CAPITULO 24 #2
—Okey... es de la vieja escuela —murmura Rupert, pensativo—. ¿Tenemos otro nutricionista aparte de ese?
—No, solo uno, porque es más que suficiente para atender a los jugadores, creo que tener otro, sería como si hubieran dos jefes de prensa, no tendría sentido —comenta Gio.
—Bueno... necesito contratar a una nutricionista joven, con buen ojo y lista. Así que dime donde la vamos a colocar, cuáles serían sus funciones y que trabaje de verdad con los atletas. No puede ser un cargo de adorno, ella es buena en lo que hace, es una mujer preparada —acota Rupert, sonriendo.
—Disculpe Presidente… ¿una nutricionista? ¿Qué beneficio tendría eso para el club? —inquiere Gio, confundido—. Ya tenemos uno y creo que sería contraproducente y conflictivo tener dos.
—Pues me trae beneficios para mi salud —declara Rupert, al mismo tiempo que se acerca a Buguie y comienza a detallarlo bien—.
Ella proviene de una de las familias fundadores del club de golf, por lo que la avala un apellido que conozco hace cerca de treinta años, además de que me cae bien y me recuerda mucho a mi nieta.
Para mis esos son más que motivos suficientes para tenerla con nosotros, los Demons necesitan un presidente feliz y saludable que pueda enfocarse en tomar decisiones acertadas, ¿o no?
—Claro que sí Presidente, pero... ¿dónde quiere que la coloque?
—No lo sé Gio, para eso eres el gerente general del club, tú soluciónalo —replica Rupert—. Habla con recursos humanos y que restructuren lo que tengan que restructurar, ustedes vean cómo podemos abrir una vacante en esa área.
—Okey... por lo que entiendo es para una persona en específico, no sería una vacante con convocatoria, ¿o sí?
—No, claro que no. Aunque sí quiero que recursos humanos la entreviste a ella, pero solo por formalismo y para que tengan su currículo y sus datos —aclara Rupert—.
El cargo que creen será directamente para esta chica, quiero que empiece a trabajar con nosotros y que sea parte del club, que se forje y poco a poco gane experiencia.
—Entiendo señor.
—Gio, quiero que investigues sobre cursos o conferencias a nivel de la liga, para enviarla a capacitarse. Es una gran idea que se me acaba de ocurrir, no solo formaremos atletas desde niños, sino que también debemos preparar a profesionales de élite. Debemos destinar un presupuesto para eso.
—Okey, déjeme reunirme con el gerente de recursos humanos y estudiar el organigrama para ver como lo solucionamos.
—Perfecto Gio. Mantenme al tanto cuando ya esté listo todo.
—Claro señor.
—Gracias —dice Rupert, finalizando la llamada—. Motor 1600 —murmura detallando la parte trasera del Volkswagen.
Justo en ese momento, vuelve a sonar su teléfono, al mirar la pantalla, él se da cuenta que es su esposa y le atiende con una sonrisa en el rostro.
—Hola cielo, ¿cómo estás?
—¡Hola abuelo! Estoy con la abuela, vine para tu casa y ella me dijo que estás en el club. ¿Por qué no me llevaste? —pregunta indignada.
—Hola mi vida, es que solo vine de pasada —responde él, al mismo tiempo que se inclina para mirar el interior del automóvil.
—Es que.... ¿acaso te conseguiste un cadis que maneje tu carrito de golf?
—No Ashley —murmura él, entre risas—. No estoy jugando golf, solo converso con unos socios en el restaurante. No te preocupes, tú siempre serás mi chofer, no te cambiaré, tú me das suerte en mis hoyos.
—Okey abuelo… ¡Tráeme un postre rico del restaurante!
—Está bien mi vida, nos vemos en un rato —añade él, finalizando la llamada.
Entre tanto, en la mesa de Ashley, ella sigue conversando emocionada con su familia.
—Ah y como su nieta se llama como yo, pues por eso recordaba mi nombre.
—Ash... ¿no le preguntaste algo sobre...? —inquiere Mason, pero es interrumpido por su esposa.
—¡Mase amor! ¡Déjame ver esa foto! —exclama Gracie, al notar como Rupert se acerca a la mesa.
—Buenas tardes, hola. Felicidades a los futuros padres por los niños —comenta él, estrechándole la mano a Mason.
—Buenas tardes, muchas gracias Rupert.
—¿Mason cierto?
—Sí, y ella es mi esposa Gracie.
—Felicidades, es una bendición por partida doble, siempre quise tener gemelos —confiesa Rupert, mirándola.
—Muchas gracias. ¿Le gustó Buguie? ¿O es de los que no le ven el potencial? —cuestiona Gracie, jocosamente.
—¿Buguie? ¿Te refieres al auto? —replica Rupert, extrañado y ella asiente—. Me encanta, es obvio que tiene mucho potencial, yo tengo uno en mi garaje, es mi pequeño tesoro.
—¿De qué año? —interviene Ashley.
—Es del 68.
—Este es del 78 —indica Mason—. Ah, perdón, ¿si conoces a nuestro amigos, cierto?
