CAPITULO 36 #2
—Gio… ¡¿Cómo puede ser posible que se esfumen noventa helados de la sala de nutrición?! —cuestiona Rupert—. ¡Ve y resuélvelo! ¡Consíguelos ya mismo!
Gio de inmediato entrecierra los ojos, completamente confundido, al punto de pensar que su jefe está divagando, pero cuando mira a su alrededor, se da cuenta que todo el equipo, junto con el cuerpo técnico se encuentra congelado viendo la situación.
—Yo... no, es que... —murmura él, a la vez que niega con la cabeza intentando buscarle sentido a todo—.
Presidente, en la sala de nutrición los jugadores pueden tomar lo que quieran, no hay control de eso, nosotros lo que hacemos es reponer el stock de productos dos o tres veces por semana, a medida que las cosas se van acabando.
—No Gio, es que yo no estoy hablando de productos.
Ashley hizo doscientas paletas, repartió ciento diez y ahora se acaban de desaparecer mágicamente las noventa restantes, y ninguno de ellos las tomó —acota Rupert, señalando a los jugadores en el interior del gimnasio—.
Todos estaban acá, nadie ha salido desde que yo entré y sabes que los juniors no tienen acceso a nutrición, por lo que ellos tampoco fueron.
Entonces… ¡Averigua quién carajo se robó nuestras paletas!
—Ohh… —murmura Gio, entendiendo porque Ashley está junto a él con los ojos llorosos—. Sí presidente, deme solo un momento y voy al edificio administrativo para mandar a revisar las cámaras —informa dándose vuelta y sale.
Por su parte, Ashley todavía nerviosa prensa los labios, ahora suma la vergüenza a sus sentimientos y empalidece, al saber que ella originó todo este revuelo.
—Rupert… en serio lo siento. Ya no importa, yo puedo hacer más —dice ella con manos temblorosas, al mismo tiempo que se muerde el labio.
—No, claro que importa —afirma Rupert—. Pero tú no te preocupes por nada de eso, ve, relájate un poco, toma algo y yo me encargo de solucionar este asunto —agrega acariciándole los hombros.
—Ven… —interviene Bradley—. Tienes que tomar un poco de aire, estás algo pálida —susurra volviendo a poner su mano sobre la espalda de ella para dirigirla hacia la puerta y ambos salen del gimnasio.
Entre tanto en el edifico administrativo, Gio avanza directo hacia el departamento de seguridad.
—Buenas tardes —dice una de las secretarias.
—Buenas tardes —responde Gio, al mismo tiempo que ingresa a toda prisa directo a la oficina de monitoreo, donde se encuentra con dos operadores frente a las pantallas—. ¿Quién de ustedes está supervisando el ala deportiva de H?
—Yo —responde uno de los jóvenes, levantando la mano.
—Muéstrame las cámaras de la sala de nutrición —ordena Gio, colocándose detrás de este.
—Okey, pero… no ha pasado nada extraño —comenta el chico, a la vez que coloca dos imágenes diferentes en los monitores.
—Bien, enséñame la grabación de hoy, retrocedes desde ahora y solo detente cuando veamos a personas abriendo alguno de los congeladores —indica Gio.
—Entendido.
El joven comienza a trabajar y ambos observan las imágenes avanzando rápidamente, de pronto el chico detiene la grabación y la deja correr a velocidad normal.
—Okey… —murmura Gio viendo en los monitores como Ashley abre un congelador, busca dentro sin tomar nada, luego hace lo mismo con el otro y después de unos segundos se lleva las manos a la cintura quedándose inmóvil hasta que cierra la puerta del congelador, para llevarse las manos a la cara y apoyarse contra el mesón—.
Actívale el audio a esa cámara —dice Gio.
En el instante que el chico lo hace, se escucha la voz y el llanto de Ashley.
—No entiendo… estaban ahí, las dejé ahí…
Eran muchas, eran muchas, yo no las perdí.
¡Ay por Dios! ¡¿Qué le voy a llevar al equipo?
! ¡Ellos las están esperando! Es que no tengo ni para Ashley, ni Rosalie…
¡No sé qué hacer! ¡Esto no es justo! Yo me esforcé tanto y ahora no están… ¿qué se supone que le diga a Rupert?
—Okey… —comenta Gio, aclarándose la garganta—. Ahora retrocede desde allí, veamos quien más abrió ese congelador.
De inmediato, ellos siguen viendo la grabación, pero no pasan ni dos minutos, cuando el operario, detiene la imagen y la hace avanzar velocidad normal.
—¡Qué carajos! —murmura Gio, observando el monitor—. Actívale el audio a esa cámara.
En cuanto el joven lo hace, lo único que se escucha es el sonido de la licuadora sonando, pero sin ninguna conversación.
—Sigue a ese hombre con las otras cámaras, veamos a donde lleva esa bolsa —ordena Gio.
—Entendido, solo tengo que sincronizar las grabaciones para que me muestren las imágenes a partir de esa hora en específico —explica el chico tecleando, al mismo tiempo que observa el monitor—. Listo, allí va saliendo de la sala de nutrición.
Gio observa la secuencia por un par de minutos, cuando de pronto frunce el ceño.
—¡Pero qué demonios! ¿Está loco o qué? —inquiere para si mismo—. Listo, eso es todo, gracias.
—¿Necesita que monitoree a esa persona o a quienes sacan cosas de sala de nutrición? —pregunta el joven.
—No, por ahora no es necesario —responde Gio, saliendo a toda velocidad.
«¡Mierda! Esto no puede ser cierto… esta vileza no tiene ninguna justificación. ¡Es que es un maldito idiota! ¡Carajo! ¡Maldita sea! El presidente enloquecerá… esta mierda será un jodido problema…» Piensa él, al mismo tiempo que corre de regreso hacia el ala deportiva.