Pucksicle (Pucksicle 1) CAPITULO 25
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CAPITULO 25

Al final de la tarde, Rupert llega a su casa y camina directo hacia la cocina, dejando el enorme contenedor sobre el mesón.

—¡Abuelo! —exclama Ashley, acercándose.

—Hola mi vida —replica él inclinándose, para abrazarla.

—¿Me trajiste algo rico? —inquiere ella, al mismo tiempo que Rosalie, su esposa, se aproxima.

—Claro, cosas ricas en plural. Además de un regalo doble —acota él, entregándole la bolsa.

—¡¿Un regalo?! —indaga ella entusiasmada, abriéndola—. ¡Mira abuela! ¡Son paletas de helado! ¡Gracias abuelo, son preciosas!

—De nada mi vida, pero esas no son solo paletas, dales la vuelta.

En cuanto la niña lo hace, nota un botón en la parte inferior, al apretarlo detalla como ilumina de un color rosado.

—¡Qué belleza! —comenta Rosalie, sonriendo.

—¡Abuelo! ¡Esto es genial! ¡Son lámparas de noche! ¡Las pondré en mi habitación! —declara Ashley, emocionada—. ¡Gracias! ¡Llamaré a mamá, tengo que mostrárselas! —añade yendo a buscar su teléfono.

—Entonces... ¿fuiste a una juguetería? —indaga Rosalie—. ¿Si te das cuenta que la estás consintiendo mucho, no?

—Pues sí, pero no fui a una juguetería, de hecho esas me las regalaron —susurra él, guiñándole un ojo.

—¿No pagaste por ellas? —replica ella, extrañada.

—No, fueron gratis, eran centros de mesa en una revelación de género de uno de los socios del club.

—¡Vaya! Entonces son los centros de mesa más geniales de la historia —afirma Rosalie, a la vez que toma una de las paletas entre sus manos.

—Sí, fue una idea muy original. Incluso utilizaron un antiguo escarabajo para revelar el sexo.

—¿Un auto? ¿Uno real?

—Sí, uno del 78, lo tenían como dentro de una caja y al final lo descubrieron revelando el color azul. Yo llegué cuando ya lo habían destapado, pero todo el mundo hablaba de eso —acota Rupert.

—Okey… miraré las redes sociales del club, quiero ver ese video porque suena como algo épico —añade ella, dejando la lámpara sobre el mesón.

—Por cierto… también me dieron un regalo a mí —indica él, señalando el contenedor.

Rosalie se ríe y lo observa por un instante sin entender, para luego quitarle la tapa entrecerrando los ojos.

—Pero... ¡Qué rayos! ¿Esto qué es? —cuestiona ella tomando una del interior y sintiendo la textura suave—. Son como esponjitas.

Rupert de inmediato toma uno del envase y se lo come, a la vez que Rosalie decide probar el que tiene en la mano.

—Espera... ¿estos son malvaviscos? —inquiere ella, frunciendo el ceño—. ¡Y están dulces! ¡Amor! ¡No puedes comer esto!

—Sí puedo cielo, porque no tienen azúcar —acota Rupert, sonriendo—. ¡Cero azúcar!

—¿Cero azúcar? —replica ella, incrédula.

—¡Hoy es el día más alegre para mí en mucho tiempo! —afirma él asintiendo, feliz y orgulloso—. ¡Ya no estaré amargado por mi falta de azúcar! —declara dándole un beso a uno de los malvaviscos, para luego comérselo.

Dos semanas después.

Rupert se encuentra sentado en su oficina leyendo un informe, al terminar con esa página, gira su cuerpo y toma del mueble trasero un envase azul, para luego regresar a su posición original apoyando el contenedor sobre su escritorio.

Con una mano levanta la tapa y con la otra sostiene una de las hojas de la carpeta.

—¡Pero qué rayos! —exclama él, al detallar el interior del envase—. ¿Por qué me metió solo cinco malvaviscos? —inquiere frunciendo el ceño.

De inmediato, Rupert coloca la página sobre la mesa y toma su móvil para llamar a su esposa.

—Hola amor.

—Cielo… una pregunta… ¿por qué solo tengo cinco malvaviscos hoy? —inquiere él, indignado.

—Amor, porque te quedan veinticuatro, si te meto más, entonces se te acabaran en uno o dos días. En cambio si te llevas solo cinco, te durarán más tiempo.

—¡Carajo!

—Lo sé… lo siento —murmura ella.

—Está bien mi vida, tranquila, yo lo resuelvo.

—Okey amor, nos vemos más tarde.

—Te amo —añade él, antes de finalizar la llamada.

Rupert se queda unos segundos pensativo viendo el contenido del envase.

—¡Maldita sea! ¡Con un demonio! ¿Por qué carajo Gio no me ha dicho nada? ¿Será que se le olvidó? —inquiere molesto.

Él toma un malvavisco, se lo come y luego de colocar la tapa en su lugar, levanta el teléfono de la oficina.

—Juliet, infórmale a Gio que venga a mi oficina. ¡Pero ya mismo! —indica él a su asistente.

Transcurridos no menos de cinco minutos, Rupert observa como las puertas de su oficina se abren, revelando a su gerente general parado en el umbral.

—¡Gio! ¡¿Qué demonios pasó con lo que te pedí?! —cuestiona él molesto, sin darle tiempo a terminar de entrar.

Gio por su parte, avanza hasta sentarse en una de las sillas frente al escritorio, al mismo tiempo que intenta entender a qué se refiere con exactitud con su jefe. Él procesa a toda prisa las últimas conversaciones que han tenido, para poder determinar a que petición se refiere.

