CAPÍTULO 1 #2
A Martin le cuesta mantener los ojos sobre el camino y no mirarlos a cada rato.
Royce en el asiento trasero, con su mandíbula cuadrada, sonrisa franca y gafas desafiantes.
Topaz a su lado, en el asiento delantero, el cinturón de seguridad trazando un valle entre sus pechos.
Parece percatarse de la atención de él y la acepta de buen grado.
Y muy pronto, Martin también se pone a hablar mientras el coche avanza hacia Port Silver por la carretera recta como una caña de azúcar; les da consejos sobre las mejores playas y rompientes para surfear, lugares para pescar y pozos donde nadar.
Y de repente, Port Silver se alza ante ellos: un colegio secundario nuevo, un concesionario de coches, un motel barato, un grupo de cadenas de comida rápida.
Palmeras bajas flanquean la carretera. Está cambiado, pero sigue resultándole familiar después de veintitrés años.
Topaz y Royce le dicen que los deje donde quiera, pero él insiste en llevarlos a un sitio del que han oído hablar cerca de Town Beach, un hostal para mochileros.
Y efectivamente, ahí está, una casa de madera de dos pisos, pintada de un azul llamativo.
“HOSTAL SPERM COVE”, dice el cartel, adornado con una ballena sonriente que guiña un ojo y levanta una aleta en señal de pulgar hacia arriba.
Aparca junto al hostal, que da a la playa, y ayuda a Royce a bajar las mochilas. Casi que lamenta dejarlos allí.
A solas en el coche una vez más, no arranca enseguida.
Siente la brisa cálida sobre el rostro, la caricia que no ha cambiado en dos décadas, tibia, húmeda y suave, tan distinta de las ráfagas resecas del interior o el aire áspero y viciado de Sídney.
Abajo, en la playa, más mochileros disfrutan al sol, conversando en grupos o jugando al fútbol.
Siente una punzada de envidia: él nunca se dejó llevar, nunca vivió el momento, nunca se enamoró de una chica bonita en las islas de Indonesia.
No hubo año sabático ni viajes sin rumbo por Asia ni el gran viaje australiano por carretera.
La adolescencia era algo que había que soportar; ¿para qué alargarla?
Fue directo a la universidad, y antes de terminar la carrera, entró a trabajar en el periódico.
Sus viajes fueron distintos: sudar frente a portátiles en zonas de guerra en lugar de fumar porros en Bali; entrevistar a hombres engreídos con traje en vez de atender a parroquianos excéntricos en un pub inglés; acostarse con desconocidas sedientas de cariño en lugar de enamorarse.
Ahora tal vez sea diferente: vivir aquí con Mandalay y su hijo, Liam; ahora tiene la oportunidad de empezar de nuevo.
No se trata de dejarse llevar, sino de aprovechar una gran oportunidad que le da la vida y abrazarla antes de que se pierda tras el horizonte y lo deje varado para siempre.
Reconoce que los mochileros le han hecho un favor.
Le da la espalda a la playa, arranca el coche.
Se convence de que Port Silver no es el pasado: es el futuro.
Un futuro que hay que construir, darle forma.
Y el futuro se ve brillante y atractivo.
Mandy está aquí, esperándolo, la madre soltera a la que conoció y de quien se enamoró en un paraje perdido.
Eso, en sí, es romántico también, tanto como Goa o Lombok.
Siente una oleada de optimismo y anhelo; por un instante, mientras se pone en marcha, el mundo parece volver a estar en equilibrio.
No ve la hora de encontrarse con ella, de empezar esta nueva vida.
Hay sangre por todos lados. Empuja la puerta y hay sangre por todos lados.
La puerta está entornada, con las llaves en la cerradura; la empuja, listo para saludar…
y hay sangre por todos lados. Ha dado con la casa, ha aparcado el coche, ha encontrado la puerta.
Entornada. Y ahora hay sangre. Por todos lados.
En la pared del pasillo, donde hay una mano estampada como una plantilla infantil, hay gotas rojas salpicadas en el suelo de baldosas color crema, como dejadas por un pintor descuidado.
Puede percibir ese olor metálico que lo inunda todo, que le penetra por los poros.
Y en medio de la sangre, un cuerpo. Unas piernas sin vida asoman desde el arco donde termina el pasillo, enfundadas en pantalones chinos beis, zapatos marrones con suela de goma clara, color ámbar opaco.