—Claro, de toda la vida —afirma Rupert—. Hola Mily, ¿cómo estás?
—Hola, bien, súper emocionada con esa revelación, fue épica.
—¿Klaus, qué tal todo? —indaga Rupert, acercándose para darle la mano—. ¿Cómo van esas inversiones?
—Todo perfecto, sobre ruedas. Por cierto, tenía bastante tiempo que no te veía por acá.
—Pues sí, no venía desde el verano —afirma Rupert—. Es que estuve muy ocupado, pero tengo que empezar a venir más seguido.
—Avísame y armamos una partida.
—Eso suena bien, quiero venir para hacer algunos hoyos, porque mi nieta está insistiendo en conducir mi carrito —acota él, entre risas—.
Ashley… ya hablé con mi gerente, necesito que me des tu contacto, así cuando coordinen algunas cosas en recursos humanos, te aviso para vayas, ¿te parece bien? —añade entregándole su teléfono.
En ese momento, una sonrisa enorme se dibuja no solo en el rostro de Ashley, sino también en el de Mason y Gracie.
—Claro, eso sería genial—declara ella, tomando el móvil y agendando su número.
—Por cierto, no les traje regalo porque no sabía de la revelación, pero como ahora sé que son niños y un pajarito me contó que eres fan del hockey y de los Demons —comenta Rupert, sonriendo—. Te conseguiré algunos bodies y camisetas de bebé.
—Oh… eso sería un gran regalo, gracias —dice Mason, emocionado.
—Perfecto, te lo haré llegar a tu casa.
—¿Sabes dónde vivimos? —inquiere Gracie, sorprendida.
—Por supuesto, Mason tiene bastante tiempo de socio. Hasta donde recuerdo es en el Bunker, junto a la casa de Mily. ¿O se mudaron? —inquiere Rupert.
—Para nada, seguimos viviendo allí —responde Mason, asintiendo.
—Genial… ya quiero ver a mis bebes vestidos como jugadores de hockey, eso sería muy tierno y divertido —añade Gracie, entusiasmada.
—Gracias —murmura Ashley, levantando su brazo y entregándole el teléfono a Rupert.
—No… a ti —replica él, sonriéndole.
—Ash cariño… deberías darle un centro de mesa para que se lo lleve a su nieta —interviene Kate.
—¿Recuerdas a mi nieta? —pregunta Rupert, sorprendido.
—¡Obvio! —responde Kate, riéndose—. Aquella fue una fiesta épica, todo esto estaba repleto de capibaras, además de que ella es muy dulce.
—Venga conmigo —indica Ashley levantándose, para acercarse al mesón de los dulces.
—Claro… —murmura Rupert, caminando un par de pasos detrás de ella.
—Tenemos estas paletas 3D, creo que ella la preferirá en color rosa —afirma Ashley, tomando una y la voltea—. Acá detrás se encuentra un interruptor —explica apretándolo.
—¡Es una lámpara! —exclama Rupert, asombrado.
—Sí, es como una lámpara de mesa recargable, cuando está oscuro, ilumina la habitación en rosado.
—Okey… sin duda esto es algo que le gustará —afirma Rupert, sonriendo.
—Genial, acá también hay dulces variados —dice Ashley tomando una de las bolsas de recuerdo, y guarda la lámpara dentro de ella—. ¿Ella tiene una o dos mesitas de noche?
—Creo que dos... —responde Rupert, entrecerrando los ojos—. Aunque no estoy del todo seguro.
—Entonces metamos dos lámparas por si las dudas.
—Gracias, en serio enloquecerá al verlas.
—Bueno, esta es la bolsa para ella —acota Ashley, entregándosela—. Ahora hagamos la bolsa de regalo para usted.
—¿Me darás una lámpara? —bromea Rupert.
—No, no creo que combine con los muebles de su casa u oficina, en cambio le daré algo que disfrutará más.
Ashley se agacha debajo del mesón, sacando un enorme contenedor plástico, el cual tiene varios envases grandes con tapa en su interior, ella toma uno de esos y se acerca nuevamente a Rupert, entregándoselo.
—Gracias… —dice él jocosamente, sin entender del todo.
—Que los disfrute —murmura Ashley, sonriendo.
—Espera... —añade Rupert entrecerrando los ojos, a la vez que apoya el envase sobre la mesa y lo abre—. ¡Ay carajo! ¡¿En serio me los das todos?! —exclama boquiabierto.
—Claro, usted los disfrutará mucho más que si los repartimos al resto de los socios e invitados —afirma Ashley.
—¡Claro que sí! ¡Ay por Dios! Aunque de seguro mi esposa te va a llamar, porque no me creerá que puedo comerme un contenedor repleto de malvaviscos, sin que me hagan daño —acota él, entre risas.
—Está bien, que me llame, no tengo ningún problema, yo te cubro —bromea Ashley.
Tras charlar varios minutos, ambos regresan a la mesa principal, donde finalmente Rupert se despide de todos y se retira.
A partir de ese momento, Ashley no puede estar más ilusionada, parece que el destino está finalmente acercándola al lugar donde cree pertenecer, por lo que espera con ansias la llamada del club, una que cambie el rumbo de su vida.