Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El sargento de policía tiene algo de reptil, algo de depredador: los ojos hundidos, los labios finos, la piel marcada por el acné.

El tono grisáceo de su rostro no encaja en un pueblo costero.

Mira a Martin durante un minuto entero, hasta que este ya no puede sostenerle la mirada y la desvía hacia la agente que está junto a la cámara de vídeo, cerca de la puerta de la sala de interrogatorios.

Se la ve tan incómoda como a él, cambiando el peso de una pierna a la otra, con la vista fija en la pantalla de la cámara mientras el silencio se prolonga.

Solo cuando aparta la mirada, el policía se digna a hablar, con voz inexpresiva.

—Interrogatorio al señor Martin Michael Scarsden llevado a cabo por el sargento Johnson Pear en la comisaría de Port Silver.

Catorce horas y diez minutos del día cuatro de marzo.

—Martin espera, pero el policía vuelve a quedarse en silencio, con la mirada inescrutable.

La luz indicadora de la cámara de vídeo parpadea cada cinco segundos, encendiéndose y apagándose.

—Muy bien, señor Scarsden. En sus propias palabras, por favor, cuéntenos cómo llegó hoy a la residencia de Mandalay Blonde.

Martin carraspea, incómodo, como si lo acusaran de algo, aunque se repite a sí mismo que no ha hecho nada malo.

—Anoche dormí en Glen Innes. Conduje hasta allí desde Sídney, por la carretera de Nueva Inglaterra. Me hospedé en un pub llamado Hotel Grand Central. Pueden verificarlo, seguramente tendrán un registro. Esta mañana reanudé el viaje y llegué a Port Silver a eso de las once.

—¿Y fue directamente a la residencia de Mandalay Blonde, ubicada en el número 15 de Riverside Place?

—No, no fui directamente allí. —Martin relata cómo recogió a los dos mochileros, Topaz y Royce, y los dejó en el hostal.

El policía anota la información. Tiene un cuaderno nuevo, grande.

—¿Apellidos?

Martin lo piensa.

—Royce me dijo el suyo. McAlister, creo. No sé el de la chica.

—No se preocupe. Los encontraremos. Podrán confirmar sus movimientos. Nos facilita el trabajo. —Si está satisfecho, sus ojos no lo demuestran, parecen vacíos, carentes de emoción—. ¿Puede decir con precisión a qué hora dejó a la pareja en el hostal?

Martin niega con la cabeza.

—La hora exacta no. Como dije, eran cerca de las once.

El policía no parece convencido, y Martin siente que se retuerce en el asiento bajo su mirada. La luz de la cámara parpadea como un metrónomo. Sabe Dios cómo se sentiría si realmente hubiera hecho algo malo.

—Señor Scarsden, vamos a acceder a los datos de las antenas de telefonía móvil, lo que nos dará un registro más preciso de sus movimientos, especialmente entre Glen Innes y Port Silver. ¿Hay alguna razón por la que no deberíamos tener acceso a esa información?

—No. Me parece muy bien que lo hagan.

El policía se queda mirándolo durante diez largos segundos y luego vuelve a escribir en su cuaderno; se toma su tiempo.

Parece estar dándole forma a su próxima pregunta cuando la puerta detrás de él se abre de golpe y un joven irrumpe en la sala, respirando agitadamente.

Tiene el pelo como una maraña de lana negra despeinada, la sombra de una barba tan tupida que parece tejida y los ojos negros.

Lleva bermudas playeras y sandalias, y el vello del pecho le asoma por entre los botones mal abrochados de una camisa hawaiana.

El sargento Pear no se vuelve de inmediato. Espera un momento, suspira y solo entonces se gira en su silla.

—Nick Poulos —jadea el hombre—. Soy Nick Poulos.

—Sé quién eres, hijo. ¿Qué haces aquí? —pregunta Pear.

—He sido designado abogado del señor Scarsden.

—Ah, ¿sí? —El policía vuelve a girarse hacia Martin—. ¿Puede confirmarlo?

—No, pero sin duda me gustaría tener un abogado.

Pear no muestra reacción alguna.

—Entrevista suspendida a las catorce horas y dieciséis minutos. —La agente apaga la cámara—. Bien, los dejo para que puedan aclarar qué vínculo tienen. Les doy cinco minutos y retomamos.

—Gracias, colega —dice Poulos con una enorme sonrisa, por lo visto inmune a la frialdad del policía.

El sargento Pear y la agente se retiran, y Poulos se vuelve hacia Martin con los brazos abiertos, como si fuera a abrazarlo.

—¡Martin Scarsden! ¡No me lo puedo creer! ¡Martin Scarsden, joder! El periodista más famoso del país. ¡Mi cliente!

Martin parpadea, momentáneamente descolocado por el entusiasmo del joven.

—¿Seguro que eres abogado? —pregunta, mientras observa la ropa informal que lleva y su aparente juventud—. Dime que hoy era tu día libre.

—Sí, era mi día libre. ¿Y qué? Ahora estoy aquí.

—¿Quién te designó?

—Un bufete de Melbourne. Wright, Douglas y Fenning. Me llamaron de repente y me pidieron que viniera de inmediato. Pagan muy bien. —El abogado tiene los ojos como platos; sigue agitado, jadea como un cachorro.

Martin lo comprende: los abogados de Mandy lo han designado como forma de agradecerle que les hubiera advertido del problema de Mandy.

—¿Y por qué tú, Nick? ¿Por qué te llamaron a ti?

Poulos se ríe, acerca una silla y se sienta, como si Martin ya hubiera accedido a contratarlo.

