CAPITULO 29
Al día siguiente, después de trabajar por la mañana en el club de golf y luego de ayudar a su hermana a lavar el nuevo y enorme guardarropa que tienen los bebes, Ashley se dirige rumbo al club de los Demons.
Al llegar se estaciona en su lugar frente al árbol, y como es costumbre, se retoca su labial, acomoda su cabello suelto viéndose en el espejo retrovisor.
—Okey… ahora tengo miedo. ¿Cómo demonios se me ocurrió que era buena idea traerle comida a un chico que solo me ha visto una vez y que me escuchó decir cosas raras en el baño?
¡Ay por Dios! Yo no soy tan valiente… es que no puedo verlo a la cara y decirle: Ten, es que de la nada me preocupo por tu alimentación y te cociné una espectacular crema de pollo.
Ashley sube la mirada hacia el techo del automóvil, al mismo tiempo que resopla frustrada.
—¡Es una pésima idea! ¡Pensará que aparte de loca, soy una acosadora!
Finalmente se baja del coche, atraviesa el estacionamiento, entra al lobby y camina por la sala de estar, llevando su mochila en la espalda, además de cuatro cajas de pizzas en las manos, y encima de estas, tiene un envase desechable, de esos que conservan el calor, el cual contiene la ración de la crema.
—Gio… ella es la nueva nutricionista —comenta Lucas señalándola, desde el otro extremo del lobby.
—Okey, adelántate. Yo voy a conocerla —indica Gio apresurando el paso, hasta alcanzarla—. Disculpa… ¿Ashley, cierto?
—Sí… esa soy yo —responde ella, volteando a verlo.
—Hola, mucho gusto, yo soy Gio, el gerente General de los Demons.
—Es un placer conocerlo, le daría la mano, pero... —acota ella, moviendo las cajas en sus manos.
—Tranquila, no hay problema, te ayudo. ¿A dónde vas con esas cajas?
—No, ni más faltaba, no se preocupe.
—De verdad, yo insisto, déjame ayudarte —recalca Gio, tomando las cajas.
—Okey… gracias —murmura Ashley, agarrando el envase con la crema—. Voy a la pista.
—¿Puedo saber por qué una nutricionista traería pizzas? Es raro… —comenta Gio, riéndose.
—Son para enseñarles a los jugadores con un ejemplo práctico, ya lo conversé con el entrenador y estuvo de acuerdo. Primero haremos una pequeña charla con el grupo de niños, y una hora más tarde a los adolescentes —explica Ashley, a medida que avanzan hacia el rink.
—Okey… eso suena como un buen plan, en realidad tiene mucho sentido —afirma Gio.
—Sí, incluso tendremos una degustación. Yo compré dos de esas en una pizzería y las otras las hice en casa con ingredientes saludables —aclara Ashley, orgullosa.
—¡Vaya! Eso se oye muy interesante.
—Es que como son pequeños, a su edad no es como que quieran escuchar charlas sobre nutrición, por eso es mejor que prueben y así con sus propios paladares, se darán cuenta de lo que es bueno y malo para sus cuerpos —explica Ashley.
En ese momento, Bradley avanza por el pasillo y justamente ve a Ashley con Gio caminando en dirección hacia la pista.
—¡Carajo! Ella también conoce a Gio… Maldición… —murmura para sí mismo, detallándola—. ¡Por Dios! No puedo calentarme con solo mirarla de lejos y de espalda. ¡Puto sueño! Ahora siempre me calentaré cuando esté cerca —añade frustrado.
Él de inmediato regresa al gimnasio y comienza a hacer ejercicio en una de las bicicletas para intentar despejar su mente.
—Hola bro —dice él, cuando ve a su amiga entrar.
—Brady, mi vida. ¿Cómo estás? Qué bueno verte por acá otra vez —responde Stan, acercándose.
—Sí, desde ayer empecé a venir.
—¿Patinaste?
—Sí, estuve una hora sudando como loco. Honestamente… siento que me puse lento… es una mierda —confiesa Bradley, al mismo tiempo que sigue pedaleando y el sudor cae por su rostro.
—Te entiendo —afirma Stan, subiéndose a la bicicleta que está junto a él—. A mí me pasa igual.
—¿Tienes fisioterapia hoy? —inquiere Bradley.
—Sí, por eso es que tengo que calentar un poco, para relajar el abductor —explica Stan, pedaleando lento.
Entre tanto, Ashley y Gio finalmente llegan a la pista de hielo, y se acercan a uno de los mesones que están a un costado.
