Puerto de furia (Martin Scarsden 2)
© inepub.com
CAPÍTULO 1
El sol se filtra entre las nubes y centellea, encandilándole la vista.
No logra ver la pelota y batea a ciegas, con la esperanza de acertar, de no quedar eliminado, de que la pelota no lo golpee a él.
Con la esperanza de librarse de la vergüenza, por esta única vez.
Así que batea, con los ojos cerrados, inútiles, como si rezara.
Y de algún modo, por un capricho divino, el bate logra golpear la pelota.
A través del mango de madera, de la gastada empuñadura de goma y de la cuerda deshilachada, siente la potencia del golpe; el mismísimo corazón del bate conecta con la pelota.
Siente cómo la pelota de críquet blanda se aplasta, se comprime y luego se expande al iniciar su arco de aceleración; se aleja como si el cielo la impulsara.
Y siente, en ese momento, en ese instante, la perfección.
Abre los ojos, suelta el bate y se protege la vista justo a tiempo para ver la pelota, maravillarse con ella, mientras se eleva por encima de la cerca de madera y cae en el jardín del vecino.
Un seis. Seis y fuera. Eliminado, sí, pero con gloria, no con vergüenza.
Sin un golpe sordo contra el cubo de basura ni un escandaloso reclamo de que la pelota le golpeó la pierna antes de tocar el wicket ni risas burlonas ante una atrapada floja.
Un seis. Por encima de la cerca. Una muerte de héroe.
—¡Joder, Martin, qué tiro! —exclama el tío Vern.
—Vern, esa boca —lo reprende su hermana.
—El que le pega la busca —dice el lanzador, el chico de la calle de abajo.
Pero Martin no dice nada, no hace nada, no se mueve, absorto en el momento. En el instante en que conectó. Ese momento perfecto, detenido en el tiempo.
Y entonces… suena el teléfono.
—¡Mamá, mamá! —grita Enid, o Amber, una de las gemelas, inseparables, indistinguibles.
Y su madre se va, antes de poder felicitarlo por su golpe, antes de darle el reconocimiento que se merece.
Se va hacia el teléfono, hacia esa llamada que divide el mundo en dos, que traza una línea clarísima entre el antes y el después.
Treinta y tres años más tarde, Martin conduce hacia la memoria, hacia Port Silver.
Una parte de él se concentra, atenta a la carretera, sorteando las curvas cerradas mientras baja por el escarpe; otra se pierde en el pasado, en aquel día perfecto, el día en que un resplandor del destino, intenso y breve, dejó caer el telón sobre ellos, como el final de una obra.
Hoy el sol se filtra entre la espesura de la selva, parpadea como un estroboscopio.
Entrecerrando los ojos, no alcanza a ver el océano, pero lo intuye, sabe que si frenara, si hubiera espacio en esa carretera tan angosta para detener el coche, podría verlo: el Pacífico.
Está allí, más allá de los árboles, la vasta extensión azul.
“¿Ves el mar?”, le pregunta su padre a través de los años, igual que lo hacía cada vez que bajaban por esas curvas cerradas.
“El que ve el mar vuelve a casa sin pesar”, decía entre risas.
Pero Martin nunca lograba verlo; nunca. Sin embargo, llegó un momento en que ya no le hizo falta: aprendió que estaba ahí, más allá del escarpe, más allá de las granjas lecheras, de los cañaverales y de las llanuras ribereñas, pasando el puerto pesquero, las cabañas de veraneo y la extensión de arena blanca. No podía verlo, pero lo sentía.
Y así es en este día de comienzos de otoño, mientras serpentea con el coche cuesta abajo entre eucaliptos moteados, helechos cuerno de ciervo, palmeras y cedros enredados con lianas donde tintinean los pájaros campana.
Lo siente en el aire fresco, que se vuelve húmedo y cálido a medida que desciende hacia el océano.
Se le taponan los oídos. Deja atrás la tirante sequedad del interior asolado por la sequía, al otro lado de la cordillera costera.
Y a lo lejos, todavía invisible, pero ya imponiéndose: Port Silver.
La tierra de su juventud, a la que regresa.
—¡Vern! ¡Vern! —grita su madre con la voz cargada de una emoción desconocida—. ¡Martin! ¡Chicas!
Él está trepando de nuevo la cerca de madera gris astillada y seca al tacto, con la pelota en la mano, su glorioso trofeo masticado por el perro, cuando su madre sale con estrépito por la puerta mosquitera, riendo y llorando a la vez, arrastrada por la exaltación como por una marea que avanza.
—¡Lo hemos conseguido, joder! ¡Nos ha tocado el puto gordo!
Martin mira a su tío, pero observa en Vern el mismo desconcierto ante las palabrotas de su hermana.
—¿Hilary? —dice Vern.
—¡La lotería, Vern! ¡La lotería, joder! ¡El primer premio!
Martin salta de la cerca hacia un jardín que no conoce; olvida la pelota, abandona el bate.
La lotería. Les ha tocado la lotería. “La lotería, joder” .
