CAPITULO 36
De regreso en la sala de nutrición, Ashley se saca los guantes desechables y se lleva las manos al pecho, sintiendo lo acelerado que se encuentra su corazón, incluso está por desmayarse de los nervios y la emoción, literalmente acaba de usar toda su fuerza y autocontrol, para no parecer interesada en Bradley.
—¡Por Dios! Fue tan difícil hablarle de cerca, verlo a los ojos… esos hermosos ojos que son más bellos que la miel. Tiene una voz tan linda, me encanta… ¡Por Dios! —repite sacudiendo sus manos nerviosa—. Además de que fue considerado, no quería molestarme pidiendo algo…
Ashley saca la bolsa de paletas del congelador y toma varias de maracuyá para luego regresar al resto.
—Quiero gritar… es que… esto es fantástico. ¡Me encanta todo de él! —añade ella, acercándose a una de las licuadoras para realizar el frappé.
Estando de espaldas hacia la puerta, con el sonido que emana el artefacto y embobada recordando su encuentro con Bradley, Ashley no nota al señor que acaba de entrar en la sala, el cual se acerca a uno de los refrigeradores y mueve algunos ingredientes haciendo un paneo rápido del interior.
Luego este hombre abre el primer congelador, y al encontrarse una bolsa dentro que ocupa un tercio del espacio, frunce el ceño y revisa su contenido, enseguida niega con la cabeza, cierra la puerta y camina fuera de la sala de nutrición llevando consigo la bolsa.
Unos minutos más tarde, Ashley apaga la licuadora, vierte el frappé en un vaso desechable, colocándole una tapa y una pajita.
—Bueno… esto está listo —dice ella, sonriendo—. Ahora solo repongo las paletas en la bandeja, meto algunas en un envase para Rupert y regreso al gimnasio.
Ashley avanza hacia al congelador pero en cuanto lo abre, frunce el ceño confundida al no encontrar la bolsa con las paletas.
—Pero .... ¿Qué demonios? —murmura al mismo tiempo que revisa el otro congelador, comprobando que tampoco se encuentran ahí—. ¿Y mis paletas? —inquiere preocupada, llevándose las manos a la cintura, sin saber qué hacer.
Entre tanto en el gimnasio, el presidente del club sigue en una pequeña conversación con parte del cuerpo técnico.
—Sí, es lo que Gio y yo habíamos acordados, porque serian primero nueve y luego al día siguiente solo cuatro horas de vuelo extras, que a diferencia de la otra manera permitiría que tuviéramos tiempo para una práctica más —explica Rupert—. Me parece más razonable.
Justo en ese momento, Ashley entra en completo silencio a la sala, con la mano izquierda escondida bajo su brazo derecho y en la otra mano trae consigo el vaso para Bradley, avanza sintiéndose completamente cohibida, a la vez que intenta pasar desapercibida caminado directo a la banca de pesas, que es donde vio a Bradley entrenando.
«Por Dios… cálmate, no seas idiota, solo dile gracias y ya está... ¿por qué te pones tan nervioso? Ella no sabe lo que has soñado.» Piensa Bradley viéndola acercarse, al mismo tiempo que detalla que ella no levanta la mirada.
Finalmente Ashley llega frente a él, extiende su brazo y le entrega el vaso.
—Gracias —dice Bradley suavemente sin mostrar sus dientes, a la vez que le recibe el frappé y se queda esperando alguna respuesta por parte de ella, pero solo obtiene su silencio.
«¿Es que ni siquiera me mirará a los ojos? ¿Quiero que me mire a los ojos? ¡Qué rayos! ¡Ya ni se lo que quiero! Es que... ya me había imaginado que intentaría decirme algo más .» Piensa él confundido, viendo como Ashley se empieza a dar la vuelta.
—Espera… —dice Bradley, deteniéndola.
«N o puede ser que quiera irse así como así, sin siquiera regalarme una pequeña sonrisa.»
En ese instante, Ashley suelta un suspiro y se da la vuelta para finalmente mirarlo y saber lo que quiere.
—Mmm… —murmura él saboreando el frappé, al mismo tiempo que la ve a los ojos, es ahí cuando se da cuenta que ella tiene los ojos rojos y llorosos—. ¿Qué tienes? ¿Qué pasa? ¿Por qué estabas llorando? —inquiere en voz baja, sin importarle dejar al descubierto su férula.
—Nada —responde ella casi sin modular, completamente abatida.
—Ashley... —susurra Bradley, con ternura—. ¿Qué tienes?
—Es que... —dice ella, negando con la cabeza—.
Es que ayer estuve como seis horas haciendo doscientas paletas, de las cuales ya utilicé setenta con los junios y a ustedes les traje cuarenta, las demás…
ya no están en el congelador —explica disimuladamente, a la vez que se cruza de brazos para reconfortarse.
—¡Blaze! ¡Entonces solo recordaste el jugo de Brady y te olvidaste de las paletas que nos ofreciste! —exclama Dylan, a dos máquinas de distancia.
—¡Sí! A mí ya se me estaba haciendo agua la boca, yo quiero otra de limón, por favor —añade Keller.
Ashley sintiéndose avergonzada, no voltea a ver a ninguno, simplemente baja la mirada al mismo tiempo que sus ojos se humedecen, y usa todas sus fuerzas para no llorar.