—Bueno, estaré por la vuelta, quizás vea un poco de la charla con los niños —comenta él, colocando las pizzas sobre una de las mesas—. Mi oficina está en el ala administrativa, en el piso siete, por si necesitas algo.
—Perfecto, muchas gracias.
Ashley observa como Gio se aleja, a la vez que se pierde en sus pensamientos.
«¡Carajo! Más presión, ahora me supervisará el gerente general y yo no sé lidiar con niños… ¡No soy maestra! ¡Carajo! ¡Qué nervios!»
En ese instante, la voz del entrenador infantil la saca de espiral de nervios y la regresa al presente.
—Ashley, hola.
—Hola entrenador. En diez minutos tengo todo listo para la primera charla.
—Genial, ya los niños están terminando de llegar.
—¿Quería saber si es posible que unamos aquella grada junto con esta? De esa manera habría más lugar para que todos ellos se sienten.
—Sí claro, esas tienen ruedas, ya le digo a un par de chicos que las unan.
—Excelente, muchas gracias.
En cuanto el entrenador se aleja, Ashley deja su mochila sobre el mesón y saca una carpeta de su interior.
—Bueno… antes debo ir al baño, es que de verdad estoy muy nerviosa —murmura para sí misma—.
Dios… que sean niños bien portados, que no sean malcriados, ni caprichosos, que hagan caso y me permitan quedar bien ante todos —añade viendo el envase que contiene la sopa—.
Santo cielo… tengo que salir de esto de una vez, no puedo arriesgarme a tener la crema allí, aunque tenga una tapa, puede venir cualquier niño corriendo, empujar la mesa y convertir mi charla en un desastre épico.
Ella toma un taco de etiquetas autoadhesivas rosadas de su bolso y un bolígrafo, escribe “Pollo” en una de ellas y la pega en el exterior del envase, luego toma la crema y se regresa por el pasillo, avanza hasta pasar frente al gimnasio, desde donde escucha el sonido de las máquinas y voces masculinas.
—Quizás está ahí, pero… de seguro hay otros chicos —murmura Ashley, pensativa—. Es que… ni siquiera quiero dársela en persona. Ya sé… mejor la dejaré en su locker, así no tengo que humillarme, ni quedar como loca.
Ashley avanza un par de pasos y se asoma a los vestidores con discreción, no encuentra a nadie adentro pero sí nota que en el locker de Bradley hay un bolso, confirmando que él se encuentra en el club.
Por lo que de inmediato entra y deja el envase, acomodándolo de manera que la etiqueta quede hacia el frente, para después salir a toda velocidad de allí.
De regreso en el gimnasio, Stan y Bradley se están bajando de las bicicletas cuando escuchan un silbido proveniente de las puertas, ambos giran el rostro, notando que una mano se mueve saludándolos, a la vez que el cuerpo se mantiene oculto afuera.
Transcurridos un par de segundos, dicha mano ahora les muestra el dedo del medio, causando que los dos se rían.
—¡He vuelto! —exclama Dylan entrando, a la vez que pavone su brazo sin el yeso.
—¡Vaya! Mírate… tienes ese brazo color blanco leche —comenta Bradley, entre risas.
—¡Y delgado! ¡Cómo se nota que no te has pajeado en un mes! —añade Stan, provocando que los tres estallen en carcajadas.
—Por suerte manejo bien mi palo con la izquierda, tanto dentro como fuera del hielo —replica Dylan, provocando otra ronda de risas.
Los tres chicos salen del gimnasio y avanzan por el pasillo, bromeando entre ellos.
—Entonces… ¿ya puedes practicar? —inquiere Bradley.
—¡Claro! —afirma Dylan—. ¡Vamos Stan! ¡Prepárate! ¡Te fusilaremos en el arco!
—Sí… sobre todo tú, con esa mano toda desganada y raquítica —replica Stan entre risas, justo cuando ingresan a los vestidores.
—¡¿Qué carajo?! —exclama Bradley, acercándose a su locker—.
¡Qué puto asco! ¡Oigan! Ya saben que odio la sopa, es que ya ni siquiera puedo ver esos envases, me dan nauseas —añade frunciendo el ceño, a la vez que con dos de sus dedos toma el contenedor y lo traslada al locker de uno de sus compañeros.
—¡Oye! ¿Y por qué demonios me lo pones a mí? —inquiere Stan.
—Bueno si no lo trajiste tú, entonces dáselo al experto en pajas —replica Bradley—. En serio, hasta se me revolvió el estómago. ¡Maldita sea! —agrega arrugando la nariz.
—Yo tampoco te la traje —aclara Dylan—. Aunque Brady…
en serio estás actuando como una niñita, ya para un poco.