Zapatos de hombre. El cuerpo, cuyo torso no ve, yace boca abajo.
Y la sangre sigue saliendo, avanzando, formando un charco sobre las baldosas.
Por todos lados. Se frena en seco, sigue con la boca abierta, el nombre de ella en los labios, todavía sin pronunciar; el horror le invade la mente, le inunda los ojos. Siente confusión, luego pánico.
—¡Mandy! —grita—. ¿Mandy?
Se detiene. Escucha. Nada. El charco de sangre brillante se sigue expandiendo en silencio. ¿Está viva esa persona?
—¡Mandy! —vuelve a gritar, con una nota de miedo en la voz. ¿Está ella aquí? ¿Está cerca? ¿Está herida?
Avanza despacio. Ahora puede ver el cuerpo entero del hombre, las piernas extendidas hacia el pasillo, el torso en la sala, un círculo escarlata entre los omóplatos, como si se lo hubieran pintado en la camisa de lino, con el centro abierto, la carne desgarrada, sangrante.
En el suelo, el charco se expande, muy rojo sobre las baldosas claras.
Martin necesita sortearlo, pasar junto al cuerpo y junto a toda esa sangre.
Retrocede, corre, salta por encima del charco, que se ha desparramado por el pasillo hasta alcanzar la pared, y llega al otro lado, al pie de unos escalones.
El hombre está inmóvil. Martin no puede verle la cara, pero es corpulento, de pelo oscuro y con algunas canas en las sienes.
Está bien vestido; la sangre le adhiere la camisa blanca de lino a la herida en la espalda.
Un asesino. Hay un asesino. ¿Seguirá allí?
—¡Mandy! —vuelve a gritar.
Empieza a reaccionar, sus pensamientos surgen entre el pánico, de la adrenalina y del estupor.
Se agacha, se acerca al charco de sangre; se obliga a quedarse completamente inmóvil.
Observa, escucha, pero no detecta señal alguna de vida.
Alarga un brazo, se apoya en el marco de la puerta, justo debajo de otra huella roja; con la otra mano, palpa el cuello del hombre, le busca el pulso.
No percibe nada. La carne está tibia, cede al tacto: el hombre acaba de morir. Martin tiene sangre en la mano.
El hombre sostiene algo en la mano izquierda, entre sus dedos sin vida.
Una postal; parece una postal, con sangre en los bordes.
Martin se inclina, se estira por encima del cuerpo, sosteniéndose todavía con un brazo en el marco de la puerta.
La tarjeta, cubierta por la mano inerte y la sangre que sigue extendiéndose, parece una postal religiosa: una imagen de Cristo o de algún santo, con una aureola dorada.
Un sonido. Y es entonces cuando la ve, a través del arco que da a la sala, sentada inmóvil en un sofá, con las manos ensangrentadas, la mirada fija en el hombre muerto.
Es como si no viera a Martin arrodillado allí, solo el cadáver tendido junto a él.
Tiene el pelo distinto, castaño rojizo en lugar de rubio, pero no es eso lo que atrae su mirada.
“Las manos ensangrentadas”. Un rastro, gotas de sangre salpicadas sobre las baldosas, la vincula al cadáver.
—¿Mandy? —También tiene sangre en la ropa. Habla con urgencia en la voz, pero no hay respuesta—. ¿Mandalay?
Ella lo mira, aturdida. Niega ligeramente con la cabeza, tal vez un gesto de incredulidad, tal vez una señal de que él no debería estar allí.
Martin piensa en su hijo de diez meses, el corazón se le desboca de preocupación.
—Mandy, ¿dónde está Liam? ¿Dónde está?
Pero ella solo niega con la cabeza. Martin no entiende qué significa ese gesto.
Saca el teléfono, casi esperando que no haya señal en esa realidad paralela. Pero hay buena cobertura. Cinco rayas. Marca el triple cero, pide una ambulancia. Y policías.
Ha perdido la atención de Mandy; ella vuelve a mirar el cadáver.
El hombre está tendido bajo el arco, pero la sangre todavía no ha llegado hasta la sala.
Sin embargo, Martin no se mueve, no va hacia ella.
Busca en su teléfono el número de un bufete de abogados de Melbourne: Wright, Douglas y Fenning.
La abogada de Mandy. Winifred Barbicombe.
Va a necesitar a Winifred más de lo que lo necesita a él.