—Ya enviamos los bocetos del diseño de la colección a producción, ahora solo hay que esperar las muestras —informa Gio.

—¡No! Yo no me refiero a eso, ahora eso no me importa. ¿Qué pasó con la nutricionista que te pedí? —cuestiona Rupert.

—Carajo… —murmura Gio, a la vez que saca su teléfono del bolsillo—. Espera… déjame hablar con Lucas.

—¿Es que no te habías reunido con él? Eso fue lo que me dijiste —acota Rupert, molesto.

—Claro, me reuní ese mismo día con él, incluso le ordené que se encargara de ese asunto —aclara Gio.

—¡Mierda! ¡Lo olvidé!! —exclama Rupert de repente frustrado.

Gio al escucharlo, levanta la mirada por un instante extrañado, observando como su jefe levanta a toda prisa el teléfono de su escritorio.

—¡Juliet! ¡Ve ya mismo a producción y busca toda la colección de ropa y accesorios para bebes que tengamos disponibles! —indica Rupert—. Necesito dos de cada prenda y que sean de varón, manda a pedir una caja de regalo de las grandes, esas que tienen estampado nuestro logo.

—Está bien, presidente —responde Juliet—. ¿Qué talla de ropa precisa?

—Talla pequeña, que sea para recién nacidos hasta un año. ¡Ve ya mismo! ¡No delegues a nadie para esto! ¡Necesito esa ropa acá en diez minutos! En cuanto la tengas en tu escritorio me mandas a llamar al chofer —ordena Rupert, para luego finalizar la llamada.

Transcurre la tarde en casa de los Roy, cuando suena el intercomunicador del portón exterior, de inmediato Gracie se acerca a la pantalla y observa una camioneta Land Rover color negro, estacionada en frente.

—Buenas…. Dígame.

—Buenas, vengo a traer un paquete de parte de la presidencia de los Demons —informa el conductor.

—Okey, sí, sí, pase adelante —responde Gracie soltando el botón del intercomunicador—. ¡Ash! ¡Ash! —grita emocionada, a la vez que camina hacia la puerta.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —replica Ashley, bajando las escaleras—. ¿Estás bien?

—¡Vino alguien de los Demons! ¡Está entrando! ¡Vienen a traer un paquete de presidencia! —acota Gracie, sonriendo.

—¡Ay por Dios! —añade Ashley dando saltitos, al mismo tiempo que corre hacia la entrada.

En cuanto ambas chicas llegan al porche observan a la camioneta ingresar y atravesar el jardín, donde segundos más tarde el chofer se baja y abre el maletero, sacando una caja.

—Es enorme —murmura Ashley, sorprendida.

—¡Sí! ¡Sí! —añade Gracie con disimulo.

—Buenas tardes, está bastante pesada, ¿dónde se las puedo colocar? —pregunta el señor, acercándose a ellas.

—Pues si no es molestia… podría ponerla adentro en el comedor —responde Gracie.

—Claro —responde el chofer ingresando, con las chicas unos pasos detrás.

—Muchas gracias —agrega Ashley, en cuando la caja está sobre la mesa.

—De nada. Hasta luego, que tengan feliz tarde —dice el chico, dándose la vuelta.

—Espere… espere un momento —interrumpe Ashley—. ¿Usted conoce al Señor Rupert, cierto?

—Sí claro, soy su chofer.

—En ese caso… ¿usted lo verá hoy? ¿Será puedo enviarle algo?

—Por supuesto, justo ahora tengo que ir de regreso al club.

—Perfecto, deme solo un momento —indica Ashley dirigiéndose hacia la cocina, al mismo tiempo que Gracie comienza a leer en silencio la nota que está sobre la caja.

“Doble felicidades, mi mejor de los deseos, espero de corazón que tengan un lindo nacimiento y una feliz vida. Con cariño Rupert.”

Gracie sonríe, a la vez que ve a su hermana regresar a la sala llevando un envase grande en las manos.

—Tenga —dice Ashley, entregándoselo al chofer.

—Okey... ¿quiere colocarle una nota o algo? —inquiere él confundido, ya que no esperaba recibir un contenedor frío, que deduce tiene comida.

—No, no es necesario, siempre y cuando se lo entregues en sus propias manos —acota Ashley—. Él ya sabe que es.

—Está bien, descuide. Se lo daré en persona —afirma el chofer asintiendo, para darse la vuelta y salir de la casa.

En cuanto las chicas observan que la camioneta arranca, ellas corren de regreso al comedor y abren la caja, enseguida ven montones de ropa para bebes, sin poder contenerse, ambas gritan emocionadas sacando una por una.

De regreso en el club de los Demons, el chofer baja del elevador en el piso de presidencia, y camina por el lobby llevando el contenedor plástico en sus manos.

—Juliet, ya entregué la caja. ¿Está desocupado el presidente?

—Sí, justo acaba de terminar un reunión con el gerente y está solo, pasa.

El chofer se acerca a la oficina y tras golpear un par de veces, ingresa. Rupert, quien tenía la vista en su laptop, al notar que la puerta se abre, sube la cabeza y lo observa entrar con el contenedor en sus manos, y se levanta de su silla.

—Presidente, ya entregué la caja.

—¿Quién te la recibió? —inquiere Rupert.

—Una rubia embarazada, estaba acompaña con otra chica morena de cabello liso, ella me pidió que le trajera esto a usted, pero no me dio ningún mensaje, ni nota.

—¡Carajo! —exclama Rupert emocionado, al mismo tiempo que se acerca con rapidez tomando el envase, lo apoya en el escritorio y levanta la tapa—. ¡Sí! —añade, a la vez que la sonrisa de niño le vuelve a iluminar el rostro.