Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Martin no tiene más que cerrar los ojos; revive la escena de inmediato: una carnicería en tecnicolor, el aire saturado con el hedor de la sangre; el cuerpo en el suelo, todavía sangrando.

—Parecía que lo habían apuñalado por la espalda, justo en el centro.

Había un círculo de sangre alrededor de la herida.

Se podía ver dónde estaba rasgada la camisa, el corte en sí.

Pero no había tanta sangre allí. Por la cantidad que se extendía por el suelo…

debieron de apuñalarlo o abrirlo por el frente.

Pero no pude ver esas heridas, solo la de la espalda.

—¿Tocó el cuerpo?

—Sí, le toqué el cuello, buscando el pulso, pero nada más. Al hacerlo, me manché la mano con sangre.

—¿Tenía sangre en el cuello?

—No lo sé. Pero es la única parte del cuerpo que recuerdo haber tocado. Y me manché la mano. —Pear entorna los ojos, con la mirada fija en Martin, como si sus palabras tuvieran un peso enorme. Martin continúa—: La víctima tenía algo en la mano. Parecía una postal, una imagen religiosa o algo así.

—¿La tocó?

—No. ¿Qué era?

Pear niega con la cabeza, como con pesar.

—No puedo decírselo. —Otra pausa—. ¿Y no fue hacia donde estaba Mandalay Blonde? ¿No intentó consolar a su novia?

—No.

—¿Por qué?

Martin no responde de inmediato; no tiene una respuesta.

—No sabría decirlo. Supongo que estaba en estado de shock. Necesitábamos ayuda, aquello nos sobrepasaba.

—Señor Scarsden, ¿mató a Jasper Speight?

—Tranquilo —interviene Nick Poulos.

—Está bien —dice Martin—, dejemos que conste oficialmente. Por supuesto que no maté a Jasper Speight ni le hice ningún daño. Estaba muerto cuando llegué.

—Muy bien —prosigue Pear, aunque nada en su tono sugiere que la respuesta de Martin haya sido buena, mala o indiferente.

Hace varias preguntas más, en su mayoría sobre el aspecto de Mandy y su actitud; luego, pone fin al interrogatorio oficial. La agente apaga la cámara, extrae la tarjeta de memoria y se retira.

Pear se queda sentado y espera a que su subordinada cierre la puerta; cuando vuelve a hablar, su voz suena más neutra que amenazante.

—Esto es una investigación por homicidio.

El departamento de Homicidios llegará desde Sídney en cualquier momento y se hará cargo.

Querían tener su declaración registrada cuanto antes.

Tendremos que retenerlo hasta que lleguen.

—Se vuelve hacia Poulos y agrega—: ¿Entiende que no es una decisión mía?

—Mi cliente está colaborando plenamente. Fue él quien llamó a la policía. No tienen por qué retenerlo —dice el joven abogado—. No presenció el asesinato.

Pear se dirige a Martin, no a Nick Poulos.

—Hablaré con los detectives de Homicidios.

La decisión es de ellos. Vamos a rastrear su teléfono y me acercaré al hostal para confirmar su coartada con los mochileros.

El equipo forense de Sídney también está en camino, aunque parte de sus cosas llega por carretera.

Puede que tengamos que retenerlo por esta noche.

—No, no —dice Poulos, casi con satisfacción—. A menos que piensen imputarle cargos, tiene que estar libre para… —mira su reloj con gesto teatral— digamos las seis y media. ¿De acuerdo?

El policía observa al abogado durante un momento. A Martin le parece notar cambios sutiles en el rostro de Pear; ¿acaso es desprecio lo que se filtra a través de la máscara?

—Exacto, hijo. Solo podemos retenerlo durante cuatro horas. Más el tiempo razonable que se requiera para llevar a cabo los procedimientos forenses, lo que puede significar hasta mañana. Como ya he dicho, la decisión es de Homicidios. Llegarán en breve, podrá discutirlo con ellos.

Pear se pone de pie, pero antes de llegar a la puerta, vuelve a hablar, esta vez dirigiéndose a Martin: —Tenga en cuenta esto: su abogado parece tomarse esos asesinatos ocurridos en la región de Riverina como una especie de aventura.

Estoy seguro de que usted no. Como agente de policía, le agradezco su colaboración en llevar a un asesino ante la justicia.

Pero un policía perdió la vida y otro va a ir a la cárcel.

No espere que yo le haga ningún favor. —Pear le lanza una mirada fulminante, que extiende también a Nick Poulos, y luego va hacia la puerta.

—¿Y Mandy? —pregunta Martin, casi demasiado tarde—. ¿Cómo está?

—Lo siento —responde Pear por encima del hombro, con un tono en absoluto apesadumbrado—. No es asunto mío.

La celda es nueva, está fresca, limpia y esterilizada, libre de grafitis y de miseria, con olor a desinfectante y no a pis.

Tiene una puerta metálica maciza con una pequeña mirilla a la altura de los ojos, lo que le da una sensación de intimidad, aunque una cámara de vigilancia, instalada en lo alto de una esquina, se encarga de recordarle que esa sensación es falsa.