—No tenían demasiadas opciones. Los únicos que estamos aquí somos un bufete grande, Drake y Asociados, y yo. Hay algunos más en Longton.

—¿Y por qué no contrataron a Drake?

—Lo hicieron. Drake va a representar a Mandalay Blonde, al menos hasta que llegue la gente de Wright, Douglas y Fenning.

Martin hace una mueca. Puede que los abogados de Mandy estén echándole una mano, pero mantienen su asesoría separada de la de ella, por si acaso sus intereses no coinciden. Por si acaso necesitan sacrificarlo. Mira al abogado, que no da señales de serenarse.

—Nick, no estarás colocado, ¿verdad?

—¡Claro que no! No bebo, no me drogo. No me gusta todo eso. No lo sé manejar.

—¿Llevas muchos casos penales?

—Montones. Casi todas las semanas me presento ante el juez de instrucción.

—Este no es precisamente un caso para presentar ante el juez de instrucción.

—Lo sé —dice Poulos—. Homicidio. ¿Te das cuenta? ¡Es lo máximo! —Se frota las manos, ajeno a la expresión en el rostro de Martin—. El Tribunal Supremo. ¡Guau! Esto sí que es jugar en las grandes ligas.

Martin sigue sin saber muy bien cómo responder cuando Pear regresa.

—¿Ya se han puesto de acuerdo? —pregunta. Por primera vez, Martin percibe que, bajo su taciturna hostilidad, el agente parece divertido.

—Sí. El señor Poulos es mi abogado. Por ahora.

—Me alegra escucharlo. Entonces, volvamos a lo nuestro.

Se colocan en las mismas posiciones que tenían antes: Martin del otro lado de la mesa, frente a Pear, y la agente junto a la videocámara; pero ahora Nick Poulos se sienta junto a Martin.

El interrogatorio se reanuda. Pear es una imagen inmóvil en el centro del campo visual de Martin, mientras que Poulos, en la periferia, no se queda quieto.

No le lleva mucho tiempo relatar lo sucedido: cómo encontró la puerta entreabierta, las llaves puestas en la cerradura, el cuerpo tendido en el suelo, el charco de sangre cada vez más grande.

Le cuenta a Pear que vio a Mandy, en aparente estado de shock, y llamó a la ambulancia.

—¿Vio entrar o salir a alguien de la casa? —pregunta Pear.

—No, a nadie.

—¿Y no escuchó nada? ¿Ruidos de forcejeo o una petición de ayuda, nada?

—Nada. Todo debió de haber terminado antes de que yo llegara.

—¿Y su impresión es que el ataque debió producirse unos minutos antes?

—Sí. El charco de sangre seguía agrandándose. Y cuando toqué a la víctima para buscarle el pulso, parecía como si siguiera viva. Estaba tibia y era flexible. Solo que no tenía pulso.

Pear hace otra de sus pausas densas y largas antes de continuar.

—Y a la víctima…, ¿la reconoció?

—No. Estaba boca abajo. ¿Quién era?

—Un agente inmobiliario local. Jasper Speight.

—¿Jasper? —exclama Nick Poulos—. ¡Mierda!

Pero Pear no se deja distraer. Sus ojos se clavan en los de Martin, que se han abierto como platos; una oleada de temor empieza a agitarse dentro de él.

—¿Lo conoce? —pregunta el policía.

Martin no puede responder de inmediato; tiene la sensación de que algo está muy mal, como si el mundo hubiese cambiado de órbita.

—Sí. Fuimos compañeros de colegio. Éramos amigos —logra decir—. Buenos amigos.

—¿En serio? ¿Aquí? ¿En Port Silver?

—Sí. Yo me crie aquí. —Le tiemblan las manos. Las entrelaza para mantenerlas quietas.

El policía escribe en su cuaderno; por lo visto, la relación de Martin con Port Silver es una novedad para él.

—¿Y cuándo fue la última vez que vio a la víctima, antes de esta mañana?

—Hace veintitrés años. En cuanto terminé el colegio, me fui del pueblo.

—¿Y no volvió?

—No.

—¿Nunca?

—No.

—¿Y no tuvo ningún otro contacto con Jasper Speight en todo este tiempo? ¿Cartas, correos electrónicos, llamadas?

—Que yo recuerde, no.

Pear se toma unos segundos para reflexionar sobre la respuesta.

—Entonces, ¿por qué ha vuelto ahora?

—Vine a instalarme aquí. Con mi pareja, Mandalay Blonde. Ella se mudó hace poco.

—¿Cuándo?

—Hace unas tres semanas, quizás un mes. Tendría que verificar la fecha.

—¿Y por qué usted llega justo ahora?

—He estado encerrado en Sídney, escribiendo un libro.

—¿Sobre esos asesinatos del oeste? ¡No veo la hora de leerlo!

Martin mira a su abogado, incrédulo, mientras Pear se limita a negar con la cabeza.

—Señor Poulos, esto es una declaración policial. Puede pedirle un autógrafo al señor Scarsden cuando terminemos.

—Sí, claro. Lo siento, amigo —dice Poulos, aunque su disculpa no incluye la idea de quedarse quieto. Sigue moviéndose sin cesar cerca de Martin.

Pear vuelve a fijar su atención en Martin.

—¿Esta mañana fue la primera vez que visitó la casa de Mandalay Blonde? ¿La única vez?

—Así es.

—Y aparte del pasillo, ¿no estuvo en ninguna otra parte de la casa?

—Correcto.

—¿Y en ningún momento tocó el arma?

—No había un arma. Al menos, no vi ninguna.

—¿Qué heridas tenía la víctima?