Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Martin oye movimiento al otro lado de la celda. Se asoma por la mirilla. La curva de su cuello, un destello de su pelo, que ya no es rubio.

—¡Mandy! —la llama.

Ella se detiene, mira hacia atrás, intentando localizar su voz.

Lleva a su hijo, Liam, dormido en brazos.

Esboza una sonrisa cansada. Saluda con una mano, un gesto tímido, la mirada un poco desviada, fija en una puerta que no es la de él.

Y luego, desaparece, escoltada por la misma agente que antes había manipulado la cámara de vídeo.

Martin se sienta en el catre de la celda.

Hay un colchón delgado y nada más. Ni almohada ni manta.

Mandy sonrió, está seguro de que ella sonrió.

Y Liam está a salvo. Lo golpea una oleada de emociones: alivio, añoranza, un impulso irrefrenable de protegerla a ella y a su hijo.

Siente cómo lo envuelven, inseguro de su punto de apoyo emocional.

A los cuarenta y un años, aún se está acostumbrando a esto, a los arrebatos de emoción, a esta marea de afecto.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que tenía todo bajo control; navegaba por un mar en calma, ajeno a las corrientes y mareas que palpitaban bajo la superficie.

Ahora, más cerca de la orilla, las olas pueden sorprenderlo sin previo aviso.

Mira la pared pintada, respira hondo y deja que la emoción se retire poco a poco.

La policía pronto lo liberará, pero tendrán que investigar a Mandy.

Le viene a la mente una imagen de ella sentada en el sofá, en silencio, en estado de shock, con las manos ensangrentadas.

¿Qué pensará la policía? Le preguntarán si fue ella quien atacó a Speight a puñaladas y después lo remató de un solo golpe brutal, hundiéndole un cuchillo en el corazón.

Martin sabe que no puede ser verdad. En Riverina, ella había sostenido un cuchillo contra la garganta de un asesino, un hombre que estaba a punto de matar a su hijo indefenso.

Pero aun entonces, bajo provocación extrema, no lo mató.

Por eso, Martin no puede creer que lo haya hecho ahora, ni siquiera en defensa propia.

No pudo haber dado el golpe final, el letal.

Y menos cuando la víctima ya estaba gravemente herida. Cuando estaba de espaldas.

Pero si Mandy no lo mató, ¿quién es el asesino?

Martin comprende que ella no debe de saberlo.

Si hubiera presenciado el asesinato, si hubiera visto al autor, ya se lo habría contado a la policía.

Y él no seguiría detenido. Entonces, Mandy debió de llegar después de los hechos, solo un poco antes que él.

Tal vez, oyó algo, bajó y encontró a Jasper muerto, justo antes de que Martin apareciera.

Y, sin embargo, él no fue hacia ella; la dejó allí sentada, aturdida y perdida; se quedó en el pasillo, esperando a la policía.

Ella lo necesitaba, pero Martin no se movió.

¿Qué lo inmovilizó? Otra imagen le viene a la mente: Jasper Speight, con un charco de sangre a su alrededor.

Ya no un cadáver, sino Jasper. Martin se estremece y reprime el impulso de vomitar.

Ya no es el corresponsal extranjero imperturbable y desapasionado.

El sargento Mackie y la vieja comisaría pueden haber desaparecido hace tiempo, pero el desayuno sigue siendo el mismo.

Los mismos huevos, el mismo beicon grasiento, la misma capa de grasa.

Esta vez, Martin lo rechaza; no está con resaca ni sin un centavo.

Un segundo agente, un muchacho joven que aún no ha perdido del todo la redondez infantil, parece tomárselo como algo personal.

—Es buena comida, amigo. ¿Lo sabías? Muchos estarían agradecidos.

—Pues cómela tú. Toda tuya.

—¡Lo haré! —responde el agente con aire desafiante, llevándose el plato. La redondez infantil tardará un tiempo más en irse.

—Hola, Martin. ¿No tienes hambre? —Es el inspector detective Morris Montifore, quien reemplaza al agente en la puerta.

Han pasado solo seis semanas desde que Martin lo ayudó a resolver una serie de asesinatos brutales en el interior reseco del estado, a más de mil kilómetros de Port Silver.

Y ahora, aquí está otra vez, como un bis que nadie pidió.

No debe de ser mucho mayor que Martin, pero se lo ve agotado; las arrugas de la frente se han vuelto permanentes, como si hubiera visto demasiado. Tal vez sea así.

—Morris. Qué sorpresa verte por aquí.

—Pensaba lo mismo —responde el inspector. Sus ojos están atentos y divertidos.

—Tengo abogado, ¿sabes? —dice Martin—. Quiero que esté presente si piensas interrogarme.

Montifore sonríe.

—No es necesario. Quedas en libertad, puedes irte. Lamento que te hayan hecho pasar la noche aquí, pero necesitábamos cumplir con todos los procedimientos. Esta es solo una visita de cortesía.

—¿Habéis cogido al asesino?

—Todavía no.

—Pero el equipo forense… ¿me ha eliminado de la lista de sospechosos?

Montifore niega con la cabeza.

—Esto es un asunto policial. Se investiga un homicidio. No quiero que enturbies el agua, ¿me entiendes? Esta es la parte de cortesía de la visita: no te metas, déjanos trabajar a nosotros. ¿De acuerdo?

—¿Y Mandy? ¿Ella también puede irse?

—Ya se ha marchado. La liberaron anoche. Supongo que debe de tener mejores abogados.

Martin no muerde el anzuelo.

—¿Su hijo está bien?

Montifore se pone serio.

—Sí. Ven, vamos, te acompañaré a la recepción para que firmes la salida. Pero tendré que volver a hablar contigo. Y con ella.