Martin recuerda las viejas celdas, impregnadas de hedor a mierda y vómito, el residuo fermentado de vidas malogradas.

En aquel entonces, no había cámaras, pero tampoco se fingía privacidad: una de las paredes era solo una reja de acero abierta al pasillo.

Había estado encerrado algunas veces, por borracheras adolescentes y travesuras estúpidas, detenido por una noche por su propio bien por el viejo sargento Mackie, que dispensaba justicia de manera arbitraria.

Nada de juzgados ni habeas corpus : solo Martin, Jasper y, a veces, Scotty, detenidos a placer de Mackie, y liberados con una buena reprimenda y una patada en el culo.

¿Qué era lo que habían hecho aquella noche con Scotty? Habían bebido demasiado, eso seguro. Vino barato y ron robado del supermercado. ¿Y marihuana? Es probable. A Jasper le gustaba la marihuana. Los recuerdos empiezan a volver.

Están en el nivel más alto del aparcamiento del supermercado, en la azotea plana, sentados fuera de la vista, tras los pretiles, bebiendo, hablando y riendo.

Es de noche. Tienen unos dieciséis años, cuerpos de hombres y mentes de niños.

Niños borrachos. Los carritos de la compra están ahí, tentándolos.

Jasper es el primero: se sube a uno y exige que lo empujen.

En la celda, Martin cierra los ojos y escucha el traqueteo del carrito sobre las juntas del hormigón, repiqueteando como un tren. Siente las vibraciones en las manos.

Se turnan para empujarse, rozando los postes de luz, chocando con los bordillos.

Martin sale disparado y cae, se golpea la rodilla y se raspa el codo; todos se ríen a carcajadas, descontrolados.

Los tres en el suelo, riendo, sujetándose el estómago, con lágrimas en los ojos, cautivos del momento.

No le duele la rodilla ni el codo ensangrentado. ¿Cuán borracho está?

Ahora Jasper quiere competir y entonces, surge la idea inevitable.

No importa quién la propone, la aceptan al instante: lanzarse en una carrera cuesta abajo por la rampa del aparcamiento.

Alinean sus carros de metal, se suben, comienzan con la cuenta atrás y se lanzan.

Aceleran rápido, gritan de emoción, fuera de control…

y los tres se estrellan al final. Solo Scotty sigue gritando, con el brazo roto y un diente menos.

Jasper y Martin chocan de lleno contra un coche aparcado, el del alcalde.

Salen despedidos de los carritos por el impacto; con suerte, no se han hecho mucho daño.

Martin sonríe ante los recuerdos y se asombra.

¿De verdad eran tan temerarios? ¿Tan salvajes?

No había pensado en eso en años, pero, claro, tampoco había pensado en nada relacionado con Port Silver.

Por decisión propia. Y ahora Jasper está muerto.

Veinticinco años pasaron desde aquella noche en el supermercado…

y ahora llega y se encuentra a Jasper muerto.

Jasper, con su melena oscura y esos ojos azules chispeantes, siempre dispuesto a reír, siempre con una broma en los labios, viviendo al filo de la suerte.

Coqueteando con las chicas, endulzándolas con frases baratas solo por diversión, sorprendido cuando ellas respondían al juego.

Jasper. Apuñalado, desangrado, sin que la suerte pueda salvarlo.

Scotty termina en el hospital; Jasper y Martin, en el calabozo.

Y luego, Jasper se va; llega Denise, su madre, corriendo a buscarlo, le prohíbe salir durante un mes.

Jasper le guiña un ojo a Martin al marcharse, con una sonrisa cómplice, sin un rasguño y aún borracho.

Y entonces, Martin se queda solo. El dolor le vuelve primero al codo, luego a la rodilla y finalmente se extiende hasta la cabeza.

Siente el sufrimiento en todo el cuerpo.

Intenta recostarse, pero la cabeza empieza a darle vueltas.

Se incorpora, conteniendo las ganas de vomitar.

Nadie vendrá a recogerlo ni a castigarlo.

Solo Mackie lo regañará. Pero no tiene miedo, no se siente intimidado: no es la primera vez.

Otra noche cualquiera será él quien esté en casa y su padre quien la pase allí, durmiendo la mona. Roles invertidos.

Martin abre los ojos, escarba en su memoria.

¿Cuándo tomó la decisión de dejar de beber, cuando se prometió a sí mismo que nunca se convertiría en su padre?

¿Fue una noche en el calabozo, borracho y deprimido?

¿O una mañana cualquiera, al despertar con la cabeza pesada, la boca reseca y el estómago revuelto?

El viejo Mackie aparece con el desayuno: huevos con beicon flotando en un charco de grasa; antes de liberarlo, le dice que no quiere volver a verlo nunca más.

¿Tal vez el mensaje caló, después de todo?

No. Martin sabe con exactitud cuándo fue.

Aquella noche en la Barriada, la noche en que murió su padre.

Se pone de pie, empieza a caminar por la celda, guarda los recuerdos, los devuelve al lugar donde pertenecen.

No debería faltar mucho para que lo liberen. Puede dejarlos allí.