Sabemos que no te gustan las sopas, pero tampoco es para que actúes así, como si fueran un asco.
Mi mamá y mi abuela te golpearían ahora mismo, al ver que desprecias la comida de esa manera.
¿Sabes cuantas personas no tienen que comer en el mundo?
—cuestiona acercándose al locker de Stan.
Dylan toma el recipiente, y en cuanto levanta la tapa, todo el vapor caliente sale a la superficie.
—Esto huele increíble… y tú haciendo drama cuando ni siquiera es sopa, es puré de pollo —acota Dylan, negando con la cabeza.
—¿Puré de pollo? —inquiere Bradley, haciendo arcadas—. Eso no existe.
Dylan pone los ojos en blanco y de inmediato se lleva el envase a los labios, lo inclina un poco y prueba el contenido.
—¡Maldición! —exclama saboreando—. ¡Este es el puré de pollo más brutal que he comido en mi vida! —afirma volviendo a beber un poco más.
—¡Dame! ¡Quiero probar! ¡Yo nunca he comido puré de pollo antes! —dice Stan, estirando el brazo.
En cuanto Dylan le entrega el recipiente, no duda en inclinarlo sobre su boca bajo la mirada fija de Bradley, quien aún tiene el ceño fruncido.
—¡Carajo! —exclama también Stan, asintiendo tras saborearlo, para luego acercarse a la mochila de Bradley, y buscar dentro una de sus pajitas metálicas, la cual introduce dentro del envase—. ¡Pruébalo ya mismo! Si vomitas, o tan siquiera tienes una sola arcada, te daré mil dólares.
—No sean idiotas… no tengo cinco años, esa psicología inversa no la van a aplicar conmigo —refuta Bradley—. Solo dicen que está bueno para que me lo coma.
—¡Carajo Brad! ¡Ya mismo iré a la enfermería, buscaré una sonda y te meteré el puré de pollo por la nariz! ¡Qué lo pruebes te estoy diciendo! —exclama Stan molesto, entregándole el vaso.
—¿Por qué te enojas? —cuestiona Bradley, negando con la cabeza.
—¡Porque no te estamos mintiendo! —acota Stan, cruzándose de brazos.
—Sí Brady… anda pruébalo. Si no te gusta, puedes golpearme —añade Dylan.
—Ay por Dios.... —refuta Bradley, poniendo los ojos en blanco—. ¿No van a dejarme en paz hasta que lo haga?
—¡No! —responden ambos chicos al unísono.
Bradley sube la vista al techo, a la vez que resopla un par de veces, hasta que finalmente mira el envase e introduce la pajita entre el espacio de sus dientes.
Cierra los ojos y tras sorber un poco de la crema, aparta el contenedor de su boca saboreando, un segundo más tarde, sus ojos se abren sorprendidos, al mismo tiempo que asiente.
—¡Viste! —dice Stan, golpeándole el brazo izquierdo.
—¡Te lo dije! —agrega Dylan, haciendo lo mismo en el otro brazo.
—¡Ya paren! ¡Hijos de putas! —se queja Bradley, entre risas—.
Necesito probarlo bien —murmura volviendo a colocar la pajita en su boca y sorbe, está vez una mayor cantidad—.
¡Maldita sea! ¡Es pollo! ¡De verdad es pollo!
Voy a llorar… no saben cómo me siento, tenía un mes sin comerlo, a estas alturas…
les juro que es mejor que el sexo. ¡Gracias Dios mío!
¡Tengo tanta hambre acumulada! —añade tomando otro sorbo.
—Bueno… ahora es mi turno —comenta Dylan, estirando el brazo—. Ya déjame volver a probarlo.
—¡Jódete! —exclama Bradley, mostrándole el dedo del medio—. ¡Nadie tocará mi puré de pollo! —declara sacando la pajita del envase y colocándole la tapa—. No me lo puedo comer todo ahora, porque tengo que patinar una hora, pero apenas salga, lo devoraré.
«¡Carajo! Ya quiero terminar de entrenar y venir a darme un banquete de rica proteína…
que ganas traigo acumuladas de comer un jugoso pollo.
¡Qué rico! ¡Me lo devoraré! Estoy tan jodidamente feliz ahora mismo…
¡Por Dios! Solo espero que no sea un maldito sueño como el de anoche, no quiero despertarme y darme cuenta que no tengo el botín en mis manos, no podría aguantar dos frustraciones seguidas…
¡Mierda! ¡Me hacen tanta falta el sexo y el pollo!
» Piensa él, al mismo tiempo que se viste y se ríe solo.