Vern abraza a una de sus sobrinas; ella le devuelve el abrazo, feliz, sin comprender lo que pasa, y entonces, los cinco —su madre, las mellizas, él y el tío Vern— bailan sobre la pista de bateo, que tiene el césped recién cortado, mientras el chico de la calle de abajo se aleja corriendo calle abajo, con los ojos como platos y la boca abierta, empujando la noticia hacia delante como un viento del sur: a los Scarsden les ha tocado el primer premio. “La lotería, joder” .
El escarpe se une a la llanura, termina la selva y se empiezan a ver las granjas lecheras: “Port Silver, 30 kilómetros”, anuncia el cartel.
Martin Scarsden vuelve de lleno al presente.
Port Silver, con sus fantasmas al resguardo del sol iridiscente, pero esperándolo de todos modos.
Port Silver. Por el amor de Dios, ¿por qué había elegido Mandy este pueblo, justo este, su pueblo natal, para empezar de nuevo?
Cruza el viejo puente sobre el Battlefield Creek, un arroyo que corre al pie de la cadena montañosa, la frontera entre el mundo natural de la pendiente y la geometría impuesta de las granjas lecheras y los cañaverales.
Está a punto de cambiar a una marcha más alta, preparándose para las carreteras más rápidas de la llanura, cuando la ve: una chica que hace autostop.
Sus piernas, relucientes bajo el sol subtropical, asoman bajo los vaqueros cortados.
Lleva una camiseta sin mangas que deja el vientre al descubierto; extiende el pulgar con naturalidad.
“Es extranjera”, piensa Martin, “si hace autostop con el pulgar”.
Tiene el cabello suelto, y su sonrisa se ensancha cuando él se detiene a un lado, en un claro de grava en la unión entre las montañas y la llanura, cerca del desvío hacia el ingenio azucarero.
Incluso, antes de detenerse, ve al acompañante, de cabello largo y oscuro, sentado junto a las mochilas, apartado de la carretera, fuera del sol, fuera de la vista de los conductores que se acercan.
Martin sonríe, comprende la treta, no se ofende.
—¿Port Silver? —pregunta la joven.
—Sí, claro. —Esta carretera no va a ningún otro sitio.
Martin usa la llave para abrir el maletero, ya que el seguro interno de su viejo Toyota Corolla hace tiempo que está roto.
El hombre carga las mochilas sin esfuerzo, las deja caer dentro, cierra el maletero.
Martin puede ver sus brazos tatuados sobre la piel esculpida, la musculatura de la juventud, envuelta en un aroma a tabaco e indolencia.
La joven sube al asiento de delante; el hombre sube atrás, haciendo a un lado las escasas pertenencias de Martin.
Ella huele bien, a algún perfume herbal.
Su compañero se quita las gafas oscuras y sonríe con expresión agradecida.
—Gracias, amigo. Muy amable de tu parte. —Alarga el brazo por encima del asiento y estrecha con fuerza la mano de Martin—. Soy Royce. Royce McAlister.
—Y yo, Topaz —dice la chica, y reemplaza la mano de su compañero con la propia—. ¿Y tú eres…? —Prolonga el apretón de manos por un instante de coqueteo.
—Martin —responde, sonriendo.
Arranca el coche, sale a la carretera, desterrando los recuerdos de la infancia.
—¿Vives en Port Silver? —pregunta Topaz.
—No. Hace mucho que ya no.
—Buscamos trabajo. —Tiene acento norteamericano—. He oído que hay mucho por aquí en esta época del año.
—Puede ser —responde Martin—. El pico de las vacaciones ya ha pasado, los niños han vuelto al colegio, pero tal vez tengáis suerte.
—¿Y qué hay de la recolección de fruta? —Es Royce, que se inclina hacia delante; su acento es inconfundiblemente australiano, marcado y sin pretensiones—. ¿O de los invernaderos?
—Claro —continúa Martin—. Pero es un trabajo más duro que el de servir en un café o trabajar en turismo.
—Lo necesito por mi visa —explica Topaz—. Si trabajo durante tres meses fuera de las ciudades, me la amplían por un año más. Cogimos el tren nocturno a Longton. En Sídney nos dijeron que por aquí sería fácil conseguir trabajo.
—Es posible. No lo sé —agrega Martin.
Cuando era niño, los invernaderos río arriba estaban llenos de migrantes, trabajadores itinerantes que se asentaban en su nuevo país. Hoy en día, por lo visto, los mochileros extranjeros son la mano de obra preferida.
Topaz sigue hablando; narra algunas de sus aventuras con un entusiasmo contagioso: cómo conoció a Royce en Goa, y él la siguió luego a Bali y después a Lombok; cómo se enamoraron y viajaron juntos a Australia.
Royce interviene haciendo comentarios ocurrentes y se ríe.
Es como una representación, un diálogo a dos voces, con Martin como único espectador; él agradece la distracción.
Royce se ha vuelto a poner las gafas de sol.
Están torcidas, les falta una patilla, pero la deformidad no parece incomodarlo, como si todas las gafas de sol fueran así.
—Fluimos con lo que venga, amigo —dice, resumiendo la moraleja de la historia de ambos.