el buzón de voz.

Está fuera de cobertura o hablando por teléfono.

Busca en internet el número de contacto de Nick Poulos.

El móvil lo interrumpe, preguntándole si quiere unirse al wifi gratuito de Port Silver.

El pueblo tiene wifi gratuito. ¿Cómo no se le ocurrió?

Acepta las condiciones sin leerlas, pero la conexión se agota antes de establecerse.

Así que recurre a su conexión 4G para buscar el número del abogado.

—¿Nick? Soy Martin Scarsden. ¿Dónde estás?

—Preparando a los niños para el colegio. ¿Ya estás libre?

—Sí. ¿Podemos vernos?

—Por supuesto. Prioridad uno. ¿Qué te parece en el club de surf a las once?

Martin mira su reloj. Todavía no son las nueve.

—¿No puedes antes?

—¿Diez y media?

—De acuerdo. No vaya a ser que te incomode. —Corta. Cuanto antes pueda deshacerse de ese abogado de segunda, mejor.

Le traen el café y empieza a revisar portales de noticias en su móvil, pero no encuentra ni una sola mención de un asesinato en Port Silver: ni en Fairfax, ni en News, ni en la ABC, ni en ninguno de los medios principales.

La policía debe de estar manteniéndolo en secreto por ahora.

¿Será por eso por lo que estuvo retenido toda la noche?

¿Para evitar que la noticia llegara a los medios al menos por un día más?

O quizá, tan lejos de las capitales, simplemente no merece ni una línea.

Un muerto local en un pueblo costero; ¿cómo podría competir con las celebridades de Sídney, el precio de la vivienda en Melbourne o el último reality show de moda?

Recuerda que antes había un periódico local que cubría toda la comarca, con sede en la ciudad de Longton, el centro regional situado sobre la autopista, del otro lado del escarpe.

Encuentra su sitio web: el Longton Observer .

Está desactualizado desde hace varios días, y pronto descubre por qué: el periódico, que antes salía todos los días, ahora es bisemanal: se publica los miércoles y los sábados.

Es martes. Tal vez el editor —un tal Paulo— esté preparando un titular escandaloso sobre el asesinato de Jasper Speight para la portada de mañana. Tal vez.

Martin revisa su correo, pero no hay nada, solo publicidad de vinos, millas de fidelización de vuelos y reservas de hotel.

Termina el café, paga y echa a andar calle abajo por The Boulevarde.

Un par de colegialas salen dando saltitos de una tienda de sushi, casi chocan con él y se alejan, riendo.

Llevan sombreros de paja y vestidos de algodón a cuadros verde y blanco, y en la espalda cargan mochilas verdes haciendo juego, con el escudo y el lema del Colegio Longton: “Servir y triunfar”.

Se suben al asiento trasero de un SUV que las espera.

Un colegio privado en Longton. El mundo, sin duda, está cambiando.

Observa cómo el coche, un Hyundai reluciente, se incorpora al tráfico.

Solo cuando vuelve la vista hacia la acera la ve: Denise Speight, a escasos diez metros, abriendo la puerta de su inmobiliaria. La madre de Jasper.

Da unos pasos hacia ella, con cierta vacilación.