—Es que… Qué demonios… No se pueden desaparecer noventa paletas en unos minutos, ¿las buscaste bien? —pregunta Bradley y ella asiente.
En ese momento, él se da cuenta que ella está a punto de llorar, por lo que se levanta, deja el vaso sobre la banca y se le acerca.
—No llores… tranquila —murmura él, posando su mano sobre la espalda de ella—. Vamos —añade dándose la vuelta y ambos caminan en dirección hacia la salida.
—Ashley cariño —interviene Rupert, al verla.
En el momento que ella lo escucha, cierra los ojos y aprieta sus puños, sintiéndose avergonzada, porque sabe que le pedirá las paletas para su nieta. Bradley por su parte, nota como Ashley se seca una lágrima con el dorso de la mano antes de voltearse hacia el presidente.
Para este punto, el corazón de él está latiendo a toda velocidad, pero a diferencia de las veces anteriores, no es debido a la emoción de recordar un sueño sexual, ni por la alegría que le ha producido ver los termos con comidas hechas para él, sino todo lo opuesto, ahora es más parecido a un estado de alarma, como un instinto primitivo de protección, es lo mismo que siente en el rink cuando un rival golpea suciamente a uno de sus compañeros.
Aunque con una gran diferencia, que esta vez Bradley no quiere saltar a golpear a nadie, solo quiere abrazarla, besarla y protegerla emocionalmente, pero sabe que no puede hacer nada de eso, por lo que solo mueve de manera sutil la mano que tiene sobre la espalda de Ashley, produciendo en él una mezcla de emociones contradictorias, a medida que ambos se voltean para mirar en la dirección en la que se encuentra el cuerpo técnico.
—¿Qué pasó con las paletas? Es que estaba esperándolas para regresar a la oficina —comenta Rupert.
Al igual que el presidente, el resto de los jugadores también estaban esperando poder comer más paletas, por lo que se quedan atentos a la respuesta de ella, pero continúan con sus rutinas de ejercicios.
Por más que Ashley intenta pensar en una respuesta válida, una que sea la más acertada para la situación, ella simplemente se queda en blanco.
Finalmente después de unos segundos, la angustia la supera y solo descruza sus brazos y muestra las palmas hacia arriba, a la vez que se encoge de hombros.
Aunque quiera intentar explicar lo sucedido, lo único que sale de su boca es:
—No sé…
Esas dos palabras van acompañadas con un tono lleno de dolor, rabia y frustración, tanto así que cuando Bradley la escucha, no puede aguantarse más y enseguida la abraza con fuerza.
En ese instante, Ashley se quiebra por completo y comienza a llorar desconsolada, ya que ella siempre intenta buscarle la solución a los problemas, pero en esta oportunidad, no sabe qué hacer, se siente asustada y con miedo a fracasar, a no ser suficiente, a no estar a la altura de la situación.
Absolutamente todos en el gimnasio se quedan en silencio, inmóviles y en shock al ver la escena, al mismo tiempo que Stan y Dylan comparten una mirada entre sí, ambos con el ceño fruncido.
Si para ellos esto es raro, aunque están conscientes de que existe un interés o por lo menos un poco de atracción entre Bradley y Ashley, para los demás es el doble de extraño, ya que no tienen contexto de nada.
—Ya tranquila… Tranquila —murmura Bradley, apretando su abrazo—. Todo estará bien… no te preocupes.
Las palabras de él, es lo único que todos pueden escuchar además del llanto de ella.
—¿Qué ocurre? —pregunta Rupert preocupado, acercándose a ellos.
—Presidente es que… Ashley hizo doscientas paletas, estuvo durante seis horas preparándolas, ya le repartió setenta a los junior, luego nos trajo cuarenta a nosotros, pero ahora que fue a buscar el resto de ellas, no las consiguió en el congelador —explica Bradley, viéndolo—.
¡Solo se desaparecieron! Es por eso que está asustada —añade moviendo sus manos sobre la espalda de ella para calmarla.
—Lo siento… en serio lo siento — dice Ashley, entre sollozos.
—No digas eso, tú no hiciste nada —responde Bradley.
—¡Qué demonios! Setenta y cuarenta son ciento diez, entonces… ¡¿Cómo demonios fue que se perdieron noventa paletas?! —cuestiona Rupert cruzándose de brazos, pensativo.
Unos segundos después, él suelta un suspiro largo a la vez que observa a Ashley angustiada, luego mete la mano en el bolsillo de su traje y saca su teléfono, marcando con rapidez.
—¡Gio! ¡Ven para el gimnasio ahora mismo! —ordena Rupert molesto y finaliza la llamada, para después acercarse a los chicos—. Ashley cariño… no te preocupes que no es tu culpa.
Bradley suelta el abrazo, permitiendo que ella pueda hablar mejor.
—En mi club no se pierde nada —añade Rupert, acariciándole el hombro—. Si dejaras tu teléfono en la mitad del estacionamiento, allí mismo lo encontrarías al día siguiente, ya no llores.
Ashley le asiente, al mismo tiempo que se seca las lágrimas con el dorso de la mano justo cuando el gerente general entra al gimnasio corriendo a toda velocidad, sin contexto de lo que sucede, solo preocupado por el tono de reclamo que recibió de su jefe.
—Presidente —dice Gio, acercándose.